"Gattaca" (1997), de Andrew Niccol

Gattaca no fue un éxito ni siquiera en el momento de su estreno. La crítica se mostró dividida y el público mayormente indiferente (sobre un presupuesto de 36 millones de dólares, sólo se recaudaron 12 millones) por lo que no tardó en pasar al limbo cinematográfico.

Ni siquiera el matrimonio que salió de la película –Ethan Hawke y Uma Thurman– duró demasiado. Y, sin embargo, es una película que mejora con cada año que pasa y cuya visión del futuro parece más premonitoria conforme la ciencia genética avanza y se va integrando en diferentes ámbitos de la sociedad.

Parte del problema residía en que, cuando se estrenó, la oveja Dolly era aún una novedad y todavía faltaban varios años para que el proyecto Genoma Humano terminara de descifrar nuestro ADN, por lo que el tema central de la película (una historia sobre gente cuyas vidas están totalmente condicionadas por su herencia genética, independientemente de sus verdaderas capacidades) resultaba todavía extraño, abstracto y exagerado para gran parte de la audiencia. Hoy, en cambio, cualquier hijo de vecino está familiarizado con esa cadena de aminoácidos: no sólo películas sino teleseries policiacas o culebrones sudamericanos recurren a él con frecuencia en sus argumentos. En poco tiempo, una perspectiva nebulosa y amenazadora se había convertido en un coloso, la industria biogenética, que movía enormes cantidades de dinero levantando unas expectativas que aún tardarán muchos años en materializarse.

Gattaca (título compuesto a partir de las cuatro letras que definen las bases nitrogenadas del ADN: guanina, adenosina, timina y citosina) nos cuenta la historia de Vincent (Ethan Hawke), un joven cuya tragedia fue nacer como nosotros: producto natural del intercambio sexual de sus padres. En la sociedad en la que se desarrolla la película, situada en un futuro no demasiado lejano, ese hecho convierte a Vincent en una rareza. Los padres diseñan a sus hijos a la carta de acuerdo a sus posibilidades económicas, mejorando su herencia genética y eliminando en origen sus enfermedades y defectos potenciales. Unos cuantos incluso pueden recibir una ayuda extra (como un pianista con dedos suplementarios en sus manos, lo que lo convierte en un virtuoso sin igual). Pero los padres de Vincent, con más optimismo y buena fe que sentido común, deciden prescindir de la técnica.

En una de las escenas más inquietantes del cine de ciencia-ficción contemporáneo, el bebé Vincent, nada más nacer, es pinchado por una enfermera para determinar su ADN y casi instantáneamente toda su vida queda fijada. Como la mayoría de nosotros, Vincent no es perfecto ni mucho menos y, por tanto, la mayor parte de las opciones personales y profesionales quedan bloqueadas para él. Su marcador genético indica que tiene una alta probabilidad de sufrir una grave dolencia cardiaca y morir antes de los treinta años. Así, su infancia transcurre de frustración en frustración: las escuelas no lo aceptan por miedo a que pueda resultar enfermo o herido y su hermano menor, nacido ya de acuerdo al estándar de diseño genético, se hace acreedor de los éxitos académicos, las proezas físicas y el cariño paterno. Más adelante, se encuentra con que las empresas no lo contratan por considerarlo una inversión inútil dada su teórica corta esperanza de vida... Su sueño de convertirse en un científico y explorador espacial jamás se materializará. Ha de resignarse a vivir casi invisible en los márgenes de la sociedad. Es un inválido en una sociedad cuyos válidos son los nacidos de acuerdo a un diseño genético prefijado.

Porque Vincent no se resigna al destino que para él ha reservado esta sociedad eugenésica regida por prejuicios. Alienado social y familiarmente, opta por recurrir a la ilegalidad: contrata a un intermediario (Tony Shahloub) que, por un precio, transforma su identidad legal y virtual. Vincent se somete a cirugía para alargar sus piernas, utiliza lentes de contacto para disfrazar su deficiencia visual y contrata a Eugene (Jude Law), un espécimen perfecto, medallista olímpico en natación, que en un desgraciado accidente quedó inválido de cintura para abajo (la naturaleza puede haber quedado sometida por la ciencia en Gattaca, pero el destino, la suerte o el azar todavía juegan un papel fundamental). La misión de Eugene según el acuerdo entre ambos es traspasarle su identidad genética perfecta y proporcionar a Vincent los desperdicios humanos que necesita para demostrar un ADN perfecto: cabello, escamas de piel, orina, sangre…Porque lo que pretende –y consigue– Vincent es hacerse pasar por un miembro de la élite bajo el nombre de Jerome, ingresar en el centro de investigación de Gattaca y ser elegido para una próxima misión espacial a Titán, una de las lunas de Saturno.

