José Manuel Sánchez Ron, historiador de la ciencia: "Se confunde información con conocimiento".

Para el académico de la lengua José Manuel Sánchez Ron (Madrid, 1949) la ciencia no promete “un destino eterno, o la demostración de que pertenecéis a una especie elegida, ni respuestas para todas las preguntas, ni siquiera, ¡ay!, virtud moral”; pero sí “respuestas fiables, entretenimiento y, sobre todo, dignidad”.

Doctor en Física por la Universidad de Londres, Sánchez Ron es desde 1994 catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid. Antes fue profesor de Física Teórica en el mismo centro, puesto del que se alejó tres años para ir en comisión de servicio al Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC).

Además de ocupar un sillón en la Real Academia Española (RAE), es miembro de la Académie Internationale d’Histoire des Sciences y académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales.

La mayoría lo conoce por sus libros: es autor de más de cuarenta, de historia de la ciencia y de divulgación. Algunos incluso en formato viñeta: ¡Viva la ciencia! y El mundo de Ícaro con el fallecido Antonio Mingote. Y en 2016 recibió el Premio Nacional de Ensayo por su libro El mundo después de la revolución. La física de la segunda mitad del siglo XX, la primera vez que este premio se otorgó a un libro que trata de ciencia.

Acaba de publicar Ciencia y Filosofía, editado por la Fundación Lilly y Unión Editorial.

¿Sigue siendo importante hoy la filosofía?

Vivimos en una explosión científica, y sobre todo tecnológica, que cambia nuestras vidas y que tiene uno de sus epicentros en las ciencias biomédicas. Eso toca los valores, que vienen a ser la manera en que nos acomodamos a las nuevas posibilidades que ofrece la sociedad. La física dominó la primera mitad del siglo XX y por supuesto cambió la sociedad, pero no afecta tanto a los valores como la biomedicina, que tiene que ver con nuestra vida y la de nuestra descendencia. Ahora nos planteamos qué valores se asocian a la vida más digna de ser vivida –lo que unos entenderán como ser feliz–. Yo entiendo la filosofía como un modo de pensar abierto que recoge el poso del pensamiento humano a lo largo de siglos, y que es sensible no solo a lo que se puede hacer, sino a lo que se debería hacer. Eso son los valores, y ahí la filosofía sí tiene un nicho importante.

¿Qué aporta la filosofía a la ciencia actual?

No tiene el papel que tuvo en el pasado. La filosofía fue, por ejemplo, importante para Einstein en la creación de la relatividad. Pero hoy tiene poco que aportar a la ciencia; ahora no podemos seguir entendiendo a Kant como antes, porque él decía más o menos que Euclides y Newton están inmersos en nuestro cerebro, y eso no es verdad. Lo más interesante de la filosofía actual es lo que se refiere a la vida, y no solo la humana.

¿Tiene cabida la filosofía en un mundo lleno de estímulos tecnológicos, de información, en el que parece faltar tiempo para simplemente pensar?

Se confunde información con conocimiento. Hoy, por fortuna, prácticamente cualquiera, y desde temprana edad, tiene acceso a muchísima información. Y eso ocupa el pensamiento. Si entendemos la filosofía como un entrenamiento del pensamiento, ese aspecto del desarrollo tecnológico ciertamente no ayuda. No solo eso. Nos comunicamos cada vez más a través de instrumentos y así se pierde la gestualidad, que es como un diccionario sin palabras formado a través de la evolución. Perdemos parte de la riqueza humana.

¿Y los aspectos positivos de la tecnología?

Obtener información fácil y rápida tiene muchas ventajas, y puede afectar positivamente a instituciones como la democracia. Pero la tecnología solo muestra lo que se puede hacer; la pregunta es, ¿se debe hacer todo lo que se puede hacer? Intervenir en el genoma humano puede no solo salvar vidas, sino aliviar miserias. O sea que es bueno. Cualquier valor tradicional que se oponga es, en primer lugar, poco compasivo, porque alienta el sufrimiento. Lo que ya no es tan bueno es el riesgo de la eugenesia, de que se creen castas definidas por el acceso o no a una tecnología. La filosofía puede ayudar a responder si todo lo que se puede hacer se debe hacer.

¿Cómo ve un futuro en que se puede editar el genoma humano?

Será mucho más probable que más personas tengan una vida feliz. El pasado ha sido más difícil que el presente, con más enfermedades, más pobreza… Por insatisfechos que estemos, e incluso con el problema del medio ambiente, el presente es mejor que el pasado. Y eso es gracias a la ciencia y la tecnología. La Ilustración fue maravillosa, pero la asepsia, las técnicas de imagen… las trajo la ciencia en el siglo siguiente, el XIX. En definitiva creo que el futuro traerá más oportunidades para una vida digna. Incluso a pesar de ese gran, universal, problema que es el deterioro del medio ambiente, con el calentamiento global asociado.

¿No mejorará la situación del medioambiente?

