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En las obras de Eduardo Arroyo brilla una peculiar aleación que une lo culto y lo peculiar, lo aristocrático y lo callejero, lo kitsch y lo castizo, bajo una sensibilidad que, sin ocultar su vinculación inicial a la estética pop, hunde sus raíces en el barroco español y recoge ciertas vetas del surrealismo. Arroyo es un artista de una inteligencia implacable, que a menudo le ha convertido en una figura incómoda, difícil de asimilar por las corrientes dominantes del arte contemporáneo.