"Invernáculo" (1962), de Brian Aldiss

Decía aquella famosa frase de Arthur C. Clarke que una tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De la misma forma, un futuro lo suficientemente lejano es indistinguible de la fantasía. Y si hace falta un ejemplo que lo ilustre, lean Invernáculo, una de las mejores novelas de Brian Aldiss, ganadora del premio Hugo en 1962 a la mejor historia corta de ficción y clásico del género desde el mismo momento en que se publicó.

¿Premio a la historia corta? ¿Es o no es una novela? La respuesta es afirmativa en ambos casos. La explicación es que el libro que ahora comentamos no nació como tal, sino que apareció en la forma de una serie de cinco relatos cortos relacionados entre sí y publicados en la revista Magazine of Fantasy and Science Fiction en 1961. Fue a una de esas historias a la que se otorgó el premio Hugo antes mencionado. Casi inmediatamente fueron recopilados y publicados como libro bajo el título Invernáculo en Inglaterra y –en versión recortada– como The Long Afternoon of Earth en Estados Unidos. Su origen fragmentado queda traicionado por cierta sensación de desarticulación y algunas contradicciones menores fruto de una imperfecta unión que, no obstante, no oscurece el resultado final.

Dentro de millones y millones de años la Tierra se muere. El Sol, ya en las últimas etapas de su vida, está creciendo en su camino hacia el estado de nova. La rotación de la Tierra y la Luna se han detenido y, aunque continúan su viaje alrededor de nuestra estrella, siempre se ofrecen la misma cara tanto entre sí como hacia el Sol. La mitad diurna del planeta está perpetuamente bañada por los rayos solares, que se derraman sobre una enorme selva... de un sólo árbol: un agresivo baniano que ha ido extendiendo sus raíces ahogando a otros árboles, aumentando su tamaño y alcanzando tal dimensión que cubre toda la superficie continental iluminada de la Tierra, deteniéndose sólo en la orilla de los mares y en la línea que separa la mitad diurna de la nocturna. En esta colosal selva no hay lugar para los vertebrados y sólo han conseguido sobrevivir cuatro grandes familias de animales: los moscatigres, los abejatroncos, los plantantes y los termitones, "insectos gregarios, poderosos e invencibles". Y el hombre, una especie "a la que se mataba rastrera y fácilmente", reducida por la evolución a pequeños seres de piel verde de cuarenta centímetros de altura que se reúnen en grupos reducidos y cuya esperanza de vida es muy corta.

Y es corta porque ese mundo vegetal imaginado por Aldiss nada tiene que ver con nuestrosdomesticados jardines y tranquilos bosques. Todo lo contrario, es extraordinariamente violento y agresivo, mucho más que los hábitats que conocemos en la Tierra de nuestra época. Las plantas han evolucionado de formas exóticas compitiendo entre sí y con otros seres de manera despiadada y ocupando nichos ecológicos antaño propiedad de los animales. Algunas son predadoras, otras han desarrollado una especie de inteligencia muy primitiva orientada exclusivamente a sobrevivir al precio que sea, muchas se mueven libremente, o incluso han escapado hacia la Luna creando allí un nuevo hábitat... Los seres humanos, insignificantes en contraste con ese poderoso decorado, nunca están a salvo y diariamente se enfrentan a la muerte encarnada en terroríficas plantas. En semejante entorno, han perdido totalmente la conciencia de su pasado como especie, carecen de tecnología y de historia, practican una espiritualidad muy básica y su única preocupación es sobrevivir. Gren es un joven humano que se rebela contra el nuevo líder de su grupo, abandonándolo junto a una de las hembras. Será el comienzo de una serie de aventuras y encuentros con los más pintorescos aliados y variopintas amenazas, viajando a zonas desconocidas, hasta el océano y más allá, a la región en tinieblas del planeta.

Se ha querido criticar en ocasiones al libro por su falta de rigor científico. Efectivamente, la astronomía que plantea Aldiss es imposible, la supervivencia de la vida en un planeta inmóvil y sometido a fuertes diferencias de temperatura, improbable, y la posibilidad de que el que el ser humano, en cualquier forma o tamaño, consiga sobrevivir miles de millones de años es asimismo reducida. Pero aunque la verosimilitud científica del libro sea escasa, ello no es óbice para que cumpla el que sí es requisito básico de la ciencia-ficción: la coherencia y cohesión interna del sistema científico planteado. Su ecología está bien expuesta, como también las diferentes especies vegetales y animales y sus ciclos vitales aunque sepamos que, estrictamente hablando, no pueden existir. De todas formas, la racionalidad o el rigor no son en absoluto los objetivos de este libro. Porque lo que el autor persigue –y con lo que el lector debe disfrutar– es con la enérgica imaginación que rebosa, una imaginación tan fecunda como la naturaleza que evoca.