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La idea subyacente de la película no es nueva. Estamos familiarizados con la vieja historia de la persona que trata de esconder su raza, su sexo o su estatus social para hacerse pasar por otro individuo diferente e integrarse en una mayoría privilegiada. Aquellas historias trataban de exponer la falsedad moral de las élites y someterla a la indignación del espectador, que se da cuenta de que él también podría haber quedado marginado. No importa lo sano o inteligente que se sea, si se es portador de la marca errónea ya no hay más que hablar. La brillantez del director Andrew Niccol consiste en situar ese esquema en un nuevo contexto definido por la fría ciencia.

Aquí es donde el mundo de Niccol desarrolla una mayor inventiva. No es esta una sociedad en la que sólo las controladoras autoridades biotecnócratas están obsesionadas por el ADN. Todo el mundo lo está. Una pareja que se sienta atraída mutuamente demostrará sus sentimientos entregándose muestras corporales, como un pelo, para que el otro pueda encargar un análisis instantáneo y comprobar su pedigrí genético. De hecho, ni siquiera tiene por qué ser un acto voluntario. Por la calle hay establecimientos de análisis donde con un frotis pueden tomar muestras de la saliva que un beso ha dejado en los labios y a partir de ella analizar al sujeto.

Mientras tanto, Vincent corre todos los días el riesgo de ser descubierto como escalón prestado, alguien que intenta progresar socialmente utilizando fraudulentamente el ADN de otra persona. Limpia meticulosamente su escritorio y su puesto de trabajo porque sabe que un simple pelo, una simple escama de piel, puede delatarle. Para cumplir su sueño de viajar al espacio, Vincent no tiene más remedio que sumergirse en los valores de la cultura que rechaza su verdadero yo. Un precio terrible, símbolo del sufrimiento que deben padecer las minorías de cualquier tipo para adaptarse. Y, sin embargo, la mayoría de la gente que trabaja con él en Gattaca ignora inconscientemente las evidencias que apuntan a que no es quien dice ser: cuando una foto aparece en las pantallas de los artefactos que realizan los tests genéticos, es la imagen de Eugene la que aparece, no la suya. Pero nadie quiere ver otra cosa que la perfecta genética que el test dice que posee.

En contraste con la fuerza de voluntad de Vincent/Jerome, Eugene (cuyo nombre remite al término eugenesia ) es un superhombre amargado, roto física y espiritualmente. Sabe que debería disfrutar de la mejor de las vidas: dinero, belleza, fama, salud... pero que en lugar de ello la mala suerte lo ha condenado a una silla de ruedas, frustrando el brillante porvenir que le prometían sus genes. Su acuerdo con Vincent no sólo le permite sostener un lujoso tren de vida, sino, más importante aún, vivir y sentir los éxitos de aquél como si, al menos en parte, fueran suyos. Cuando Vincent termina su trabajo en Gattaca, Eugene entiende que su propia vida ha dejado de tener sentido y actúa en consecuencia.

Igualmente interesante es el personaje de Irene (Uma Thurman), una compañera de Jerome en Gattaca con la que éste inicia una relación sentimental. Aunque cuenta con la genética adecuada, tiene una probabilidad de que podría desarrollar un pequeño problema cardíaco y, por tanto, sus opciones son consecuentemente restringidas. Pero a diferencia de Vincent, Irene acepta las barreras que la sociedad erige alrededor de ella y las incorpora a su propia personalidad, fría y reservada. No es hasta que, inevitablemente, ella descubre la verdad sobre Jerome que descubre que lo que la ha limitado en la vida no ha sido su genética, sino su actitud.

El asesinato de un director de proyecto en las instalaciones de Gattaca hace que la policía entre en escena. El riesgo de ser descubierto es mayor que nunca para Vincent. Sus temores se hacen realidad cuando un fragmento de sus uñas es descubierto cerca del lugar del crimen y su engaño no tarda en ser objeto de pesquisas por parte de los investigadores, iniciando una emocionante caza del hombre. Esta fusión entre la ciencia-ficción y el cine negro coloca a la película en la tradición de Alphaville (1965) de Jean Luc Godard o Blade Runner (1982) de Ridley Scott, films que, como el que nos ocupa, contaban con una estética muy particular.

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Efectivamente, Gattaca exhibe una estética retrofuturista que complementaba perfectamente su desasosegante propuesta social. Los diseñadores de producción Jan Roelfs y Nancy Nye, el director de fotografía Slawomir Idziak y la diseñadora de vestuario Colleen Atwood supieron compensar con creatividad y talento la carencia de presupuesto. En lugar de elaborados decorados y efectos visuales sofisticados, recurrieron a modelar el futuro a partir del pasado. Los hombres visten trajes oscuros estandarizados con sombreros de fieltro y las mujeres vestidos a medida de talle estrecho, los automóviles son réplicas de antiguos modelos con motor eléctrico, los edificios están filmados con un intenso contraste y en color sepia, y los espacios abiertos se muestran en planos generales con escasa calidez humana. El edificio que sirve de sede al centro de investigación es una obra diseñada por Frank Lloyd Wright en 1957, el Marin County Civic Center de San Rafael (que ya sirvió de marco a otra película distópica, el THX 1138 de George Lucas) y su interior frío pero al mismo tiempo perfecto, refleja las personalidades los individuos que trabajan en él. Los mensajes que se oyen a través de los altavoces de Gattaca se emiten en esperanto, un lenguaje difícilmente reconocible por nosotros que contribuye a redondear la sensación de alienación y extrañeza.

