Las leyes de la academia Blackwood

Las leyes de la academia Blackwood Imagen superior: Rodrigo Cortés y Uma Thurman en el rodaje.

Una tarde cualquiera de hace un par de años recibí el borrador de un guión que no debería haberme interesado y que, contra todo pronóstico, me intrigó: Down a Dark Hall, basado en un clásico juvenil de terror escrito en los años 70 por Louis Duncan.

Había oído hablar de la novela como el origen apócrifo de Suspiria y de otras historias, pero, francamente, no sabía mucho de ella. El borrador —aún incipiente— mostraba un mundo alejado, en apariencia, del mío, la historia de cinco chicas adolescentes internadas en una academia más bien gótica bajo la tutela de una directora especial. Una historia que creía haber visto y leído varias veces. Me equivocaba.

Encontré en ella una premisa oscura y perturbadora que incluía también, o eso sentí, una reflexión sobre el precio del talento. Me vi, sin querer, arrastrado a mis años de conservatorio, cuando las teclas del piano (un millón al principio) iban reduciendo año a año su ancho, dejando algunas cicatrices en el ánimo. Supe entonces cómo abordar una película que en España acabaría llamándose Blackwood.

Blackwood es una película sobre adolescentes. Dirigida a ellos. Que espero tenga la suficiente elegancia como para interesarle a todo el mundo. Más que una película de terror es una alegoría inevitable sobre el hecho de crecer, en esa edad tensa y difícil en que todo resulta terrorífico, cuando uno debe descubrir quién va a ser el resto de su vida. Pero Blackwood es, ante todo, cine del modo en que lo entiendo y me interesa. Más que en sagas recientes, busca guía en la mirada perturbadora de Polanski, en la psicología subterránea de Roeg. En la sensualidad invisible de Weir. En Blackwood pesa tanto el suspense como la belleza de la pintura o de la música: el arte se convierte en una laguna profunda llena de peligros.

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Imagen superior: Verónica (Victoria Moroles), Katherine (AnnaSophia Robb), Sierra (Rosie Day), Ashley (Taylor Rusell) e Izzy (Isabelle Fuhrman). Foto: Manolo Pavón.

En Blackwood las estudiantes no son actrices treintañeras con escotes generosos y faldas breves, sino chicas reales y perdidas —ya no niñas, aún no mujeres—, con interpretaciones naturalistas y profundas, frágiles ante fuerzas poderosas que no comprenden. Chicas conflictivas, cada una a su modo, que han sobrado de diferentes sitios y que no han hecho nada útil nunca, pero que desarrollan, sin explicación posible, talentos artísticos que no soñaban poseer.

El lenguaje fílmico de la película es, antes de llegar a la academia, muy directo. Y se hace más clásico y «musical» al llegar a Blackwood, con cierto sabor romántico basado en las tomas largas. La narración gana luego en inquietud y se fractura como se quiebran sus protagonistas, cada vez más inestables. El lenguaje clásico de dollies suaves y estilizadas, con la incorporación de diferentes valores de plano en una misma toma, va haciéndose más abrupto minuto a minuto, hasta requerir la intervención de la cámara en mano, rugosa, trepidante. Cambian las estaciones, llega el invierno. La luz se hace plomiza. La noche le gana terreno al día. La atmósfera se enrarece. La belleza se corrompe. Cambian las ópticas, los movimientos de cámara. Cambia cuanto los personajes saben. Poco a poco, la historia se revela...

Hacer esta película me ha proporcionado varias oportunidades:

La de servir a una historia desnuda para tratar de conducirla a una zona elegante, buscando su optimización plástica y narrativa a través de las herramientas del cine.

La de colaborar con un reparto casi íntegramente femenino, a menudo muy joven, menos presente en mis anteriores películas, y narrar a través de él su historia.

La de usar el mundo del arte de forma alegórica, pero también física. Mostrar el poder transformador de la creación, a veces terrorífico.

La de jugar «fuera de casa»: trabajar para un estudio y explorar terreno desconocido con el deseo de aprender un par de cosas por el camino. También sobre mí.

La de construir —literalmente— un mundo y hacerlo verdadero; diseñar la mansión Blackwood y levantarla en plató, con grandes decorados al servicio de la narración.

La de darle a la luz —y a su ausencia— un protagonismo narrador romántico y matizado. Sensual. Que envuelva a los personajes en atmósferas emocionales y bellas.

La de trabajar con el lenguaje de la música en el plano narrativo, pero también en el más sacrificado y directo. Plasmar a través del cine la belleza y dificultad de su ejecución.

La de crear un diseño sonoro en que cada crujido cuente, como cuente su ubicación exacta. Cada susurro. Cada roce. Cada ambiente. Cada silencio.

La de crear momentos de tensión verdadera basados en la atmósfera y en el sentido de la anticipación, en el suspense sostenido, trascendiendo lo explícito.

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Imagen superior. Jules Duret (Noah Silver) y Katherine (AnnaSophia Robb). Foto: Manolo Pavón.

Con Blackwood he tratado de abrazar un pequeño clásico juvenil y trabajar sus elementos sin cinismo para dialogar con su público de forma honesta. Con intérpretes —sin una sola excepción— de extraordinario talento, desde Uma Thurman a la más joven de las actrices. He tratado de pasar el young adult por un tamiz más «europeo» y sensorial. He tratado, en definitiva, de hacer una buena película.

No soy un seguidor del género teen, pero puedo incorporar sus elementos y tratar de sublimarlos con el respeto que el terror se tenía a sí mismo —y les tenía a sus intérpretes— en los 70 para contar una historia de fantasmas tan aleccionadora como cruel. Puedo trabajar con una actriz de 19 años para intentar llegar juntos a un lugar vibrante y verdadero, tan cargado de textura actoral como el de cualquier personaje maduro. Puedo ejercer mi oficio entregado a cada emoción y a cada nota.

Puedo escuchar las leyes de la academia Blackwood —campana de tiempo que sigue los pilares clásicos del conocimiento— y reinterpretar a través de sus normas una historia clásica que es también un relato subterráneo, más despiadado de lo que la apariencia sugiere. Un relato que alberga una premisa única.

Nunca antes me había dirigido al público adolescente. He tratado de acercarme a él de forma respetuosa y directa. Para aspirar así a ofrecerle —y con él a todo espectador, cualquiera que sea su edad— una experiencia cinematográfica genuina.

Copyright del artículo © Rodrigo Cortés. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Nostromo Pictures, Entertainment One. Reservados todos los derechos.

Rodrigo Cortés

Rodrigo Cortés quiso ser pintor, escritor y músico. Hoy lo hace todo a la vez al dedicarse al cine. Uno de sus primeros trabajos, el falso documental 15 días (2001), se convierte en el cortometraje más premiado de la historia del cine español. Estrena su primer largometraje, Concursante, en el Festival de Málaga de 2007, donde recibe, entre otros, el premio de la crítica a la mejor película. Buried, su segunda película, conmociona a crítica y público de todo el mundo tras su presentación en el Festival de Sundance de 2010. Su siguiente película, Luces Rojas (2012), con Robert De Niro, Sigourney Weaver y Cillian Murphy, se estrena en más de 60 países. Ha producido películas como Emergo, en 2011, y Grand Piano, en 2013, escrita por Damien Chazelle y protagonizada por Elijah Wood y John Cusack. En agosto de 2018 estrena en todo el mundo Blackwood, interpretada por Uma Thurman y AnnaSophia Robb.

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