El proyecto político de Salvador de Madariaga

Salvador de Madariaga y Rojo (1886-1978) es uno de los pensadores más interesantes de la España contemporánea. La evolución de sus ideas y de su vida constituye un recorrido apasionante por la historia del siglo XX español, con todas sus luces y sombras, sus triunfos y sus miserias.

Nacido en La Coruña en una familia de militares, realizó estudios de ingeniería en Francia, pero sus verdaderas inquietudes le llevaron a dedicarse a la literatura y al periodismo. En 1921 comenzó a trabajar en la recién fundada Sociedad de Naciones, alcanzando una gran reputación por su ideología liberal democrática y sus avanzados planteamientos respecto a la necesidad de la cooperación internacional para asegurar la paz.

Estas inclinaciones le hicieron apoyar en un principio la proclamación de la Segunda República en 1931, siendo elegido diputado en las Cortes Constituyentes y más tarde desempeñando varios cargos diplomáticos y ministeriales. Pero pronto se sintió decepcionado con los resultados prácticos de la experiencia republicana. De esta desilusión, unida a su creciente pesimismo respecto al futuro de la democracia en Europa, fue fruto su obra política más importante, Anarquía o jerarquía: Ideario para la constitución de la Tercera República, publicada en 1935. 

Madariaga parte de la evidencia del asedio al que el sistema democrático liberal está sometido desde múltiples frentes: surgimiento del comunismo y el fascismo, graves dificultades económicas, crisis del parlamentarismo y desprestigio de los partidos gobernantes, etc. Declarándose aún partidario del mismo, se niega sin embargo a obviar los que entiende como terribles defectos en su funcionamiento presente, planteando, primero, una crítica implacable de estos, y segundo, una reconstrucción del orden social sobre fundamentos más sólidos.

Así, en lo político, Madariaga se opone a las que considera las nociones prevalentes de libertad e igualdad. Entiende que la primera implica una idea de soberanía absoluta del individuo que, además de irreal, tiene efectos disgregadores sobre la sociedad. En cuanto a la segunda, critica con dureza el igualitarismo asimilado a la mera nivelación por lo bajo y a la represión de las capacidades naturales que, forzosamente, distinguen a los hombres.

De todo ello Madariaga pretende extraer un nuevo modelo de democracia, la que llama "democracia orgánica unánime". En ella el sufragio no es un derecho universal de toda persona adulta, sino una prerrogativa reservada a los "mejores" ciudadanos, los realmente aptos para participar en los asuntos públicos. Este sufragio se restringe a la elección de los concejales municipales, siendo el resto de cargos elegidos de forma indirecta. Por lo demás, Madariaga deja claro que en su sistema no hay lugar para los partidos políticos tal como comúnmente se conciben, pues considera que favorecen la división y el enfrentamiento entre diferentes grupos de interés. La democracia orgánica unánime aspira, según sus propias palabras, a constituir una verdadera aristocracia.

En lo económico, Madariaga se aleja tanto del liberalismo clásico puro como del socialismo y propone un modelo de Estado corporativo en el que se pretende conciliar la iniciativa privada con la dirección de la economía nacional. Para ello, entre otras medidas, se suprimen los sindicatos, las asociaciones empresariales y la huelga, pues Madariaga se muestra especialmente preocupado por la conflictividad en el mundo laboral, llegando a calificarla de "guerra civil" entre la patronal y los trabajadores, que exige un control estatal firme. 

También se interesa Madariaga por las cuestiones de política exterior, y en este punto su propuesta es sorprendentemente progresista y coherente con su profesado pensamiento liberal. Defiende el sometimiento de los Estados a las normas del derecho internacional y la prohibición de las guerras injustas y no autorizadas. Garantizar la paz se convierte así en un imperativo, sin que nuestro autor caiga por ello en las simplificaciones de un pacifismo desenfocado.

En definitiva, aunque Madariaga plantea su sistema como una necesaria corrección del liberalismo democrático y no como su eliminación, y pese a afirmar en repetidas ocasiones la libertad como valor supremo que el Estado debe proteger, lo cierto es que su modelo no proporciona una garantía eficaz de los derechos individuales.

La erradicación del pluralismo político, por más que se revista mediante el discurso organicista, conduce inevitablemente al falseamiento de todo gobierno representativo.

El corporativismo económico no deja de ser un constructo pobremente fundamentado y basado en teorías que se han demostrado erróneas (la falta de conocimientos económicos de Madariaga, una limitación capital que muchos españoles eminentes sufrieron, salta a la vista).

Por último, las ideas cosmopolitas de Madariaga parecen difícilmente compatibles con el dirigismo de su modelo de Estado. ¿Cabe pensar que un gobierno que restringe de forma tan severa la libertad la respetará fuera de sus fronteras? La experiencia histórica no lo avala. 

Conviene, empero, no exagerar ni llevar la crítica demasiado lejos. Aunque Madariaga fuera víctima en cierto modo de la tentación del autoritarismo (no fue el primero ni el único que cayó en ella en esos años), su trayectoria sigue siendo la de un liberal y un demócrata ejemplar.

Su rechazo de todo extremismo en la España de los años 30, su apoyo decidido a la integración europea y su liderazgo de la Internacional Liberal son claras muestras de ello. Por esta razón, estimo que no debemos interpretar Anarquía o jerarquía como un abandono o una traición a las ideas que Madariaga decía profesar. Si bien se trata de una obra repleta de contradicciones, también se desprende de ella un genuino interés por preservar y proteger las conquistas clave de los sistemas de gobierno occidentales. Así, contrariamente a los teóricos del totalitarismo, Madariaga no parte de la soberanía incondicional del Estado, a la que el individuo debe someterse sin alternativa. Como liberal que en el fondo seguía siendo, entiende que el fin supremo en sociedad es el del hombre y no el del Estado. La limitación de la libertad solo puede fundarse, pues, en la necesidad del Estado de asegurar su propio funcionamiento. Tal como Madariaga lo expresa: "En las funciones, el individuo sirve al Estado, y en los valores, el Estado sirve al individuo". 

Finalmente, es necesario reconocer que hay muchas ideas aprovechables enAnarquía o jerarquía, aunque su proyecto tal como se concibe sea inviable. La denuncia del individualismo radical y del más craso igualitarismo, la crítica a unos partidos políticos que monopolizan el poder en contra de los intereses generales, el imperativo de contar con ciudadanos comprometidos con la buena marcha del país, etc., son puntos con los que todo auténtico liberal y demócrata estaría de acuerdo. Si la solución de Madariaga era equivocada, muchos de los males que señalaba siguen existiendo, y la lucha contra ellos debería ser una prioridad en toda sociedad libre y próspera. 

Copyright del artículo © Antonio Mesa León. Reservados todos los derechos.

Antonio Mesa León

Antonio Mesa León (Sevilla, 1993). Graduado en Derecho y ADE (Universidad de Sevilla, 2016). Máster en Abogacía y LLM, IE Law School (Best Student Award y Dean´s List 2018).

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