El caso de Bernard Heuvelmans

El caso de Bernard Heuvelmans Imagen superior: Bernard Heuvelmans junto a una de las estatuas de Crystal Palace, en los años cincuenta.

Escribió en 1955, en el prefacio de su primer libro y uno de los más famosos que publicó, Tras la pista de los animales desconocidos, que “a pesar de ser un zoólogo profesional y de mis títulos universitarios, quiero librar a todas las bestias malditas del gueto en que las hemos encerrado sin razón, y acogerlas en el redil de la zoología…”.

Las “bestias malditas” a las que se refería, lo dejó escrito en el mismo texto, eran “la serpiente de mar, el abominable hombre de las nieves o el monstruo del Lago Ness”. Nuestro personaje, Bernard Heuvelmans, tenía entonces 39 años y llevaba 16 años como zoólogo profesional. Su carrera había comenzado cuando tenía 23 años y defendió su tesis doctoral sobre los dientes tubulados del cerdo hormiguero africano (Orycteropus afer), mamífero muy especial por ser el único representante actual de su orden.

Aquel mismo año, 1939, y a partir de los datos de su tesis, publicó un artículo en el Boletín del Museo Real de Historia Natural de Bélgica sobre la dentición del orycterope que todavía se cita. Por cierto y entre paréntesis, el 14 de enero de 2013 nació el primer cerdo hormiguero africano español en el BioPark de Valencia.

El orycterope está relacionado con los sirénidos, entre ellos el dugong, y a la dentición de esta especie dedicó Heuvelmans su segundo artículo publicado en 1941. En la misma serie sobre los dientes de los sirénidos publicó otros cuatro artículos entre 1941 y 1943.

Como ejemplo de su trabajo como zoólogo profesional nos valen estos ejemplos. Sin embargo, ya entonces, en la década de los cuarenta, le interesaban los animales ocultos y desconocidos, tan solo sospechosos de existir.

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Fue el 3 de enero de 1948 cuando un artículo del zoólogo americano Ivan Sanderson, publicado en el Saturday Evening Post, le convirtió, según su propia confesión, en lo que más adelante se definirá como criptozoólogo. Sanderson discutía en su texto la posibilidad de que no todos los dinosaurios se hubieran extinguido hace 65 millones de años y quizá alguno sobrevivía en algún apartado e inexplorado rincón del planeta. No necesitaba muchos argumentos Heuvelmans para aceptar las tesis de Sanderson, pues era fácil de convencer alguien que había confesado que desde muy joven le apasionaban libros como 20.000 leguas de viaje submarino, de Julio Verne, o El mundo perdido, de Sir Arthur Conan Doyle.

Pero volvamos atrás y conozcamos mejor a Bernard Heuvelmans. Había nacido el 10 de octubre de 1916 en Le Havre, Francia, de padre belga y madre holandesa, y creció y se sintió siempre como nativo de Bélgica. Desde niño se interesó por la historia natural y, sobre todo, por la zoología. En el colegio, asombró sus compañeros y a sus profesores por sus grandes conocimientos sobre la evolución… y sobre el jazz.

Se licenció como zoólogo en la Universidad Libre de Bruselas y se doctoró, como veíamos antes, en 1943. A la vez formó un grupo de jazz e, incluso, ganó el primer premio en el concurso para pequeñas bandas en el Congreso Internacional de Jazz Amateur.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue detenido por los alemanes aunque logró escapar hasta cuatro veces. Fue músico profesional de jazz y publicó varias novelas de ciencia ficción cuando terminaba la guerra. Además, tradujo al francés libros de zoología y de historia natural de autores ingleses. Y escribió varios textos de divulgación sobre el jazz y su historia.

Como contaba antes, es con el artículo de Sanderson de 1948 cuando Heuvelmans centra aquel interés difuso y disperso que sentía por los animales ocultos. Comienza a reunir datos de manera sistemática, “indicios” como él mismo los define, y cinco años después, en 1955, publica su primer libro sobre los animales desconocidos. Es Sur la piste des bêtes ignorées, que inicia la Criptozoología, la ciencia de los animales ocultos. En 1995, de este libro se habían vendido un millón de copias en varios idiomas y muchas ediciones.

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El término Criptozoología aparece por primera vez en un libro de otro autor, Lucien Blancou, dedicado a Heuvelmans y al que se atribuye la definición: “es la ciencia que trata de estudiar objetivamente a los animales solo conocidos por testimonios, piezas anatómicas o fotografías de valor discutible”. En la actualidad se suele dar una definición más precisa con base en los métodos de los propios criptozoólogos: “es el estudio e investigación de los animales de talla mediana o grande todavía no clasificados oficialmente y cuya discutida existencia podría ser establecida en base a pruebas testimoniales (testigos oculares), circunstanciales (películas, fotografías, grabaciones de sonido), o rastros (huellas, pelos, plumas,…), todas ellas consideradas insuficientes por la comunidad científica”.

