"Distrito 9" (2009), de Neill Blomkamp

El que Hollywood produzca una película de ciencia-ficción taquillera no es ninguna novedad, especialmente si en ella intervienen directores y guionistas competentes. La industria cinematográfica norteamericana tiene sus aciertos y sus errores pero hay que reconocer que además de conocer el oficio saben cómo vender productos de calidad mediocre.

Su omnipresencia en las pantallas del hemisferio occidental es tal que las posibilidades de ver ciencia-ficción hecha en otros países son poco frecuentes (aunque tampoco es algo inaudito, recordemos la adaptación que el mexicano Alfonso Cuarón realizó en 2006 de la británica Hijos de los hombres); menos aún si la nación de procedencia es Sudáfrica y la película en cuestión acaba siendo alabada como uno de los mejores films de ciencia-ficción del año.

Efectivamente, Distrito 9 resultó ser una de las sorpresas de 2009, convirtiéndose en un gran éxito a pesar de que todo en ella apuntaba a lo contrario: un director que nunca antes había realizado una película; un reparto de actores desconocidos con un fuerte acento sudafricano –inapreciable en España debido al doblaje– encabezado por un amateur que jamás había actuado antes; una coproducción sudafricano–neozelandesa; y una campaña promocional que apenas proporcionaba indicación alguna sobre el tema del film (incluso en los trailers se emborronó digitalmente a los extraterrestres). Sí, se hablaba de la participación de Peter Jackson, pero aunque éste jugó un papel importante a la hora de recaudar fondos para financiar la película, su nombre no se utilizó demasiado en la promoción. Lo que tenemos aquí, por tanto, es una rareza, una película que triunfó a pesar de carecer de todo lo que los ejecutivos de Hollywood siempre afirman que es necesario: un director con talento y éxito demostrados, actores estrella, acción ambientada en Estados Unidos, acento americano y argumento instalado cómodamente en tópicos que el público pueda reconocer.

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Una nave alienígena ha aparecido sobre Johannesburgo. Los 1,8 millones de extraterrestres que se encuentran en su interior–cuyos cuerpos recuerdan a una mezcla bípeda de langosta e insecto– son trasladados a un campo de refugiados llamado Distrito 9, lugar que acaba convertido en un embarazoso agujero repleto de crimen, ponzoña y miseria que amenaza con salpicar a la población humana del resto de la ciudad. Ante semejante perspectiva e impulsados por una mezcla de desconocimiento, incapacidad y prejuicios contra los Bichos –nombre despectivo que los humanos otorgamos a los alienígenas–, las autoridades se desentienden lo más que pueden del problema y encargan a la corporación MNU (Multinational United) el desalojo de los extraterrestres para llevarlos a otro campo mucho más alejado de la ciudad. El burócrata de la MNU Wikus van der Merwe (Sharlto Copley), yerno del presidente de la empresa, es nombrado responsable de la gran operación, misión que lleva a cabo con total desconsideración hacia los residentes.

Mientras tanto, en una de las chabolas dos aliens elaboran un extracto químico en secreto. Cuando Wikus y las tropas que le acompañan penetran a la fuerza en la vivienda, aquél resulta rociado accidentalmente con ese compuesto. Poco después se siente enfermo; en el hospital, horrorizado, se da cuenta de que su cuerpo, empezando por su brazo, está transformándose en el de un alienígena. La MNU trata de utilizarlo para hacer funcionar armas extraterrestres encontradas en el Distrito 9, artefactos de gran potencia que sólo funcionan al contacto con biología alienígena. Wikus comprende que lo que le espera no es sino la vivisección en los laboratorios de la corporación, logra escapar y, con media ciudad buscándole, se refugia en el Distrito 9. Asediado y completamente desesperado, establece una incierta alianza con un Bicho con el objetivo de recuperar el misterioso fluido químico de la sede de la MNU y recobrar a cambio su cada vez más diluida humanidad.

Distrito 9 fue el debut cinematográfico de Neill Blomkamp, un director sudafricano –aunque residente en Canadá desde su adolescencia–. Blomkamp había trabajado previamente en el ámbito de los efectos especiales y realizó el corto Alive in Joburg en 2005, una versión de seis minutos de lo que más tarde se convertiría en Distrito 9. Un par de cortos más llamaron la atención de Peter Jackson, quién lo eligió para su producción de la traslación a la pantalla del videojuego Halo. Cuando este proyecto acabó en vía muerta, Jackson puso a disposición de Blomkamp 30 millones de dólares y los recursos de su Weta Workshop para que realizara lo que le apeteciera en el tipo de apadrinamiento que él mismo disfrutó en los ochenta por parte de Robert Zemeckis en Agárrame esos fantasmas (1996).

