Melquíades Álvarez: La tragedia de un reformista

Melquíades Álvarez González-Posada (1864-1936) no es muy conocido por el gran público en España, ni tampoco reivindicado con especial interés por ninguna fuerza política. Sin embargo, este gijonés fue una de las personalidades preeminentes del país durante los últimos años del sistema de la Restauración, desempeñando asimismo un notable papel en la Segunda República.

Su olvido, sin duda, debe atribuirse a la extrema polarización desencadenada por la Guerra Civil, que marginó a los moderados que, como él, buscaron representar una vía media entre reacción y revolución y establecer una democracia parlamentaria plena y estable.

Por fortuna, esta condena a la oscuridad se ha ido rectificando recientemente, a medida que han proliferado los estudios sobre la vida política de la época y sobre sus principales protagonistas. La biografía Melquíades Álvarez. El drama del reformismo español (Marcial Pons, Madrid, 2014), obra del prestigioso jurista y ex ministro de Trabajo Fernando Suárez González (1933- ), cumple sobradamente con su cometido de contribuir a un mayor conocimiento de la figura de Álvarez y de su pensamiento, en una coyuntura en la que quizá es más necesario que nunca.

Melquíades Álvarez fue siempre un convencido demócrata y un adversario implacable de las corruptelas y las prácticas deshonestas en el gobierno, lo que le llevó a rechazar el caciquismo característico de la Restauración y a defender la total regeneración del sistema político español.

Con este objetivo fundó y dirigió el Partido Reformista (1912), que pronto se convirtió en la principal oposición democrática al régimen existente. Pese a ello, Álvarez nunca rechazó la posibilidad de pactar con los partidos dinásticos si con ello lograba avanzar en su causa, por lo que no se declaró expresamente republicano hasta que la crisis de la monarquía llegó a su punto culminante.

Durante la Segunda República, su nuevo Partido Liberal Demócrata se encontró situado en el centroderecha, opuesto por igual al radicalismo de las izquierdas y de la derecha enemiga del nuevo orden.

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Con el objetivo de facilitar la consolidación de una república democrática y respetuosa con los derechos individuales, colaboró con los sucesivos gobiernos del Partido Radical de 1933 a 1936, sostenidos por el apoyo parlamentario de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), entonces primera fuerza en la Cámara. Al contrario que Azaña y los demás líderes republicanos de izquierda, Álvarez no rehusó cooperar con la CEDA, a pesar de sus diferencias ideológicas, en el convencimiento de la necesidad de integrar a la derecha católica en el sistema.

Tras el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, fue arrestado y encarcelado en la Cárcel Modelo de Madrid junto a otros dirigentes del republicanismo liberal y conservador, siendo asesinado la noche del 22 al 23 de agosto por milicianos que habían asaltado la prisión.

Pese a sus aparentes cambios de postura a lo largo del tiempo, el ideal político al que Álvarez consagró su vida fue, en realidad, siempre el mismo: la democracia liberal y parlamentaria. Tal como muestra acertadamente Fernando Suárez en el libro, el gijonés mantuvo durante su carrera la coherencia de sus planteamientos. Defendió la reforma social como medio de mejorar la situación de los más desfavorecidos, pero nunca fue un revolucionario, y aceptó la superioridad del capitalismo de libre mercado sobre el totalitarismo comunista. Se opuso a la confesionalidad del Estado y a toda legislación basada en preceptos religiosos, pero rechazó el anticlericalismo estéril y las pretensiones de marginar la religión en la sociedad. Criticó el centralismo extremo, pero también el nacionalismo periférico, advirtiendo de los peligros que este encerraba para la unidad de España. En un contexto de creciente radicalización y legitimación de la violencia en política, continuó fiel al viejo credo liberal de tolerancia con el disidente y no exclusión del adversario. En mi opinión, fue este último aspecto el que finalmente determinó su trágico destino. Su negativa a abandonar las palabras en favor de las armas lo convirtió en enemigo a ojos de aquellos para los que toda discrepancia debía ser aplastada por la fuerza.

Han pasado más de ochenta años desde el brutal asesinato de Melquíades Álvarez. Ni en el régimen republicano, a pesar de sus esfuerzos, ni en el franquista tuvieron acogida sus ideas. Ninguna de las dos Españas de 1936 lo reclamó como uno de los suyos, y en la democracia actual no ha recibido un tratamiento mucho mejor. Razones partidistas se esconden tras ello, pero qué duda cabe de que, para las generaciones más jóvenes, este desdén también se debe al puro y simple desconocimiento. Libros como el de Fernando Suárez son por este motivo imprescindibles, pues la figura del asturiano es del mayor interés para nosotros hoy en día. Los muy liberales aprenderán que la defensa de la libertad no implica inhibición ni desaparición del Estado. Los que se ven tentados por el populismo demagogo harán bien en recordar las advertencias de Álvarez sobre el peligro de una democracia sin imperio de la ley ni reglas del juego. Y muy especialmente, quienes rechazan el patriotismo por considerarlo intrínsecamente violento o pasado de moda descubrirán cómo este gran demócrata y reformista proclamaba como pilar básico de su programa "el postulado santo de la unidad nacional y confundiéndose e identificándose con este principio el sentimiento de la patria y el amor a España". Releer a Melquíades Álvarez es por tanto una asignatura pendiente para todos.

Copyright del artículo © Antonio Mesa. Reservados todos los derechos.

Antonio Mesa León

Antonio Mesa León (Sevilla, 1993). Graduado en Derecho y ADE (Universidad de Sevilla, 2016). Máster en Abogacía y LLM, IE Law School (Best Student Award y Dean´s List 2018).

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