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En uno de sus libros, Peter Bogdanovich escribía que, a la hora de la verdad, cada generación de espectadores quiere que se le cuenten de nuevo las mismas historias. De ahí que cada vez que transcurre una nueva década, los veteranos se quejen al descubrir en la cartelera una nueva versión de viejas tramas que les hicieron soñar tiempo atrás.

Lo mejor de Ready Player One no es que Spielberg mejore el planteamiento ideado por Ernest Cline en su novela. O que, de cuando en cuando, reavive ese estilo entrañable y desenfadado que ya disfrutaron los niños y jóvenes de otro tiempo en sus primeras producciones para el sello Amblin. En absoluto. Lo mejor está en su modo de narrar. Que siga siendo el Spielberg de siempre, capaz de convertir cualquier historia en un relato único.

Ahora que hemos aceptado como género la nostalgia ‒o al menos su aspecto más idealizado‒ a nadie le sorprenderá que Star Wars se prolongue en un saludable ejercicio de retrocontinuidad. En este sentido, Rogue One llega a las pantallas para hacer otra vez esa pregunta que, según parece, nos formulamos aquellos niños y adolescentes que vimos La Guerra de las Galaxias en 1977: ¿cómo consiguió la Alianza Rebelde los planos de la Estrella de la Muerte?