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Jeffrey Eugenides

Eugenides ya nos había admirado en, al menos, tres de sus novelas. En Las vírgenes suicidas, por cómo hacía al narrador víctima de un delirio gótico promovido por unas encantadoras adolescentes. En La trama nupcial, por su descripción de una juventud lanzada desde unos padres revolucionarios y bohemios liberales de los sesenta, a un mundo posmoderno, liberal pero abstracto por su falta de proyecto manifiesto. En Middlesex, por la prueba de fuego de cualquier novelista: poner en pie a un hermafrodita, al cual los demás ven claramente como varón o mujer, y él debe aprender a identificarse ante ellos y ante sí mismo.