Elogio del asco

Elogio del asco Imagen superior: detalle de "El jardín de las delicias", de El Bosco (hacia 1490-1500, Museo del Prado, Madrid).

En un curioso y exhaustivo libro, Asco. Teoría e historia de un fuerte sentimiento (1999), Winfried Menninghaus ha abordado un tema que, tras su aparente levedad, esconde uno de los fenómenos culturales más importantes.

No se trata sólo de las cosas, los animales, las imágenes y hasta las ideas que se han considerado repugnantes a lo largo de los siglos, sino de cómo, a partir de un supuesto detalle cotidiano, puede empezar a definirse una civilización. Ya Norbert Elias sostuvo que, justamente, las civilizaciones se perfilan por los códigos que en cada tiempo y lugar permiten y prohiben las fórmulas expresivas de nuestros sentimientos. Por fortuna, los historiadores están incidiendo en las llamadas historias particulares –de la vestimenta, la comida, su compañera más fiel que es el hambre, el maquillaje facial y corporal, el deporte– que pueden, en ocasiones, ser más precisas y eficaces que las historias generalstas las cuales, por su propia generalidad, pierden a menudo los límites en zonas de imprecisión y vaguedad.

Menninghaus se vale de incontables fuentes, de las que rescato, de modo fugaz, dos textos: uno de Aurel Kolnai (1929) y otro de William Ian Miller (1997). La distancia temporal no impide que parezcan una secuencia.

El asco, en principio, es un fenómeno animal que se vincula con los mecanismos de defensa. Los animales se asquean de sustancias peligrosas que detectan por el olfato, el tacto o el gusto. Nosotros, de alguna manera, los imitamos. Y, a nuestra manera, les damos vueltas y variantes. Definimos objetos repugnantes porque son dañinos a la salud pero también porque denuncian a fuerzas moralmente malévolas, errores estéticos que llamamos fealdades, a cosas aparentemente inocuas y que enmascaran peligros éticos y hasta políticos.

A la vuelta del tiempo, lo feo y asqueroso puede llegar a excesos positivos. Comemos para saciar nuestro apetito y el alimento nos gratifica mas si nos excedemos en la medida de lo comestible, nos repugna y nos conduce al vómito. En los banquetes romanos había siempre un reservado llamado con exactitud vomitorium. Sustancias asquerosas se tornan artísticas. Dalí dice haber visto a Breton con un búho en la cabeza, esculpido en excremento. Plástico hubo que exhibió sus heces en cómodas y coquetas cajitas con su firma. Saque el lector las consecuencias que prefiera.

Miller llega más lejos y cita a unos geógrafos históricos que han hecho mapas zonales de culturas donde predominan tales o cuales sustancias que se consideran repugnantes. La variedad cultural es asombrosa y, en mi modesta opinión, igualable a las pesquisas de los antropólogos que han comparado culturas para fijar en cada una de ellas qué actos se consideran y castigan como incestuosos. Mientras en el antiguo Egipto parece que estaba permitido, al menos en la aristocracia, el matrimonio entre hermanos, en cierta cultura del Pacífico comete incesto quien estornuda ante su suegra.

Incito al lector para que abunde en sus propias búsquedas. Comprobará que ante un fenómeno que consideramos tan primario como para recogerlo como una herencia animal, pueden elaborarse enteras series de moralidad y arte. Desde luego, todas tendrán que ver con nuestro inseparable compañero, el cuerpo. Que lo queremos al menos vivo pero, además, sano, hermoso y capaz de evitarnos cualquier repugnancia.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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