Emilio Castelar, presidente de la Primera República

Emilio Castelar, presidente de la Primera República Imagen superior: Castelar, retratado por Joaquín Sorolla.

Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899) fue uno de los mayores oradores de la historia del parlamentarismo de nuestro país. Provenía de una familia humilde y tuvo que abrirse paso en el turbulento siglo XIX español merced únicamente a sus propias capacidades, llegando a ser en la cumbre de su carrera presidente de la Primera República.

En Emilio Castelar. La Patria y la República (Biblioteca Nueva, 2001), una sucinta pero eficaz biografía, el historiador Jorge Vilches (1967- ), profesor de la Universidad Complutense de Madrid, nos describe su pensamiento y su trayectoria política, una de las más destacables de la época.

Castelar, nacido en Cádiz y criado en Elda (Alicante), realizó, como tantos otros políticos de renombre en su época, el obligado traslado a Madrid para estudiar en la Universidad Central. De grandes dotes intelectuales y hábil con la pluma, comenzó a hacerse un hueco en la política a través de su actividad periodística, que siempre le serviría como punto de apoyo.

Durante el convulso reinado de Isabel II se incorporó al Partido Demócrata, la rama más radical del liberalismo español, que reclamaba el sufragio universal, la supremacía de las Cortes sobre la Corona y un amplio reconocimiento de los derechos individuales. Los fracasados intentos de reforma del régimen y el creciente autoritarismo de parte de los partidarios de la reina acabaron convirtiéndolo en republicano, aunque manteniendo por lo demás intacto su credo político.

Tras apoyar la Revolución Gloriosa de 1868, trabajó para crear un consenso entre las diferentes familias liberales que permitiera la instauración de la república de un modo pacífico y con perspectivas de estabilidad. Pero la eventual proclamación del régimen republicano en febrero de 1873 no contó con la adhesión mayoritaria que él esperaba, y el antagonismo y la división entre sus propios correligionarios frustraron sus deseos de orden y paz.

Como presidente (septiembre de 1873-enero de 1874), sus esfuerzos por consolidar el sistema no dieron resultado, abocando poco después a la Restauración monárquica. Pese a la derrota, Castelar permaneció activo en política, concentrando sus energías en la formación de una alternativa que, trabajando dentro del nuevo orden, permitiera la paulatina realización del programa del liberalismo democrático que siempre defendió. A su muerte, buena parte de este programa había sido aprobado, gracias en no poca medida a su persistencia.

El rasgo más distintivo de la personalidad de Castelar, y que a mi juicio más llama la atención del lector actual, es el contraste entre la absoluta firmeza de sus principios políticos y su flexibilidad y falta de doctrinarismo a la hora de ponerlos en práctica. Ideológicamente, Castelar se ubicaba sin ambages en la órbita del liberalismo clásico más avanzado, defensor implacable de los derechos individuales, del parlamentarismo y de los ideales ilustrados de la razón y el progreso, opuesto a cualquier forma de autoritarismo monárquico o clerical.

Sin embargo, este hijo de 1812 nunca fue un demagogo ni un jacobino. Para él, el liberalismo y la democracia debían demostrar ser capaces de garantizar el orden y la seguridad, y su triunfo había de ser fruto de una amplia aceptación y no de la imposición violenta de un partido. Su modelo fue Thiers, no Robespierre, y su enfrentamiento con los socialistas republicanos de Pi y Margall deja clara la gran distancia que le separaba por igual de la "demagogia blanca" y de la "demagogia roja".

Su lucha contra el cantonalismo refleja su profundo patriotismo y su conciencia de la importancia de la unidad nacional. Por ello, en buena medida su fracaso como gobernante (y el de la Primera República) es muestra de la perenne dificultad de nuestro país durante los últimos siglos para alcanzar un consenso duradero en muchas cuestiones políticas clave. En el caso concreto de Castelar, la falta de entendimiento entre las diferentes ramas del liberalismo y la ausencia de un sistema de partidos capaz de darle soporte lastraron el desarrollo del constitucionalismo español y propiciaron que España fuera poco a poco quedando rezagada con respecto a las naciones más prósperas de Europa.

Sin embargo, el fracaso de Castelar fue relativo. Su posibilismo durante los años de la Restauración, su repudio de la violencia estéril y su disposición a trabajar dentro de la legalidad permitieron mantener vivas las causas por las que luchó. Tras su muerte, estas causas encontrarían nuevos y eminentes defensores, que con su mismo sentido de Estado continuarían esforzándose por favorecer el progreso del país. Por todo ello su figura, sus principios y su ejemplo siguen siendo hoy de especial interés para nosotros.

No puedo concluir sin antes agradecer al profesor Vilches su gran trabajo, que nos brinda la oportunidad de acercarnos a uno de los personajes más relevantes (y no siempre merecidamente recordados) de la historia de España.

Copyright del artículo © Antonio Mesa. Reservados todos los derechos.

Antonio Mesa León

Antonio Mesa León (Sevilla, 1993). Graduado en Derecho y ADE (Universidad de Sevilla, 2016). Máster en Abogacía y LLM, IE Law School (Best Student Award y Dean´s List 2018).

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