El director Andrew Niccol consigue una película de fría y sofisticada elegancia que enmascara con destreza su falta de presupuesto. Su interés por las distopias no finalizó con Gattaca. En 1998 estrenó El show de Truman y en 2011 pudimos ver la interesante In Time, otra visión de un futuro poco deseable. Y esta preferencia es especialmente destacable en un momento en el que el género distópico ha sido prácticamente abandonado por la ciencia-ficción de aventuras, que puede utilizar para la acción un marco estético oscuro o directamente ciberpunk, pero que rara vez plantea un discurso ideológico.

Ethan Hawke y Uma Thurman llevan a cabo una interpretación contenida e inexpresiva que bien podría responder a instrucciones concretas en ese sentido por parte del director (reflejando así en su comportamiento y lenguaje gestual la rigidez social que les rodea). Jude Law, en el papel que supuso su presentación en Hollywood, ofrece un excelente retrato de hombre amargado y en pleno proceso de descomposición psicológica.

Aunque nadie –incluyendo a Niccol– creyó entonces que la sociedad de Gattaca pudiera materializarse en nuestro futuro, algunos aspectos de la misma sí parecen estar ya cobrando forma. ¿Se fragmentará la raza humana en dos castas diferenciadas por su riqueza genética? No sucederá mañana, claro, pero hay signos inquietantes. Los cada vez más generalizados test en escuelas y puestos de trabajo a la búsqueda de drogas son supuestamente para nuestro bien, pero abren la puerta a cualquier tipo de intrusión en nuestra intimidad biológica. Las compañías de seguros y las empresas que quieran excluir a clientes sanos (o cargarles con primas más caras) cuya genética indique que podrían desarrollar tal o cual enfermedad, nos dan otra pista de cómo Gattaca está comenzando a entrar en nuestro mundo, un mundo al que no es en absoluto ajeno la división en clases, la segregación racial e incluso la eugenesia –que tuvo no pocos defensores en la década de los veinte y treinta del siglo pasado–

El cuento de un gobierno represor que diseña genéticamente a sus clases dirigentes parece tenercomo consecuencia inevitable una especie de fascismo similar al previsto por Aldous Huxley en Un mundo feliz (1932). En realidad, la historia se ha encargado de demostrar que el fascismo –o cualquier otro régimen despótico– es perfectamente capaz de existir sin necesitar para nada a la ciencia, y que la ingeniería genética no es más que una herramienta que puede utilizarse bien o mal. Aunque esto parece evidente y los biólogos tratan de luchar contra lo que consideran un mito popular, uno no puede dejar de reflexionar cuando aparecen noticias que sugieren que en Gattaca podrían encontrarse más pistas para el futuro de lo que resultaría deseable.

Once años después de estrenarse la película, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Genetic Information Non-discrimination Act (GINA), una ley que prohíbe a las compañías médicas privadas de los Estados Unidos utilizar la información genética en contra de sus propios clientes. Si los avances en genética no comportan amenazas sociales, ¿cuál es el sentido de esa ley?

Cuando un solo pelo da la clave de nuestra salud futura, ¿podrá hacerse cumplir una ley en ese sentido?¿Será la legislación suficiente barrera como para impedir el advenimiento, aunque sea parcial, de una distopia? ¿Y si es el gobierno y no una empresa privada el que decide utilizar esa información?

El eslogan publicitario de la película cuando ésta se estrenó era No hay gen para el espíritu humano y eso es lo que la historia quiere transmitir: somos algo más que nuestra cadena de ADN. El destino de los diferentes personajes de la película lo determina no su genética, sino sus decisiones. El final que se planteó originalmente para la película mostraba imágenes de gente que, aplicando la eugenesia, no habrían nacido: Albert Einstein (sufrió de dislexia), Abraham Lincoln (síndrome de Marfan) o John F. Kennedy (enfermedad de Addison) para terminar con una frase: "por supuesto, el otro nacimiento que podría no haber tenido lugar es el tuyo".

Gattaca nos recuerda que nosotros, los humanos, somos una combinación de nuestra herencia biológica y lo que decidimos hacer con ella. La ciencia puede mejorar nuestros cuerpos, pero no necesariamente nuestras mentes.

Hay muchas razones para recomendar Gattaca : es una película inteligente, humanista, emocionante y visualmente lograda, pero además y sobre todo, es una excelente muestra de que el cine de ciencia-ficción es tan capaz de tratar temas complejos no sólo como otros géneros del séptimo arte, sino como la propia literatura.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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