Animales políticos

Animales políticos Imagen superior: fotografía del archivo documental del Massachusetts Institute of Technology, CC

“La naturaleza arrastra instintivamente, a todos los hombres a la asociación política. El primero que la instituyó hizo un inmenso servicio porque el hombre, que cuando ha alcanzado toda la perfección posible es el primero de todos los animales, es el último cuando vive sin leyes y sin justicia.” (AristótelesPolítica)

No cabe duda de que la política es el mayor reino de la subjetividad desbocada. Si la madurez de una ciencia se rige por el acuerdo acerca de ciertos parámetros básicos, la política todavía está muy lejos, no ya de la madurez, sino de la adolescencia.

En los párrafos que siguen, si el lector está afectado por esa inmadurez propia del pensamiento político (y me atrevo a pensar que algunos lectores lo estarán), en ocasiones se sentirá aludido o pensará que estoy atacando a partidos o ideologías que le son afines. Puedo asegurarle que esa impresión será errónea: mi intención es intentar mostrar cómo nos afecta el mecanismo de la respuesta instantánea en el terreno político, pero no pretendo atacar o defender ninguna opción política en concreto.

Considero que en ocasiones, como dije en ¿Somos cebras o termostatos?, cuando no nos estamos jugando la vida o la supervivencia, podemos y debemos dedicarnos al delicioso arte de buscar la verdad, las pequeñas verdades siempre transitorias de la vida, y a disfrutar con la discusión honesta, en vez de jugar con cartas marcadas, como hacemos habitualmente. En esa dirección va esta pequeña investigación, así que no tema el lector acabar siendo convencido de algo que choque con sus “más firmes e íntimas convicciones”. Mi propósito es más ambicioso que intentar cambiar sus opiniones políticas: solo quiero mostrarle que se puede y se debe pensar mejor, en especial en el terreno de la política.

Me permito ofrecer, antes de comenzar, un consejo que a mí me resultó muy útil en la adolescencia, cuando leí vorazmente a Bertrand Russell: si le planteen un dilema político, venía a decir Russell, olvídese de los protagonistas de ese hecho: quíteles el rostro, hágalos anónimos, conviértalos en X y en Y, o en A, B, C y D. Olvide que fue Churchill el que dijo esto o lo otro y piense que fue “X” el que dijo esto o lo otro. Analice el hecho político con ese criterio, lo que le ayudará a darse cuenta de si esa opinión es buena, válida o interesante, al margen de quien la dijera. En definitiva, si a lo largo de este texto encuentra ejemplos con nombre y apellidos que activan su mente política emocional, convierta esos nombres y apellidos en una X o en una Y, y solo después piense qué es lo que opina.

Sobre ser o no ser ni de izquierdas ni de derechas

Las discusiones acerca de lo que significa situarse en un extremo u otro del espectro político se pueden hacer interminables y pocas veces llevan a conclusiones convincentes. Lo habitual es que cada persona se defina a sí misma de manera taxativa como de izquierdas o de derechas, o incluso de centro, aunque en las situaciones de crisis, como en la actualidad en España o Italia, muchos decidan definirse como “ni de izquierdas ni de derechas”, como hacen partidos como el de Beppe Grillo en Italia, Podemos o Ciudadanos en España, e incluso el Frente Nacional en Francia, a pesar de que para los otros partidos está bastante claro que se trata de un partido de extrema derecha.

No es mi intención detenerme aquí a intentar resolver la difícil cuestión de qué es ser de derechas y qué es ser de izquierdas, y menos aún ocuparme de clasificaciones más complejas, como “liberal”, “conservador”, “socialista”, “socialdemócrata”, “comunista”, sino tan solo señalar que este es uno de esos asuntos en los que parecemos sentirnos obligados a la respuesta rápida: yo soy de derechas, yo soy de izquierdas, yo no soy de derechas ni de izquierdas.