Según el propio Heuvelmans, para conseguir que la Criptozoología sea una ciencia debería cumplir dos condiciones: que los criptozoólogos sean y se comporten como científicos, y que, en la búsqueda de “indicios” de la existencia de un animal, el criptozoólogo sea capaz de deslindar el componente subjetivo de toda tarea personal para que solo se utilicen los datos objetivos en la investigación de cada caso.

La escasez de material experimental, oculto por definición, lleva a los criptozoólogos a la búsqueda de “indicios”. Son una miscelánea de cuentos y tradiciones culturales, historias orales, textos difíciles, noticias periodísticas tipo “serpiente de verano”, e imágenes lejanas y desenfocadas. Todo ello y más de este estilo son los “indicios” de los criptozoólogos. Con ellos se calcula que Bernard Heuvelmans reunió en sus catálogos datos de más de 600 animales escondidos. Hoy día, la lista es todavía mayor y, por ejemplo, en la guía de la Criptozoología de Eberhart, publicada en 2002, hay 1085 animales en 722 páginas.

Por todo ello, muchos criptozoólogos, más que zoólogos, son una mezcla de antropólogos culturales, expertos en textos antiguos y tradiciones orales e, incluso, hábiles psicólogos especialistas en establecer la veracidad de los testimonios. Algo así le pasó a Bernard Heuvelmans. De zoólogo profesional y experto en la dentición de los sirénidos pasó a ser un especialista en escritos antiguos y noticias raras en los medios. Cómo transcurrió este proceso es difícil de seguir pues, en sus escritos, no argumenta sino que justifica su trayectoria vital. Es la explicación a posteriori, y es difícil de adivinar cuál fue la causa y no la conclusión obligada por el efecto.

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Bernard Heuvelmans murió el 22 de agosto de 2001 en Le Vésinet, cerca de París, después de donar unos años antes su biblioteca y archivo, con más de 50.000 documentos, fotografías y muestras, al Museo de Zoología de Lausana, en Suiza.

Y, como epílogo, los resultados de una investigación publicados recientemente. Una de las características de la Criptozoología es la escasez de pruebas físicas de la existencia de los animales ocultos. Bryan Sykes y su grupo, de la Universidad de Oxford, consiguieron reunir 23 muestras de pelo atribuidas al Yeti y al Bigfoot y prestadas por criptozoólogos de todo el mundo. Procedían de la India, Bután, Nepal, Rusia, Sumatra y, las atribuidas al Bigfoot, de Estados Unidos. El objetivo de Sykes era analizar el ADN de estas muestras.

Después del análisis del ADN y la comparación correspondiente con las bases de datos de ADN, entre los pelos atribuidos al Yeti o a su primo, el Bigfoot, hay pelos de oso polar, antílope de Sumatra, oso pardo, toro, caballo, oso negro americano, mapache, tapir de Malasia, oveja, puerco espín, lobo o coyote e, incluso, dos muestras son de nuestra propia especie.

Lo más curioso es la presencia de oso polar en el Himalaya, según dos muestras procedentes de Bután y la India. Además, es un oso polar ya extinguido y cuyo ADN es diferente del encontrado en la especie actual. Por otra parte, hay dos muestras, una de oso negro americano y otra de mapache, que se dice vienen de Asia aunque sean dos especies que solo se conocen de Norteamérica.

En conclusión, ninguna de las muestras pertenece a algún animal oculto o desconocido. Todos los pelos los cataloga la ciencia.

Referencias:

Alemañ Berenguer, R. 2010. Criptozoología. Cazadores de monstruos. Ed. Melusina. Santa Cruz de Tenerife. 446 pp.

Eberhart, G.M. 2002. Mysterious creatures. A guide to Cryptozoology. ABC Clio. Santa Barbara, California. 722 pp.

Schembri, E. 2011. Cryptozoology as a pseudoscience: beasts in transition. Studies by Undergraduates Researchers at Guelph 5: 5-11.

Sykes, B.C., R.A. Mullis, C. Hagenmuller, T.W. Melton & M. Sartori. 2014. Genetic analysis of hair samples attributed to yeti, bigfoot and other anomalous primates. Proceedings of the Royal Society B 281: 20140161.

Copyright © Eduardo Angulo. Publicado previamente en el blog de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País VascoCuaderno de Cultura Científica está bajo una licencia CC.

Eduardo Angulo

Eduardo Angulo Pinedo es doctor en Ciencias Biológicas y profesor titular de Biología Celular de la UPV/EHU. Investiga la relación entre células y tejidos con el medio ambiente, con más de un centenar de artículos publicados en revistas nacionales e internacionales. Autor de Julio Verne y la Cocina, La vuelta al mundo en 80 recetas (2005), Monstruos, Una visión científica de la Criptozoología (2007), y El animal que cocina, Gastronomía para homínidos (2009). Ha colaborado en el libro colectivo Misterios a la luz de la Ciencia (2008). Desde 2007 publica los blogs La Biología Estupenda y Cine, Literatura y Medio Ambiente. Es director del Colegio Mayor “Miguel de Unamuno” de la UPV/EHU.

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