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En 1981 se detectó un fenómeno tan novedoso como refrescante en el mundo de la distribución y venta de comic-books: la aparición por todo el país de una red de varios cientos de tiendas dedicadas exclusivamente a la venta de tebeos y productos relacionados con ellos. Estos establecimientos contaban con distribuidores de comic-books diferenciados de aquellos que suministraban material a los quioscos.

Los cómics que Jack Kirby creó tras la disolución de su asociación creativa con Stan Lee conforman una mezcla variopinta y difícil tanto de clasificar como de recomendar sin reservas. Su arte se encontraba en su momento más desatado y fantástico, ofreciendo momentos verdaderamente impactantes, pero esas maravillosas páginas producto de su innegable creatividad se estrellaban contra ideas mal desarrolladas y estúpidamente grandilocuentes pobladas de personajes fríos y monolíticos que no conseguían conectar con el lector.

Beausonge (Sueñohermoso), un nombre de sonoridad dulce y poética para una pequeña aldea que dormita bajo un manto de nieve en una zona remota de las Ardenas. Despierta asociaciones de mundos bucólicos, inocentes y sencillos. Nada más lejos de la realidad.

El interés de Mike W. Barr en las historias de misterio viene de lejos. Según él mismo recuerda, fue en septiembre de 1967, aún en el instituto, cuando compró casualmente en un quiosco una novela policiaca firmada por Ellery Queen –seudónimo tras el cual se escondían los primos Daniel Nathan y Emmanuel Benjamin–. Aquellas páginas fueron la puerta de entrada a un género, el de detectives, en el que pronto descubrió a Rex Stout, Anthony Boucher, etc, y que inmediatamente se convertiría en su favorito.

En tres años, Frank Miller se convirtió en el autor más cotizado de la industria del comic-book norteamericano. Cuando en 1979 se hizo cargo del dibujo de la colección Daredevil nadie pudo prever que aquel joven desconocido iba a cambiar la historia de la editorial… y del comic-book.

El guionista Antonio Segura y el dibujante José Ortiz son dos nombres fundamentales en el desarrollo del comic adulto español de comienzos de los años ochenta. Ortiz (1932), el más veterano del dúo, había comenzado su carrera profesional mucho antes, a los 16 años, trabajando para diferentes editoriales (Maga, Valenciana, Toray, Bruguera).

A mediados de los años ochenta el panorama del comic-book norteamericano seguía bebiendo del espíritu nacido dos décadas atrás. Los cómics underground, de la mano de Robert Crumb, Gilbert Shelton o Harvey Pekar libraban su propia guerra desde los años sesenta, pero su distribución siempre fue limitada. Marvel Comics –y, en menor medida, DC– habían realizado tímidos intentos de maduración en los setenta, pero todos aquellos tanteos en el cómic adulto no llegaron a fructificar y en su mayor parte los comic-books mainstream seguían estando dirigidos a un público preadolescente o adolescente.

En 1975, Dani Futuro, la serie de ciencia ficción que contaba con guiones de Víctor Mora, se había quedado pequeña para las necesidades expresivas de su dibujante, Carlos Giménez. El franquismo daba sus últimas boqueadas y la liberación creativa de la historieta se respiraba ya próxima.

El cómic nació en Estados Unidos en la prensa bajo la forma de escenas humorísticas con trasfondo costumbrista. Niños, animales parlantes, vagabundos, familias… eran los protagonistas de las primeras series populares. En ellas, los lectores veían reflejados sus pequeños mundos cotidianos. Y entonces, un día, llegó la Gran Depresión y, con ella, la necesidad del público de olvidar aquella misma realidad, más o menos deformada por el humor y la fantasía, con la que antes había disfrutado en las páginas de cómics de los diarios.

El viaje ha sido una constante en la historia del hombre. Se ha viajado por muchos motivos, pero uno de ellos ha sido la búsqueda de nuevos horizontes, dejar atrás una vida insatisfactoria, un amor perdido, una tragedia… y encontrar algo en tierras lejanas, no se sabe qué, con la propiedad de renovarnos interiormente, curar nuestras heridas, ofrecer nuevos objetivos y desafíos y un sentido nuevo a nuestra existencia.