Como dice Paul Watzlawick, hay ciertas cuestiones (en especial cuestiones relacionadas con la política) en las que en vez de intentar entender lo que nos dicen o lo que pensamos acerca de algo, nos preguntamos primero dónde estaremos situados si opinamos esto o si opinamos lo otro. Nuestra opinión, en consecuencia, depende, no ya del tema a tratar, sino de en qué lugar nos coloca adoptar una u otra opinión. En vez de considerar la fuerza de las razones o de examinar los hechos, lo que analizamos, mediante los mecanismos de respuesta rápida, es: “quién opina esto”, “por qué esa persona opina esto”, “quien, que nosotros admiremos o despreciemos, opina de la misma manera”, “con qué ideología, tendencia o partido se identifica esta opinión”. Tan solo después de este rápido escaneo mental de las consecuencias de opinar una u otra cosa, decidimos qué es lo que opinamos nosotros. No hace falta aclarar que eso que opinamos coincide siempre con aquello que estratégicamente nos conviene a nosotros, al líder al que admiramos o al partido político o la ideología en la que hemos depositado nuestra confianza y nuesra fidelidad.

Ahora bien, el lector no debe pensar que esta manera táctica de pensar impide que cambiemos de opinión: al contrario, podemos cambiar de opinión muy a menudo: tanto como lo haga el líder o dirigente que admiramos, o el grupo ideológico o político al que nos sentimos cercanos. Esta semana quizá pensamos que nos situamos a la izquierda de la socialdemocracia y el socialismo, pero la semana próxima podemos movernos al terreno de la izquierda moderada, y la próxima a la indefinición ideológica. Ese movimiento táctico, llevado primero a cabo por un partido o un dirigente, provocará no solo una nueva respuesta automática en sus seguidores, que se resituarán en el tablero político, sino que alentará una reacción semejante, pero inversa, en sus rivales: quienes hace unas semanas rechazaban a un partido político por ser de extrema izquierda, ahora lo pueden rechazar porque es demasiado moderado, y mañana porque no es ni de izquierdas ni de derechas.

Recuerde el lector, al que tal vez ya se la habrán activado las alarmas de la identidad política, por creer que estoy insinuando algo que desprestigia a su opción política favorita, que aquí pretendo analizar el mecanismo de respuesta rápida, no las razones de unos y otros. No estamos discutiendo si es bueno ser de derechas, de izquierdas o ni de derechas ni de izquierdas, sino el cómo se reacciona, a favor o en contra de una u otra cosa, en función de “dónde nos sitúa” el opinar una cosa u otra. Lo que quiero decir es que hay muchos argumentos para sostener que es mejor ser de derechas, ser de izquierdas, o ser “ni de izquierdas ni de derechas”, pero hay maneras honestas de usar esos argumentos y maneras partidistas o manipuladoras.

Pensemos por un momento en algunas de las posibilidades que nos ofrece la definición “Ni de izquierdas ni de derechas”.

En primer lugar, podríamos analizar el accidente histórico que explica las derechas y las izquierdas, por cómo se sentaban los diputados en el parlamento revolucionario francés, lo que ha tenido como consecuencia una definición espacial de la política de muy importantes consecuencias (como habrá oportunidad de comprobar en otra ocasión). Pero también podríamos recordar a aquellos que han sostenido esa idea de no ser ni de izquierdas ni de derechas a lo largo de la historia, desde el falangista José Antonio Primo de Rivera o el ministro franquista Fernández de la Mora y su libro El crepúsculo de las ideologías, hasta los comunistas Lenin o Mao, que lanzaban períodicamente ataques contra los “derechistas” o contra los “izquierdistas” en función de sus intereses del momento.

También podemos recordar a Adolfo Suárez, artífice de la transición que llevó a España de la dictadura a la democracia y que definió un espacio político equidistante de izquierdas y derechas: el centro. O podemos traer a colación al cristiano Maritain y su camino lejos de la izquierda y de la derecha, o la tercera vía de Blair y otros políticos recientes.

También podemos recordar lo que decía el cineasta Eric Rohmer en los años sesenta, cuando admitía que él solía considerase de izquierdas, pero enseguida añadía que si ser de izquierdas era defender la dictadura soviética y china, la represión de las libertades públicas y la falta de libertad de prensa, o la pena de muerte aplicada en los países revolucionarios, como observaba que defendían las personas que se llamaban a sí mismas de izquierdas, entonces él no era de izquierdas, aunque no estaba del todo claro si eso hacía que fuera de derechas.