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Algunos críticos han afirmado que Distrito 9 es una película diferente, aunque no totalmente original en su planteamiento de salida, que se parece mucho al de Alien Nación (1988). Los parecidos, sin embargo, se limitan a la nave alienígena aparecida en los cielos terrestres, cargada de seres que, a falta de una solución mejor por parte de los humanos, acaban metidos en un campo de concentración. Blomkamp pasó el tema de los refugiados alienígenas en nuestro planeta por un tamiz brutal y tristemente verosímil que recuerda algo al tratamiento del problema que se podía ver en la también futurista Hijos de los hombres (2006).

La mejor parte de la película es sin duda la primera, con la exposición general de la situación y la filmación de la evacuación del barrio de Bichos en forma de un falso documental, incluyendo entrevistas y extractos de noticiarios. El director demuestra tener buen criterio a la hora de combinar los efectos digitales, la animatrónica y esa fotografía granulosa y sucia con la que suelen filmarse las escenas cámara en mano. Ese aire realista se redondeó gracias a la continua y brillante improvisación de los actores Sharlto Copley (Wikus) y Jason Cope (que interpretaba a todos y cada uno de los aliens) en esas escenas. En esta evacuación forzosa con la que se abre la historia es donde el director despliega una oscura y salvaje ironía a través de la insensible brutalidad de los soldados y las mentiras burocráticas que pretenden aprovecharse de una especie que ignora nuestras costumbres. Distrito 9 no es una película que tenga un alto concepto de la humanidad: avaricia, corrupción, prejuicios, egoísmo, abusos... nadie sale bien parado en la primera media hora de metraje: desde los burócratas hasta los soldados, de las multinacionales a los humanos marginados que viven en el campo alienígena y que se enriquecen a base de convertir a sus residentes en adictos a la comida para gatos.

Ese primer tercio de Distrito 9 se encuentra entre lo mejor de la ciencia-ficción cinematográfica. Después, la cosa discurre por caminos más transitados. Es como si Blomkamp hubiera tenido una buena idea pero no acertara a desarrollar a la misma altura el resto de la historia. Tras el documental del desahucio del campo, la historia nos recuerda más a la de La Mosca (1986), con el protagonista metamorfoseándose en una criatura insectoide (dándole oportunidad a Weta Workshop para lucirse en el apartado de maquillaje y prótesis repelentes) al tiempo que la narración se convierte en un thriller algo típico de hombre equivocado en el lugar equivocado y finalizar como un film de acción espectacular, repleto de muertes sangrientas, armamento pesado y disparos a mansalva; todo bien rodado, impactante aunque previsible y no exento de algunas incoherencias (¿el mismo fluido que dispara la conversión de Wikus funciona también como fuente de energía de la nave nodriza?).

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Aquellos que desprecian a la ciencia-ficción cinematográfica como un género menor deberían entender que, como sucede en el western, la comedia o el misterio, la ciencia-ficción tiene una tradición tan rica como cualquiera de estos y sus clásicos son igualmente dignos de visionado y estudio. Sus películas funcionan como herederas de las circunstancias sociales, políticas y culturales de cada momento, reflexionando a su vez sobre los tiempos que las han visto nacer. En este sentido, un film como Distrito 9 revela mucho sobre Sudáfrica, su historia y sus problemas y era quizá inevitable que un sudafricano como Blomkamp contara una historia de ciencia-ficciónclaramente política: no cuesta ningún esfuerzo reemplazar a los Bichos por humanos de una etnia diferente e imaginar que la historia tiene lugar en un campo de refugiados palestinos, por ejemplo. Y es que Sudáfrica es un país en el que durante la mayor parte del siglo XX la minoría blanca cavó deliberada y despiadadamente una brecha legal entre las razas que poblaban un mismo territorio. Aquel sistema se llamó apartheid y, de acuerdo con él, negros y mestizos debían residir en áreas claramente delimitadas, no pudiendo éstos entrar en las áreas blancas sin un permiso especial.

Esta segregación insensata se manifestó en todos los aspectos de la vida cotidiana: educación, sanidad, vivienda, transporte público, entretenimiento... A medida que el descontento entre la población negra se hacía más patente, el gobierno blanco respondió aumentando la brutalidad de su respuesta armada. Aunque el apartheid fue desmantelado oficialmente hace años, Sudáfrica continúa hoy sufriendo sus consecuencias, con extensas zonas de las principales ciudades convertidas en barriadas de chabolas miserables donde sólo residen negros en unas condiciones de vida infrahumanas.

Precisamente, lo más escalofriante de la película es que el director utilizó uno de esos barrios marginales para rodar Distrito 9. No hicieron falta efectos digitales para crear un entorno de miseria inhumana. Se filmó en Chiawelo, un suburbio de Soweto (Johannesburgo). Las chabolas que aparecen en pantalla estuvieron ocupadas por gente real hasta muy poco antes (sus residentes fueron recolocados en otra zona, les gustase o no). Es más, la película se inspiró, como hemos dicho, en el corto Alive in Joburg, en el que se bosquejaba la misma historia de alienígenas conviviendo con humanos. Para aquel corto, Blomkamp entrevistó a gente corriente –no actores– de todas las razas preguntándoles su opinión acerca de los nigerianos y los emigrantes de Zimbabwe que vivían en Sudáfrica. Sus respuestas fueron incluidas tal cual en el corto: parecían estar hablando, efectivamente, de extraterrestres y no de seres humanos.

