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Gianni Raimondi, que siempre será recordado por haber sido el Percy de Maria Callas en las míticas representaciones milanesas de Anna Bolena vista por Visconti, el Alfredo Germont de la primera grabación discográfica de Traviata de Renata Scotto o el Rodolfo pucciniano de Mirella Freni en el bonito filme de Zeffirelli y Karajan, grabó en 1963 un disco donde daba rienda suelta a su potente personalidad tenoril, hecha de sonidos áureos y a la vez férreos, con límpidas y fulminantes escaladas al registro agudo.