Narrar historias promueve la cooperación

Narrar historias promueve la cooperación Imagen superior: dos agta, también llamados aeta o ayta ("Bosquejo geográfico e histórico-natural del archipielago filipino", por Ramón Jordana y Morera. Madrid, Imprenta de Moreno y Rojas, 1885).

A los seres humanos nos gusta que nos cuenten historias. Nos gustan las narraciones. Y a algunos también les gusta contarlas. No se trata solo de las que nos contamos unos a otros de manera oral. También las leemos. O, cada vez en mayor medida, las vemos u oímos en programas de televisión o de radio. Dedicamos muchísimo tiempo –y dinero– a oír, leer o ver historias. Es un rasgo cultural universal: a todos los seres humanos nos gustan las narraciones.

Hay quien se ha preguntado acerca de la razón de ser de este universal. Al fin y al cabo, si todos los seres humanos amamos las narraciones, es lógico pensar que alguna ventaja debe o ha debido de proporcionarnos esa actividad en términos evolutivos. Con esa idea general como punto de partida, un grupo de investigadores de diferentes procedencias geográficas y disciplinares, liderado por Andrea Bamberg Migliano, del University College de Londres, han sometido a contraste la hipótesis de que la narración de historias ha cumplido una función importante en la evolución de la cooperación humana mediante la transmisión de las normas sociales y cooperativas que permiten coordinar el comportamiento del grupo.

Según este equipo de antropólogos, para que un grupo humano coopere, no solamente hay que resolver el problema de cómo penalizar a los que no cooperan y se aprovechan de quienes sí lo hacen (lo que en inglés se denomina el problema del free–rider). También haría falta que los miembros del grupo compartan el conocimiento acerca del comportamiento de los demás; en otras palabras, no sería suficiente con saber cómo actuar en una situación dada, sino que los miembros del grupo necesitan saber que los demás también saben cómo actuar. Es lo que los autores del trabajo denominan metaconocimiento. En ese contexto, el lenguaje es esencial, por supuesto, como medio de comunicación, pero además del lenguaje es necesario que los miembros del grupo compartan normas y formas de actuación con los demás, y que lo sepan. Y para ello, –sostienen– las historias pueden ser instrumentos muy importantes.

Para contrastar la hipótesis de partida, los autores se propusieron estudiar pueblos de cazadores–recolectores ya que son grupos de esa condición los que mejor representan la situación en que se han desenvuelto los grupos humanos a lo largo de la mayor parte de su historia. El grupo escogido fue el de los agta, cazadores–recolectores que viven en las Filipinas. Analizaron varias historias que se cuentan los adultos unos a otros y que los adultos cuentan a los niños. También recopilaron 89 historias contadas en varios grupos de cazadores–recolectores de diferentes procedencias y las clasificaron de acuerdo con su contenido y el tipo de normas o actitudes que transmiten. En otro orden de cosas, valoraron si la presencia de buenos narradores en el grupo tiene reflejo en el grado de cooperación en su seno, así como si los narradores se ven favorecidos de alguna forma, ya sea por las relaciones sociales que mantienen o por su éxito reproductor. Mediante estos dos últimos elementos pretendían averiguar si unas capacidades útiles para el grupo, como es la de narrar buenas historias, rinden además algún beneficio para quien las ejercita.

Y efectivamente, los agta se cuentan historias que transmiten mensajes que promueven la cooperación, la igualdad de sexos, y la igualdad social, rasgos que caracterizan a sus grupos. No solo las de los agta, las historias que cuentan en otros grupos humanos también parecen estar elaboradas para coordinar el comportamiento social y promover la cooperación. Los individuos pertenecientes a poblados en los que hay una mayor proporción de individuos dotados para narrar historias son más cooperativos. Los mejores narradores son preferidos como compañeros de cuadrilla o amigos y tienen también un mayor éxito reproductivo.

La conclusión que extraen los autores del trabajo es que la narración de historias es un rasgo cultural con valor adaptativo, ya que ayuda a articular eficaces sistemas de cooperación en las sociedades de cazadores–recolectores. Y resaltan además el hecho de que ciertos comportamientos o rasgos individuales, que son beneficiosos para el grupo, también pueden ser seleccionados de manera individual. No obstante, que las narraciones cumplan esas funciones no es óbice para que cumpla también otras o para que se deriven otros beneficios de la práctica de contar historias.

Somos contadores de historias; no solamente disfrutamos contando, escuchando, leyendo o viéndolas; hasta la manera en que pensamos está directamente relacionada con la estructura de la narración. Si no se tratase de un rasgo valioso, no nos gustaría tanto y no tendría tanta importancia en nuestras vidas. La idea de que las narraciones promueven la cooperación es sugerente, pero quizás haya más razones por las que disfrutamos tanto con ellas.

Referencia:

D Smith, P Schlaepfer, K Major, M Dyble, A E Page, J Thompson, N Chaudhary, G D Salali, r Mace, L Astete, M Ngales, L Vinicius & A B Migliano (2017): Cooperation and the evolution of hunter–gatherer storytelling. Nature Communications doi: 10.1038/s41467–017–02036–8

Copyright © Juan Ignacio Pérez. Publicado previamente en el blog de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País VascoCuaderno de Cultura Científica está bajo una licencia CC.

Juan Ignacio Pérez

Juan Ignacio Pérez es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU. Escribe sobre biología animal en Zoo Logik (en español) y en Uhandreak (en vasco). Colabora en #con_ciencia (diario Deia) y Next (Vozpópuli). Asimismo, forma parte del Consejo Científico y Tecnológico de la FECYT.

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