En fin, como se ve, podemos emplear todo tipo de razones para argumentar a favor o en contra de ser o no ser “ni de derechas ni de izquierdas”. El problema es que esos argumentos, perfectamente válidos en una discusión sensata, no se suelen emplear como argumentos, sino como armas arrojadizas. No se emplean para iluminar una discusión, sino para oscurecerla, no se emplean para facilitar el entendimiento, sino para entorpecerlo. No se recurre a ellos, en definitiva, porque a uno le parezcan sensatos y razonables, sino porque se pueden lanzar contra nuestros rivales. Cuando esos rivales se declaran de extrema izquierda, lanzamos contra ellos las peores experiencias de la extrema izquierda en el siglo XX o aquello que dijo Rohmer; cuando se declaran “ni de izquierdas ni de derechas” decimos que eso mismo decían los fascistas y los falangistas, o dictadores comunistas como Lenin y Mao. Sea como sea, siempre tendremos un argumento, o mejor dicho una piedra, a mano que arrojar al rival.

Por eso, resulta muy llamativa la reciente descalificación que que se ha hecho en España de la posibilidad de “no ser de izquierdas ni de derechas” por los opositores a Pablo Iglesias y Podemos, algo en lo que, y aquí está la divertida paradoja, el propio Pablo Iglesias fue pionero, cuando definió la postura de Rosa Díez y su partido UPyD como “fascismo blando”, precisamente porque se había definido a sí misma y a UPyD como “ni de izquierdas ni de derechas”: Pablo Iglesias, en consecuencia, arrojó entonces la misma piedra que ahora le arrojan a él. Esto ha traído la inevitable consecuencia, que he podido observar entre mis amistades, familiares y conocidos, de que personas que hace no mucho pensaban que no ser de derechas ni de izquierdas era despreciable, ahora consideran que es una postura razonable, mientras que quienes pensaban que era algo razonable ahora piensan que es detestable

De este tipo de paradojas está llena la agitada vida política actual en España, pero casi todas esas confusiones, incoherencias y contradicciones nacen de esa urgencia por definirnos cuanto antes, de opinar de todo ipso facto, de situarnos de manera clara en un tablero político que en realidad no tiene casillas, puesto que estas cambian de un día para otro, sino que se construye en función de un haz de relaciones que nos mantiene cerca o lejos de aquellos que admiramos o de aquellos que detestamos. Por eso, para saber qué opinaremos mañana, nos vemos obligados a averiguar primero qué es lo que opinan esta noche los nuestros y qué es lo que opinan los otros. Solo entonces, sin necesidad de razonar, podremos opinar con plenas garantías de no equivocarnos, aunque ahora tengamos que decir lo contrario de lo que dijimos ayer.

Mi opinión personal es que me gustaría que se pudiera argumentar acerca de la conveniencia o no de ser de derechas, de izquierdas, ni de derechas ni de izquierdas, o de no ser nada en particular, sin que ello signifique que estás cerca o lejos de este o aquel partido político y que, en consecuencia, tus argumentos dejen de ser escuchados.

Que los partidos políticos usen estrategias de ese tipo es perfectamente razonable, porque la esencia de un partido político consiste en intentar crear una identidad común que haga que sus seguidores no tengan la tentación de cambiar de cuadra, al sentirse parte de un mismo proyecto, de un mismo sueño, de una misma esperanza, o al menos de una misma asociación para obtener beneficios espirituales o materiales. Lo entiendo y sé que es parte casi inevitable del juego político, pero no veo la necesidad de que quienes no nos dedicamos a la política activa tengamos que comportarnos en nuestra vida cotidiana como políticos en un debate televisivo. La realidad es mucho más compleja e interesante y podemos analizarla sin temor a índices de audiencia o votaciones plebiscitarias.

Creo que fue fue Bill Clinton quien popularizó en el mundo de la alta política aquello de KISS (“Keep it Simple, stupid / Hazlo simple, estúpido”), que, como es obvio, quiere decir: “Hazlo simple, porque los electores son estúpidos”. Al parecer, en política solo funcionan los mensajes simples, pero quienes no nos dedicamos a la política podemos dar y recibir algo más que eslóganes simples de nuestros amigos y contertulios. Deberíamos poder divertirnos, equivocarnos, rectificar, tantear, suponer, sugerir, dudar en una discusión política con amigos y conocidos. Podemos reflexionar sin adoctrinar, dudar sin temer que eso proporcione armas a “nuestros enemigos”, y sobre todo pensar un poco más antes de decir cualquier cosa. Es decir, evitar la respuesta instantánea y automática ante cualquier novedad, noticia u opinión política. Pensar despacio, en definitiva.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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