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La cita es a media mañana en el hall de entrada de un hotel de Gran Vía, a unos pasos del estruendo y la prisa del tráfico y también de las idas y venidas de los huéspedes que gritan y arrastran sus maletas y dejan caer sus llaves en recepción. Pero nada inquieta la parsimonia del poeta irlandés: corpulento y afable, más delgado que en fotos recientes, los labios finos, los ojos achinados y risueños, se sienta de espaldas a la calle y espera la primera pregunta con tensión disimulada, el cuerpo encogido, las manos trabadas en un solo puño.