La amargura de la película no se detiene en subrayar las consecuencias del apartheid, sino que nos indica el por qué de su existencia: la responsabilidad está en cada uno de los individuos que integran la sociedad. Nadie se libra de la crítica de Blomkamp. Y aquí encontramos otra diferencia con Hollywood. Porque aunque el camino fácil hubiera sido el de contar la historia del chico blanco racista que se da cuenta de que los negros son también buena gente, se reforma y compensa sus errores pasados, Distrito 9 no alivia al espectador con un héroe redentor, una figura que, de alguna forma, encarne la esperanza de que no todos somos tan malos, de que entre la gente corriente también existe el potencial para mejorar.

El protagonista principal, Wikus wan der Merwe, es un burócrata mediocre con ganas de medrar y acumular méritos ante su suegro. Mientras dirige la operación de traslado de los alienígenas no parece sentir un odio particular contra ellos pero los trata con la misma condescendencia que se tendría hacia un niño maleducado o una mascota molesta, desenvolviéndose con una crueldad descuidada que desagrada al espectador tanto como la apariencia física de los extraterrestres. Cuando él mismo comienza a cambiar, alejándose de su condición humana, se ve forzado a replantearse sus lealtades pero ello no le hace más noble y mejor persona. Pasa de la ingenuidad al shock, del terror a la determinación asesina, pero en ningún momento decide abrazar los ideales de una causa justa, experimenta iluminación alguna que lleve a una transformación de su mezquino carácter o se arrepiente de sus actos pasados. Tampoco se siente identificado con los maltratados alienígenas ni aprende nada valioso sobre sí mismo. El único interés que tiene en ayudar a los Bichos reside en que ello le ayudará a revertir su estado y volver a ser humano. Sólo el amor que siente por su esposa –que reniega de él cuando comienza a sufrir la metamorfosis– le puede granjear algo de simpatía por parte del espectador, pero ello no es suficiente para redimirlo. Puede que no sea tan cruel y maquinador como sus jefes, pero eso no es mucho decir y en ningún momento, ni siquiera al final, deja de ser un individuo egoísta y estúpido.

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La calaña del resto de los personajes es igualmente despreciable. El problema es que tirando por elevación, se cae demasiada veces en el burdo tópico: el gangster nigeriano y el mercenario/soldado/asesino, a los que los espectadores desean ver morir de la forma más cruel posible; el director de la MNU, hipócrita y codicioso como corresponde a un millonario de manual; los científicos que experimentan con humanos sin el menor remordimiento... sólo parece salvarse de la quema el noble alienígena que decide sacrificarse por su pueblo... ¿o no?

Porque lo cierto es que poco sabemos de los extraterrestres. Aunque el director retuerce la historia para dotar de emociones y aspiraciones humanas a un par de ellos, el resto nunca deja de ser un enigma: su comportamiento nos parece aleatorio, violento e incomprensible y no se llega a aclarar el motivo por el que llegaron a la Tierra y cuáles son sus objetivos (si es que los tienen). A pesar de lo peculiar de su lenguaje –a base de chirridos y chasquidos–, parecen entenderse con los humanos, así que ¿por qué no se integran? ¿no hay nadie entre ellos en disposición de representarlos? Disponiendo de una tecnología que les permite cruzar el espacio y un armamento devastador, ¿por qué no se enfrentan a nosotros?. En resumen, se nos cuenta muy poco de los alienígenas y es por ello que aunque el maltrato que sufren por parte de los hombres nos impulsa a ponernos de su parte, puede que esa tampoco sea la postura más sabia. Como uno de los entrevistados afirma al final, no estamos seguros de lo que va a suceder a continuación. Cuando algunos de los Bichos escapan, no sabemos si debemos considerarlo como un final feliz: ¿debemos alegrarnos porque han alcanzado la libertad? ¿O temer que regresen con una flota dispuestos a vengarse por las ofensas recibidas?

Distrito 9 es una película que consigue combinar el blockbuster de acción con el mensaje político y social, entreteniendo y moviendo a la reflexión al mismo tiempo (aunque el propio director evita responder las cuestiones que plantea en la primera parte sumergiéndose en la trepidante acción de la última). Al final, el sentimiento que nos queda es la constatación de la facilidad con la que nuestra especie está dispuesta a reducir a otros seres a las peores condiciones de vida, por miedo, repulsión, odio o frustración. El que en la película esos seres sean alienígenas es lo de menos. ¿Forma parte de nuestra genética –individual o social– la necesidad permanente de reducir al prójimo diferente a un estatus inferior a través del racismo o el prejuicio?. Si es así, este recomendable film sudafricano nos demuestra que la ciencia-ficción es un género mucho más universal de lo que podríamos imaginar.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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