La novela dista de ser perfecta. La narración tiende a derivar sin rumbo fijo; la prosa puede llegar a ser algo cargante por su extravagancia y prolijidad; en ocasiones, lugares, seres o situaciones que ya fueron definidos en un capítulo anterior vuelven a explicarse innecesariamente (debido, como dijimos al principio, a su origen como conjunto de relatos independientes). Pero todo ello no empaña el resultado global, una demostración de lo que fantasía y ciencia-ficción pueden conseguir al aliarse. Efectivamente, un simple resumen de la historia como el que acabamos de hacer no hace justicia a la extrañeza que provoca este brillante libro. Sus imágenes son tremendamente poderosas: un árbol de tamaño planetario, gigantescas arañas vegetales que se deslizan por hebras que unen la selva con la Luna, espesas frondosidades verdes que lo invaden todo y en las que no se distinguen el suelo ni el cielo, un auténtico catálogo de criaturas vegetales y animales de diferentes formas, colores y comportamiento a cual más aterrador, sorprendentes mutaciones, volcanes hipnóticos, hongos inteligentes ... La destreza lingüística de Aldiss sirve para realzar el exotismo y exuberancia vegetal de ese mundo. Su vocabulario es tan florido y variado como los seres que describe: moscatigre, termitón, peluseta, ajabazo, avegege, chuparraco, travesero, quemurna, bricatrepa, torpón, bayescobo, papelala, guatapanza, saltavilo,

No es que Gren sea un personaje particularmente bien delineado. Tampoco sus compañeros de peripecia. Pero de algún modo, su mezcla de inocencia y dureza consigue que nos caigan bien a pesar de la distancia que Aldiss toma respecto a ellos. Los grupos en los que viven son predominantemente femeninos. Son las mujeres las que protegen a los machos, considerados de gran valor por su capacidad procreadora. El sexo es tratado de una manera natural, incluso con humor, sin desprender tensión o provocar conflictos. Y es que, como casi todo en sus vidas, aquél sirve a un propósito práctico: sobrevivir.

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Ya hace tiempo que la evolución ha dejado de sorprendernos. En el siglo XXI, damos por hecho nuestra pequeñez e insignificancia en el marco del universo, dedicándonos a meditar y reflexionar sobre ello en lugar de sentir ansiedad. Invernáculo nos recuerda y advierte, una y otra vez, episodio tras episodio, de la indiferencia de la Naturaleza hacia el ser humano. Aldiss nos presenta personajes sólo para matarlos en el mismo capítulo. Y mueren muchos y siempre de forma violenta y aparentemente aleatoria, pero nadie parece sentirlo demasiado –ni siquiera el escritor– porque en ese futuro inconcebiblemente remoto lo que importa es quien queda vivo, quien sobrevive. Para ellos, el conseguir vivir un día más no es una mera abstracción sino algo muy real, una sensación con la que hemos perdido el contacto en nuestra sociedad moderna, tecnificada y segura.

La supervivencia y la relación que ésta guarda con la inteligencia es el consistente núcleo que subyace a una trama por lo demás convencional (aventuras en el marco de un viaje iniciático hacia la iluminación intelectual a través del dolor y la muerte). Aldiss estudia en Invernáculo las nociones de personalidad e inteligencia, para lo que opta en primer lugar por infantilizar la mente de nuestros verdes descendientes. La sencillez con la que ven el mundo contribuye a transmitirnos con mayor intensidad la apabullante oleada de sensaciones que emanan de la selva. Aunque violento y ocasionalmente grotesco, Invernáculo es una de las mejores evocaciones que de la niñez puede encontrarse en la ciencia-ficción. Secuestrados en la Luna por una tribu de hombres voladores, un grupo de esos pequeños humanos es llevado ante un consejo de ancianos deformes que son mantenidos cautivos en el interior de grandes urnas: A uno le faltaban las piernas. Otro no tenía carne en la mandíbula inferior. Otro mostraba cuatro brazos enanos y sarmentosos… La respuesta de los humanos es de claro disgusto infantil: ¡Sois demasiado horrendos para vivir!, ¿Cómo no os matan por vuestra fealdad? Porque sabemos todas las cosas. Tener una buena forma no es todo en la vida. Lo importante es saber. Como nosotros no podemos movernos bien, podemos… pensar. Esta tribu del Mundo Verdadero es buena y reconoce el valor de cualquier forma de pensamiento. Por eso deja que la gobernemos .

Pero ese canto al conocimiento es engañoso. Lo que da resultados en un entorno idílico como el que ha crecido en la Luna no tiene por qué funcionar en otras circunstancias. En la Tierra, la auténtica inteligencia es patrimonio casi exclusivo de una desagradable especie de hongo parásito, uno de los cuales se adhiere a la cabeza de Gren, despertando su memoria racial, aumentando su potencia mental, la comprensión del mundo que le rodea y el deseo de descubrir e investigar. Pero al mismo tiempo, el hongo –que en el relato simboliza el conocimiento y la inteligencia– lo esclaviza y lo utiliza para sus egoístas propósitos –propagación y dominio–, despertando en el proceso los peores instintos del joven. En este mundo, la brillantez intelectual es una deformidad, algo parásito, peligroso y escasamente útil. En un entorno violento y primitivo, la curiosidad y el ansia de saber pone en peligro a quien los practica. En esta Tierra moribunda, húmeda, fecunda e instintiva no hay nada intrínsecamente positivo en la inteligencia, sus portadores no son seres privilegiados. Es, sencillamente, una adaptación evolutiva como cualquier otra. Nos encontramos por tanto ante una inusual alegoría para un género que ha hecho del poder de la inteligencia humana un fetichismo. Este punto de vista propuesto por Aldiss es una estrategia más interesante que la mera experimentación formal tan querida por la mayor parte de la vanguardia literaria.

Invernáculo fue la segunda novela importante de Aldiss y sigue siendo uno de sus mejores y más sugestivos libros. Su absoluta validez medio siglo después de su publicación se la debe, precisamente, a la evocación de un futuro tan distante que ya no conserva nada que nos pueda servir de referencia. Dentro de miles de millones de años ninguna de las cosas que hoy nos rodean, naturales o artificiales, existirán ya. Es ese abismo temporal lo que facilita no sólo el distanciamiento mental y la extrañeza del lector, sino la continua sorpresa y sensación de maravilla y descubrimiento que fueron la marca distintiva de la ciencia-ficción desde sus comienzos.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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