Las chicas guerreras de escaso atuendo han sido un tópico de la Espada y Brujería desde los comienzos gráficos del género. La Dejah Thoris de John Carter, Red Sonja en Conan, Xena, Ghita de Alizarr, Amethyst… Pero de entre todas ellas merece la pena recuperar una cuya vida editorial fue inmerecidamente corta: Marada: La Mujer Lobo.

A mediados de los ochenta tuvo lugar una auténtica revolución en el mundo del comic-book propiciada por una sola obra: Batman: El regreso del Caballero Oscuro (1986), guionizada y dibujada (con ayuda de Klaus Janson y Lynn Varley) por Frank Miller. Con esa miniserie no sólo se inauguró un nuevo formato, el llamado prestigio (pequeños álbumes con mejor papel e impresión) sino que se abrieron las puertas a una nueva orientación en el contenido de los cómics de superhéroes, más adulta y oscura. Esa nueva tendencia se confirmó el mismo año con la magistral Watchmen, de Alan Moore y Dave Gibbons y poco después con La Broma Asesina, también de Alan Moore con el dibujante Brian Bolland.

"Longshot" es una palabra inglesa que se utiliza para denominar cualquier cosa que se considere una apuesta arriesgada. Y no pudo haber mejor término para bautizar al nuevo personaje presentado en una miniserie de seis episodios cuyo primer número vio la luz en septiembre de 1985.

La Sombra, nacido en 1930 como creación radiofónica, fue un justiciero misterioso, manipulador y a menudo violento, de mirada hipnótica y risa escalofriante, que combatía el crimen ayudado por una red de colaboradores. Su éxito sirvió años después para marcar las pautas de superhéroes como Batman que, aunque actuando de parte de la ley, también lo hacen al margen de la misma.

Las vacaciones: periodo de descanso, de relajación, de disfrute del tiempo libre y la pareja, de viajes a lugares exóticos, de estimulación de los sentidos…. O de muerte, engaño, infidelidad, traición y mentiras. Esta es la propuesta que el creador Vittorio Giardino nos ofrece en esta serie de tres álbumes de relatos cortos.

El nombre de Alex Toth es poco conocido fuera del mundo de los cómics, pero entre los profesionales y aficionados al medio es justificadamente considerado, junto a Jack Kirby y Steve Ditko, como un maestro de la narración gráfica que dio forma al comic-book moderno.

La relación del guionista Don McGregor con Marvel no había terminado precisamente bien. Los dos títulos en los que había volcado tanta ilusión como esfuerzo, La Guerra de los Mundos (Killraven) y Jungle Action (Pantera Negra), acabaron cancelándose por sus bajas ventas y tras repetidas advertencias por parte de los editores para que realizara unos necesarios cambios que nunca se avino a realizar.

Durante muchos años, la antigua compañía dirigida por Martin Goodman, Timely Comics, basaba su fortaleza y capacidad de supervivencia no en la innovación y la creación de sus personajes, sino en copiar el éxito obtenido por otros. Fue una política que se mantuvo una vez que Stan Lee se hizo cargo de las labores editoriales y Shanna la Diablesa es uno de los ejemplos más claros de esta política.

En diciembre de 1941, Estados Unidos entra en la Segunda Guerra Mundial. Todos los varones en edad de combatir son llamados a filas y los dibujantes de cómics no son una excepción. Alex Raymond, Jack Kirby o Will Eisner, por ejemplo, hubieron de incorporarse al Ejército, a veces en puestos en los que podían aplicar su talento creativo y otras en primera línea.

