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Dice Francisco Blasco de Lanuza que, en el mismo instante en que Dios cría su alma, cada ser humano cuenta con un ángel de la guarda que le protege pero, en su infinita magnanimidad, el mismo Dios permite a su ángel caído, al bello Lucifer, ponerle un demonio, para que siempre le persiga. Y así, ángel y demonio pugnan, a lo largo de toda la vida del ser humano, por hacerse dueños de sus decisiones. El hombre nace libre para decidir. El demonio es libre de tentar. La decisión última de caer o redimirse siempre está en la conciencia humana.