El clima… esa es una batalla perdida: creo que el calentamiento global es ya imparable, aunque se puede controlar algo. Darwiniano como soy, veo en la evolución una lucha entre el egoísmo y el altruismo, pero el egoísmo suele ganar a nivel global. En la familia no, porque la evolución tiene su base en tu entorno, en los tuyos… Pero a escala del planeta gana el egoísmo. Sin duda ninguna, el escenario ambiental sí será peor que en el pasado más o menos cercano.

¿Cómo es hoy la relación entre la ciencia –el conocimiento científico– y quienes toman decisiones políticas?

Reflexioné mucho sobre eso en mi libro El poder de la ciencia. Los científicos no tienen poder. La dinámica del poder político y económico va por su lado, porque la política es ya desde hace tiempo –o a lo mejor siempre lo ha sido– una cuestión a corto plazo. Lo que hay que ver con claridad es que la sociedad sí tiene poder, así que se trata de educar a la sociedad para que reclame a los políticos que la tomen en consideración. En cuestiones como la ingeniería genética o el cambio climático los científicos exponen públicamente sus datos y sus opiniones, pero la sociedad es la única que tiene el poder de obligar a los políticos... entre otras cosas, eligiéndolos. Pero claro, si eligen a Trump... pues la hemos fastidiado. Y en España, está muy bien lo que dicen de vez en cuando, pero las emisiones de gases de efecto invernadero siguen aumentando.

¿Hay alguna manera de superar esos límites espaciales y temporales de la acción política?

La política responde en principio a la idea de crear una sociedad mejor, pero si los políticos dedican más esfuerzo a la lucha por el poder que a ese objetivo… Todo esto tiene que ver, entre otras cosas, con el conocimiento. Los políticos cada vez tienen menos formación. Son profesionales de la política, la mayoría viven de la política desde jóvenes. En este sentido, sus ideas de la sociedad, de lo que piensan y necesitan los ciudadanos, están algo deformadas, o, mejor, mediatizadas por la lucha política. Así que es un acto de fe pensar en su sensibilidad, en sus conocimientos sobre la ciencia y la técnica, o incluso ¡sobre la historia! Debería haber un examen de historia para ser político. Esta falta de conocimiento contribuye a lo que pasa: todos o casi todos están de acuerdo en el problema del clima, pero no se hace nada, porque la lógica de la política es, desgraciadamente, otra cosa.

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Usted preferiría políticos con más formación.

Sin duda alguna. El que la política se haya convertido en buena parte en una profesión lo considero una tragedia. Los políticos, en su sentido más noble, son las personas que representan al pueblo, y eso significa que saben lo que son las profesiones, que tienen una formación… No solo que consiguen títulos –másteres y cosas así– en materias que luego no practican. Y la filosofía es también importante, no solo la historia.

¿Imperan hoy más en la sociedad las reacciones primarias, de impacto mediático, que el conocimiento?

La vida es tomar decisiones. Una persona toma decisiones que afectan a su ámbito, y si eres un político, a la comunidad que representas. El peligro que veo es la alianza irresistible entre la inteligencia artificial y los big data. Estos sistemas toman decisiones por nosotros: leemos los libros que nos sugieren, vamos donde nos indican… ¡hasta eligen o nos sugieren, pareja por nosotros! Yo no tengo una visión muy amable del conjunto de la humanidad. Creo que no escasean los egoístas, los imbéciles, los maleducados. Y a todas estas personas les ha dado voz la tecnología. Si entras en los comentarios a un artículo de prensa, ves en primer lugar falta de respeto, y luego ignorancia. Pero a mí eso no me interesa.

Sin embargo, se toman decisiones en función de algoritmos...

Sí, y es un gran peligro, cada vez vamos a depender más de las tendencias y de quienes las manejan para fomentar un negocio, o una política. Rusia para influir en las elecciones de Estados Unidos, Amazon para vender libros, camisetas y miles de cosas más… Cada vez más tomamos decisiones en función las recomendaciones de máquinas inteligentes, que obtienen información de ese vigilante permanente que son los macrodatos (big data). La inteligencia artificial es un riesgo, pero es imparable.

Es entonces una mancha en su visión optimista del futuro.

No, no, soy optimista. Bueno, en la actualidad tal vez más pesimista, pero reaccionaremos, tenemos que reaccionar. Porque, insisto, la gracia de la humanidad es tomar decisiones arriesgándote a equivocarte. Y se aprende –bueno, algunos aprenden–. Ahora, ¡que aprenda una máquina por ti… Ah, eso sí, vamos a convivir con un clima mucho más desagradable. Eso, repito, no tiene solución. Y además estamos reduciendo el problema a si hay o no negocio en el cambio climático, en combatirlo; cuando no es un problema de economía: es un problema de moral.

Copyright del artículo © Mónica G. Salomone, Sinc.

Mónica G. Salomone

Periodista especializada en ciencia. He escrito de ciencia, medio ambiente y medicina para numerosos medios españoles y alguno internacional. Autora de Morir joven a los 140 y Un universo gravitacional.

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