Puede que para los lectores más jóvenes resulte difícil imaginarlo, pero hubo un tiempo en el no existían los comic-books. Éste fue un formato que se inventó en los años treinta como respuesta a la demanda de las tiras cómicas que aparecían diariamente en los periódicos. Hubo un momento en que el material protagonizado por los personajes ya establecidos no bastó para cubrir esa demanda, por lo que fue necesario empezar a crear series y personajes totalmente nuevos. ¿Cómo hacerlo? Porque, sencillamente, las editoriales de cómics no existían. Hubo que inventarlas y, con ellas, nació una nueva forma de narrativa gráfica.

Kull fue uno de los muchos hijos literarios del escritor Robert E. Howard, el autor que creó a Conan el Bárbaro en 1931. Aunque éste fue sin duda su personaje más popular y longevo, dos años antes, en 1929, había publicado la primera aventura de otro bárbaro convertido en rey llamado Kull: El reino de las sombras, que según muchos es el primer relato que verdaderamente puede ser encuadrado en el subgénero de Espada y Brujería. Los doce relatos que Howard escribió de este (aunque en vida sólo aparecieron publicadas tres) destilaban un tono místico y existencialista que contrastaba con el sucio realismo del mundo de Conan.

Puede que de pequeño a François Boucq (Lille, 1955) le interesara más dibujar y las artes marciales (acabaría siendo experto en kendo) que estudiar, pero ello no sólo no le impidió hacer una carrera de provecho, sino que consiguió el reconocimiento como uno de los cronistas gráficos más ácidos de los aspectos más surrealistas y absurdos que se esconden bajo la plácida apariencia de la cotidianidad.

La idea de lo que más adelante se convertiría en el equipo de superhéroes canadienses Alpha Flight fue presentada por primera vez en el número 109 de Uncanny X-Men (1977). En aquel episodio, Arma Alpha (más tarde conocido como Vindicador y luego como Guardian) era enviado por el gobierno canadiense para llevarse consigo a Canadá a Lobezno –denominado por el ejército de ese país Arma-X – que había trabajado para esa nación y en cuyo exoesqueleto y adiestramiento habían invertido una enorme cantidad de dinero (por entonces el origen del adamantium de Lobezno no había sido aclarado).

El personaje de La Sombra fue uno de los abuelos del género superheroico. Nacido originalmente en 1930 como un serial radiofónico, su popularidad no tardó en trasladarlo a otros formatos, el literario primero –en las revistas pulp de la época, luego en novelitas baratas–, el cine y el cómic después.

La primera mitad de los años setenta fueron tiempos de efervescencia creativa en Marvel. Una nueva generación de escritores y artistas comenzó a aportar una visión renovada del cómic superheróico al tiempo que la editorial, dándose cuenta de que el interés por sus personajes de brillantes uniformes flaqueaba, exploraba otros campos temáticos: las artes marciales, el terror… y la ciencia-ficción.

Entre los años 1970 y 1978, Marvel vivió un periodo de cambio y experimentación continuos. Nuevos conceptos, nuevos personajes y nuevas colecciones aparecían tan rápido como se esfumaban. Una nueva generación de talentos entró a trabajar en la editorial aportando un entusiasmo y efervescencia juveniles que se traducían en experimentos no pocas veces saldados en fracasos, pero que a veces terminaban en éxitos y que hoy son recordados como absolutos clásicos.

Frank es el nuevo veterinario de Liberty Meadows, una reserva para animales con problemas cuyos internos incluyen a Leslie, una rana hipocondriaca; Ralph, el oso enano e inventor hiperactivo; el cerdo Dean, exmascota de una fraternidad universitaria, machista, vago y adicto al tabaco, el alcohol…y las mujeres; el dulce y educado patito Truman y el cariñoso perro salchicha Oscar.

En 1980, el guionista Yann Le Penetier y el dibujante Didier Conrad crearon para la revista Spirou una serie, Los Innombrables, en la que se daban cita la aventura y un corrosivo humor paródico. De esta colección ya hablé en otro artículo; baste decir ahora que en su primer número, Shukumei, hacía aparición un personaje femenino de gran potencial, Alix, que mantendría su presencia en los siguientes álbumes y que años después, en 2005, obtendría su propia serie, objeto del presente comentario.