Ingmar Bergman, de memoria

Ingmar Bergman, de memoria Imagen superior: Harriet Andersson, Ingrid Thulin, Inga Gill, Liv Ullmann e Ingmar Bergman durante el rodaje de "Gritos y susurros", fotografiados por Bo-Erik Gyberg, en 1972.

Es sabido que el relumbrón internacional de Bergman se originó en el Río de la Plata. Más concretamente, en el Uruguay y aún más concretamente por la obra pionera del crítico Homero Alsina Thevenet. Se dio a mediados del siglo pasado lo que, por reducir el momento a unos pocos datos, se puede caracterizar por el existencialismo de posguerra.

Bergman, cuyo centenario se está conmemorando, venía de Suecia, país relativamente exótico, salvo para los suecos. No había padecido las guerras mundiales y, en materia de cine, sólo se había asomado al mundo mediando Hollywood. Los ejemplos fueron tan ilustres como escasos: Greta Garbo y Viktor Sjöstrom, sin ir más lejos.

Es curioso observar que Bergman, cuya notoriedad ya estaba consolidada en los años sesenta, se entremezcle con las novedades de las neovanguardias. Curioso porque, al lado de ellas, hoy revisto parece un clásico, es decir un reminiscente. Eran tiempos de la nueva ola francesa, el cine nuevo latinoamericano a partir del Brasil, la reformulada persistencia del neorrealismo italiano y el imperturbable heredero del surrealismo, Luis Buñuel, toda una escuela por sí mismo.

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Imagen superior: Ingmar Bergman y Liv Ullmann, en los años 70.

A esta circunstancia se une la aureola de intimismo escandaloso de sus historias. Recuperadas hoy en día se nos aparecen pudibundas hasta la ingenuidad pero a los adolescentes de esos tiempos se nos prohibía verlas hasta cumplir los dieciocho años. Así, los más altos de aquellas tierras, no obstante ser menores de edad, nos veíamos favorecidos y pudimos ver, saltándonos las censuras, Puerto, La sed, El demonio nos gobierna, Noche de circo y suma que sigue. El incomprensible idioma sueco y los nombres de unos actores y unas actrices, difíciles de descifrar, se nos hicieron familiares.

Insisto en lo curioso del caso. A los jovencitos porteños aficionados a los cineclubs y las semanas de revisión en las salas de arte y ensayo, Bergman nos recordaba el melodrama francés de preguerra y, por ello, poco y nada tenía que ver con las excentricidades de las neovanguardias. Era –y sigue siendo– un cine de base literaria y de desarrollo teatral, sostenido por un minucioso trabajo en cuanto a dirección de actores, que quizá sea el oficio central de Bergman. A menudo, la literatura abruma y petrifica sus relatos, que se alivian y fluyen cuando los personajes dejan de hablar, como ocurre en El manantial de la doncella y El séptimo sello.

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Imagen superior: Harriet Andersson e Ingmar Bergman durante el rodaje de "Gritos y susurros", fotografiados por Bo-Erik Gyberg en 1972.

Había, además, un elemento filosófico que venía de la generación anterior, impregnada de existencialismo, el cristiano de Unamuno y el ateo de Sartre, por simplificar. Bergman nos mostraba –y nos sigue mostrando en sus mejores fábulas como Fanny y Alexander– un mundo moral desvencijado por el conflicto entre la necesidad de una explicación religiosa del sentido y una ausencia completa de fe. La religión existe en él pero como clero, institución y un instrumentario de castigos destinados a configurar una ética de la crueldad. El ser humano es malo y sus pasiones, una suerte de enfermedad. El mal, además de ser maligno por antonomasia, es para colmo, también fascinante. Dios, el único capaz de poner orden en esta creación marcada por el pecado nativo de la condición humana, está ausente y si acaso existe, es como si no existiera. Así es que las relaciones humanas se tiñen superficialmente con la atracción amorosa, más bien por el erotismo sexual, enmascarando un vínculo de real crueldad. Sus criaturas sufren por el pecado y la malevolencia pero no atinan a contar con Dios de su parte, ni para una religión redentora ni para un radical culto diabólico.

Con estas reservas y estos parámetros, creo que vale la pena volver, pacientemente, a Bergman, aunque más no sea por disfrutar como niños aquerenciados a Walt Disney, con su versión de La flauta mágica de Mozart. Termina bien. Bajo la implacable dominación de Sarastro, chico encuentra a chica, el príncipe a la princesa y el cachondo Papageno a la cachonda Papagena. Que una buena noche la tiene cualquiera, aunque más no sea en una sala de cine para mayores de dieciocho años.

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Imagen superior: Ingmar Bergman junto al escualo mecánico de "Tiburón" (Steven Spielberg, 1975), fotografiado por John Bryson.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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