"Reflexiones sobre la Revolución en Francia", de Edmund Burke

"Reflexiones sobre la Revolución en Francia", de Edmund Burke Imagen superior: retrato de Edmund Burke por Joshua Reynolds.

Edmund Burke (1729-1797) es ampliamente considerado el padre del conservadurismo moderno, aunque también ha sido un referente del liberalismo moderado.

Aunque su denuncia de la Revolución francesa sea el motivo por el que más se le recuerda hoy, Burke fue una personalidad interesante y llena de matices, no pudiendo reducirse su trayectoria ni sus ideas a una mera actitud reactiva. Por ello, pese a su adscripción ideológica común, aún es estudiado y comentado por teóricos de muy diversa procedencia.

Nacido en Irlanda, de madre católica y padre protestante, se trasladó muy pronto a Londres y sirvió como parlamentario durante largos años en la Cámara de los Comunes. A lo largo de su carrera, defendió posiciones que no eran las que en principio se esperaría de un típico conservador: se opuso a los intentos del rey Jorge III de incrementar su poder a expensas del Parlamento, se mostró de acuerdo con las reivindicaciones de los colonos americanos, defendió a irlandeses y católicos y luchó contra la corrupción de la Compañía de las Indias Orientales. Estos antecedentes hicieron que su rechazo a la Revolución francesa suscitara la perplejidad de algunos. Sin embargo, basta leerle para entender la coherencia de sus planteamientos.

Reflexiones sobre la Revolución en Francia (Reflections on the Revolution in France, And on the Proceedings in Certain Societies in London Relative to that Event. In a Letter Intended to Have Been Sent to a Gentleman in Paris. By the Right Honourable Edmund Burke, noviembre de 1790), escrito en forma de larga epístola, parece a primera vista un trabajo desordenado y producto de impulsos, pero su tono apologético y en ocasiones maniqueo se explica por su finalidad, que no era otra que convencer al pueblo británico de que repudiara el ejemplo francés. Pues Burke siempre se consideró un old whig, esto es, un defensor de las libertades tradicionales del país y del legado de la Revolución de 1688, que él entendía sustancialmente diferente de la de 1789.

Así, el libro discute la procedencia de las nuevas ideas que han dado origen al fenómeno revolucionario, comparándolas con los principios de la constitución británica a fin de demostrar la superioridad de estos últimos. Lo que se hizo en 1688, argumenta, fue restaurar las leyes no escritas del reino y los derechos adquiridos del pueblo, que habían sido amenazados por un rey tirano. Pero el principio de legitimidad monárquica se mantuvo intacto, y nunca se pretendió sustituirlo por una "voluntad general" quimérica. Además, la libertad británica tiene un asiento firme en la tradición y la costumbre, mientras que la libertad proclamada por los revolucionarios solo es una mera idea abstracta.

Burke desconfía de la capacidad de la razón humana para rehacer la sociedad según sus designios, y confía más bien en la experiencia acumulada de las generaciones pasadas para orientar la acción política.

Por todo ello, y amparándose en esta crítica del racionalismo constructivista, Burke critica duramente las medidas emprendidas por los revolucionarios y deplora sus consecuencias. Rechaza especialmente el daño infligido a la nobleza y la Iglesia, a las que considera esenciales para el país. Y juzga inviable toda pretensión de establecer una democracia, alertando de la anarquía y el desgobierno que se seguirán.

Aunque la obra de Burke propició vigorosas respuestas de los simpatizantes británicos de la Revolución, en última instancia su criterio prevaleció y Gran Bretaña no siguió el rumbo francés. El prestigio de Burke quedó así asegurado y no tardó en extenderse al resto de Europa. Desde entonces, su figura ha ocupado un lugar sobresaliente entre quienes en épocas posteriores han luchado por la permanencia del orden social.

A pesar de que, leído en la actualidad, Burke puede parecernos anacrónico en muchos aspectos y equivocado en su defensa de determinadas instituciones históricas, es necesario atender a lo que en sus ideas hay de esencial y duradero. Su crítica al utopismo nos previene contra los intentos, a veces bienintencionados pero siempre nefastos, de prescindir de la experiencia y la prudencia en política. Su compromiso con la constitución británica nos recuerda la importancia de fundar la libertad sobre una sólida arquitectura institucional. Sus reflexiones, en suma, son una excelente guía para atemperar las pasiones y combinar las mejoras deseadas con el necesario mantenimiento del orden.

Copyright del artículo © Antonio Mesa León. Reservados todos los derechos.

Antonio Mesa León

Antonio Mesa León (Sevilla, 1993). Graduado en Derecho y ADE (Universidad de Sevilla, 2016). Máster en Abogacía y LLM, IE Law School (Best Student Award y Dean´s List 2018).

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