"Cómo ser conservador", de Roger Scruton

No sería exagerado considerar a Roger Scruton (1944- ) como el más eminente filósofo conservador británico en nuestros días. Con una dilatada carrera académica en la que ha destacado como especialista en Estética, Scruton ha articulado un discurso político muy alejado de los cánones imperantes en la intelectualidad actual, lo que le ha llevado en no pocas ocasiones a defender posiciones minoritarias e impopulares.

How to be a conservative, publicado originalmente en 2014, constituye un sencillo pero contundente sumario de su pensamiento, y es de lamentar que hasta hoy no haya sido traducido en nuestro idioma, pues a pesar de su procedencia anglosajona, las reflexiones de Scruton pueden ser muy provechosas para un centroderecha español necesitado de visión y horizontes.

La cuestión a la que Scruton pretende responder no es tanto quizá la de la definición del conservadurismo como la de su sentido hoy día. En un mundo en el que los cambios son constantes y vertiginosos y todo parece mudable y pasajero, ¿quedan razones para considerarse conservador? ¿Tienen los conservadores algo que aportar a una sociedad en evolución permanente?

Scruton, fiel a su empirismo británico, no entiende el conservadurismo como una ideología capaz de prometer el bienestar perpetuo, sino como una actitud, como un modo de vida. Por ello, no siendo un mero programa panfletario, la visión conservadora no queda, al contrario que otras, superada y obsoleta por los cambios sociales. El conservadurismo es, según Scruton, una “cultura del asentimiento”: “surge de una intuición que todas las personas maduras pueden compartir sin problemas: la percepción de que las cosas buenas son fáciles de destruir pero no son fáciles de crear”. Ser conservador, por tanto, consiste en defender todo lo bueno que hemos heredado como patrimonio común de nuestra civilización.

Tras esta introducción, Scruton pasa a reseñar uno por uno los distintos desafíos que amenazan este legado compartido y ofrece sus reflexiones al respecto. Y lo hace de una forma novedosa y que denota una gran honradez intelectual, pues, alejándose de posturas maniqueas, reconoce las aportaciones valiosas de otras ideologías (socialismo, liberalismo, nacionalismo, etc.), al tiempo que pondera sus riesgos y sus excesos. Es cierto que en lo referente al contenido sustantivo de sus propuestas no hay demasiada originalidad, pero sí podríamos destacar algunas consideraciones relevantes.

En primer lugar, Scruton, aun siendo un partidario claro del mercado libre y de la propiedad privada, no encuentra el fundamento del conservadurismo en estos ni tampoco los sacraliza, reconociendo que existen ámbitos donde la lógica del cálculo económico no debe regir. En este sentido es notable su intento de aproximación al ecologismo, defendiendo cuanto de verdadero hay en la causa de la conservación del medio ambiente. En segundo lugar, llama la atención su noción mayormente secular de la política y su alejamiento respecto a las cosmovisiones religiosas, al menos a la hora de fundamentar el Estado. Esta no es sino otra muestra de su preferencia por la sensatez y la moderación por encima del dogmatismo.

Por último, su visión de la nación es quizá el aspecto más reseñable de su exposición. Scruton defiende un orden basado en la soberanía de Estados-nación libres y democráticos que negocian y contraen obligaciones en aras de una cooperación común, y critica con dureza las pretensiones de otorgar un mayor poder a las instituciones supranacionales. En este punto sus argumentos no son tan sólidos y se ven influenciados por el contexto político de su país, pero sin duda son una contribución meritoria a uno de los grandes debates de nuestro tiempo.

Scruton, en definitiva, ha escrito un libro sucinto pero lleno de sabios consejos para afrontar las amenazas al mundo de hoy. Algunas de sus apreciaciones son discutibles y el trasfondo anglosajón que permea la obra la priva en ocasiones de validez universal. Ello no es óbice, sin embargo, para que el lector español no pueda dejar de reconocer la talla intelectual de Scruton y del conservadurismo británico, así como su sobriedad y buen juicio en el tratamiento de los problemas. Lecciones valiosas que a muchos en nuestro suelo no les vendría mal aprender.

Sinopsis

Si escribiésemos un libro titulado Los antipostmodernos, siguiendo el modelo del modélico Los antimodernos de Antoine de Compagnon, Roger Scruton sería uno de los grandes protagonistas, junto a Chesterton, René Girard, Rémi Brague, Evelyn Waugh, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj, Marc Fumaroli, Nicolás Gómez Dávila y el mismo Compagnon, entre otros.

Cada cual ha seguido su camino. El de Scruton, fascinante, se prefigura en un capítulo de Retorno a Brideshead, la magna novela de Waugh. El joven Charles Ryder está deslumbrado por su nuevo amigo de la Universidad de Oxford, el aristócrata católico Sebastian Flyte. Por fin tienen una conversación acerca de la fe, y Flyte aduce, en defensa de la suya, su incomparable belleza. Ryder le afea (precisamente) el argumento, y el joven lord le contesta que es uno de los más poderosos y auténticos que existen. También de los más trascendentales. Roger Scruton ha experimentado ese argumento en su camino hacia el conservadurismo. Especialista en Estética, ha llegado aquí siguiendo la huella luminosa de la Belleza. Pero lo ha explicado desde todos los puntos de vista, con todos los razonamientos. Cómo ser conservador es el compendio de su aventura vital, intelectual y política.

Copyright del artículo © Antonio Mesa León. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Antonio Mesa. Reservados todos los derechos.

Antonio Mesa León

Antonio Mesa León (Sevilla, 1993). Graduado en Derecho y ADE (Universidad de Sevilla, 2016). Máster en Abogacía y LLM, IE Law School (Best Student Award y Dean´s List 2018).

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