Una noche con los Stones en el salón de casa

Las cosas se sabe como empiezan, pero nunca como acaban. Y si están los Rolling Stones de por medio, ni eso. Hablamos de un grupo que, por sus mastodónticos espectáculos y su formación de empresa, debería tenerlo todo controlado. ¿O no?

Que se lo digan al guitarra del grupo Ronnie Wood, que comenta que sus momentos favoritos de los conciertos son ver cómo va entrando la gente al local y cuando por fin le dan la lista con las canciones que van a tocar esa noche. O que se lo digan al pobre Martin Scorsese, que minutos antes de comenzar a rodar el documental sobre la última gira de los Stones, Shine a light (2008), todavía no tenía su copia del set list y tuvo que improvisar varios comienzos y juegos de cámara, para según con qué tipo de canción se abriera el espectáculo. La lista no le llegó hasta segundos antes de apagarse las luces para comenzar el show. Esto es rock n roll, señores.

La idea de rodar un documental de su última gira venía de atrás. Tras la lujosa caja de cuatro dvds que se había editado de sus directos de 2003, poco se podía aportar ya. Al principio se pensó en registar el mastodóntico concierto de Río de Janeiro, pero, claro, hemos visto tantas veces conciertos de los Stones en grandes estadios que, sí, un concierto en la playa con cerca de un millón de espectadores podía ser grandioso, pero al cuarto plano desde un helicóptero de la masa de público ya nos aburriríamos.

Con la idea del concierto de Río en mente, Mick Jagger empezó a buscar un director acorde a la magnitud del evento. Nada de directores de vídeos musicales. Jagger quería uno de los grandes para el concierto más grande. El nombre de Martin Scorsese salió casi a la primera. Jagger y Keith Richards son fans de sus películas, de las que el guitarra de los Stones se sabe diálogos completos, y su carrera paralela como documentalista musical con trabajos como 'No direction home', sobre Bob Dylan, o la serie sobre blues, le avalan para moverse por el complicado lenguaje de la música. Scorsese ha utlizado la música de los Stones en varias de sus películas y lleva tiempo trabajando con Jagger en un proyecto de ficción sobre el despiadado negocio de la música, así que la elección era perfecta.

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Tras las primeras reuniones ya se hablaba del mayor acontecimiento del año, de usar las mejores técnicas, rodar en imax, en 3-D... hasta que Scorsese acudió a ver algunos conciertos de la gira y se desilusionó. Escenario gigantesco, pantallas de vídeo, decenas de cámaras registrando sus movimientos... Lo típico en un concierto multitudinario y con realizadores que pueden hacer muy bien su trabajo a la hora de editar un dvd conmemorativo de la gira, como los cientos que llenan las estanterías de las tiendas. Entonces ¿qué podía aportar Scorsese a eso? Nada.

En ese momento fue cuando el director de cine propuso cambiar el proyecto de cabo a rabo y buscar un teatro pequeño para rodar allí el concierto. La gente está acostumbrada a ver a los Stones en escenarios enormes con plataformas, efectos especiales, pantallas y toda la parafernalia rockera. ¿Qué pasaría si les volvemos a meter en un escenario pequeño como en sus comienzos con el público literalmente encima de ellos y poco espacio? ¿Seguiría funcionando igual su magia? Y sí, funcionó.

Que nadie espere encontrarse en Shine a light con explosiones, efectos especiales o cosas raras. Aquí sólo hay música y un grupo tocando en el escenario. ¡Pero qué grupo! El único efecto especial es cuando, en medio de la actuación, Jagger aparece al fondo del teatro tras una puerta lateral para cruzar entre el público a los sones del comienzo de 'Simpathy for the devil'. Bueno, eso y el estupor de los invitados especiales. Buddy Guy, el legendario guitarrista de blues, se entiende. El White Stripe Jack White, pues bueno, el toque cool, supongo. Pero ¿Christina Aguilera?¿Qué pinta la ex chica Disney en un dueto con los Stones? Misterio.

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El verdadero espectáculo de esta película, aparte de los bailoteos de Jagger y la música en sí, está en seguir a Ketih Richards durante todo el show. El guitarra de los Stones hace mucho tiempo que vive en su universo paralelo y él se mueve a su propio ritmo. Más colgado que nunca, no hay más que ver el comienzo de 'Shine a light', cuando están todos saludando al matrimonio Clinton, y aparece Richards a dar dos besos a la madre de Hillary llamándola por su nombre de pila y comportándose como dos abuelas que han quedado para tomar el té. No se sabe cuál de los dos tiene más arrugas o está más medicado, pero es una delicia ver a dos reinas madre dándose besos como viejas amigas.

Y a partir de ahí la montaña rusa Richards se pone en movimiento. Sus poses, vaciles con el público hablando con ellos en plena canción y regalando púas a las chicas guapas de la primera fila, postrándose ante Buddy Guy y quitándose la guitarra para regalársela al final de la canción, como una fan quinceañera, o el cruce de cables que le da al ponerse a reír y hacer coros desafinados en una balada country, reventándole el número a un Jagger que le mira con auténtica cara de odio, con ganas de partirle la boca ahí mismo. Keith Richards es así y a estas alturas de la vida nadie se puede llevar a engaño. Ni Mick Jagger.

Yo no es que sea muy partidario de los conciertos en directo para ver desde casa, aunque los montajes de muchas de las giras de artistas actuales están pensados para verlos en las grabaciones y no en directo desde el pabellón en el que has pagado una fortuna por tu entrada, pero Shine a light tiene otro toque. Quizá sea el de estar rodado en un local pequeño y poder ver de una manera diferente a unos de los últimos dinosaurios del rock. Aunque al final del concierto te sigas preguntando ¿y Christina Aguilera qué hace ahí?

Copyright del artículo © Alejandro Arteche. Publicado previamente en la desaparecida revista Soitu.es con licencia CC y reeditado en TheCult.es (Thesauro Cultural) bajo las mismas condiciones.

Alejandro Arteche

Diseñador gráfico, fotógrafo y Dj, colaborador de Soitu y BI FM, entre otros medios.

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