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Lo mejor de Ready Player One no es que Spielberg mejore el planteamiento ideado por Ernest Cline en su novela. O que, de cuando en cuando, reavive ese estilo entrañable y desenfadado que ya disfrutaron los niños y jóvenes de otro tiempo en sus primeras producciones para el sello Amblin. En absoluto. Lo mejor está en su modo de narrar. Que siga siendo el Spielberg de siempre, capaz de convertir cualquier historia en un relato único.

¿Puede una derrota transformarse en una victoria? A veces sí, en especial si hablamos de los británicos, especialistas en usar la cabezonería y la desvergüenza para seguir adelante y triunfar en los momentos más desesperados.

Quedé apabullado al ver la adaptación que ha hecho Steven Spielberg del clásico de Roald Dahl. Al igual que ocurría con El puente de los espías, nos hallamos ante una película que no se apresura en el desarrollo de su relato. Un relato que gira en torno a la improbable amistad entre una niña huérfana y un gigante soplasueños.

Resulta curioso que Steven Spielberg ‒director‒ y los hermanos Coen ‒guionistas‒, en su momento considerados como esenciales representantes del cine moderno y renovador, acaben portando la llama del Hollywood más clásico con esta película, un film adulto ‒que no aburrido‒, bien hecho, elegante y ajeno a las modas.