"Almas de metal" (1973), de Michael Crichton

El placer derivado de la suspensión de realidad o autoengaño no es exclusivo de la ciencia–ficción, sino intrínseco a la ficción en general y común a todas las artes. Incluso la más utilitaria y apegada a la realidad de estas, la arquitectura, cuenta como su mayor logro la creación de entornos sagrados cuyo objetivo es transmitir la ilusión de los paraísos celestiales. Por no hablar del éxito de sus hijos bastardos, combinación de arquitectura e ingeniería: los parques temáticos, todos ellos modelados a partir de Disneyland, pequeñas aldeas de Potemkin diseñadas para engañar a los clientes previo pago de una entrada. No es coincidencia que tres de los éxitos de uno de los escritores más populares del siglo XX, Michael Crichton, transcurran en torno al concepto de parque temático: Parque Jurásico, El mundo perdido y Almas de metal (Westworld ).

Los parques temáticos tienen un punto en común con la ciencia-ficción: evocar en quien los disfruta un fuerte deseo de visitar el mundo reflejado en ellos y experimentar sus emociones. Es por ello por lo que Almas de metal está considerado un clásico del cine de ciencia-ficción: no es gracias a su rígida dirección o la profundidad intelectual del guión, sino por ser el primero en plantear una reflexión posmoderna sobre ese deseo.

Por mil dólares al día, el futurista parque temático Delos ofrece a sus visitantes la oportunidad de interpretar un papel en versiones idealizadas del Imperio Romano, la Edad Media y el Lejano Oeste. Pistoleros, prostitutas, caballeros, princesas, plebeyos… son sofisticados robots programados para interactuar con las fantasías del cliente. Dos veraneantes de Chicago (James Brolin y Richard Benjamin) se proponen disfrutar de semejante chollo. Se les dice que como los robots están construidos siguiendo las Leyes de la Robótica de Asimov (nunca dañar a un humano o permitir que por inacción éste resulte dañado) pueden hacer lo que quieran con ellos (disparar a los residentes mecánicos de la ciudad, acostarse con ellos…), consejo que no tardan en seguir.

Sin embargo, las cosas no tardan en torcerse y un fallo mecánico vuelve locos violentos a todos los robots. Uno de ellos, un pistolero (Yul Brynner), la toma con los dos protagonistas, matando a uno y emprendiendo una incansable persecución del otro por todo el parque. Aunque el robot es finalmente acorralado e incinerado, la victoria suena a hueca ante la visión de los muertos que yacen por las calles.

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Ciertamente, la idea del parque de atracciones de alta tecnología que pierde los papeles y amenaza a los humanos ya aparecía en un episodio de Star Trek de 1966. Pero Almas de metal perfeccionó aquel concepto pasándolo por el tamiz de la ciencia–ficción de Crichton, una CF que ha estado dominada por el tema de la tecnología fuera de control, complejos sistemas mecánicos o informáticos que causan más problemas de los que resuelven debido a accidentes imprevistos o errores humanos. Ese tema se hallaba presente en La amenaza de Andrómeda (1969), de la que ya hablamos en un artículo anterior.

En otro de sus libros, El hombre terminal (1974), los intentos de serenar la inestable mente de un epiléptico violento mediante injertos electrónicos en su cerebro acaban convirtiéndolo en un adicto a las descargas eléctricas controladas y enloqueciéndolo aún más. Parque Jurásico (1993) nos cuenta la historia de otro parque temático que falla, liberando a los dinosaurios recreados genéticamente que guarda en su interior. El propio poster de Almas de metal rezaba: "Bienvenidos a Westworld, donde nada puede salir mal", un eslogan que resume perfectamente el recelo de Crichton hacia la confianza ciega en la tecnología, su temor de que, traspasando los límites de la ciencia, el hombre cree un monstruo (representado en esta película por el robot pistolero) del que resulte difícil deshacerse.

Almas de metal supuso el debut como director de Michael Crichton, un graduado en medicina por Harvard que había escrito una novela de enorme éxito, el ya citado La amenaza de Andrómeda, de la cual se hizo una película (1971) que también consiguió buenos resultados. Fue por entonces cuando Crichton visitó Disneyland y su más flamante novedad: la atracción Piratas del Caribe, un entorno que recreaba el mundo de los piratas haciendo uso de perfeccionados animatrones. Inspirado por aquello y aprovechando su recién adquirida popularidad, el escritor consiguió financiación para escribir y dirigir Almas de metal, película que, a pesar de contar con un presupuesto comedido, acabó convirtiéndose en uno de los films de CF más exitosos de la época anterior a Star Wars (1977).

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Teniendo en cuenta que Almas de metal fue su primera película como director (había ejercido tal función un año antes, pero se trataba de un telefilm, Pursuit, historia adaptada de un libro suyo, Binario, un thriller sobre bioterrorismo), Crichton hace un trabajo decente aunque algo acartonado. Tiene aciertos como la terrorífica persecución final; o la alternancia en el montaje entre las escenas en el Lejano Oeste, llenas de color, movimiento y vida, y las que nos muestran el centro de control, frías e impersonales, subrayando así el carácter artificial de la ilusión. Y, desde luego, hay que atribuirle al menos parte del mérito de conseguir que la película luzca visualmente mejor de lo que su magro presupuesto (1,25 millones de dólares) podría hacer suponer. Se consiguieron reducir costes rodándola en los decorados que la MGM tenía ya construidos en su estudio y echando mano de viejos trucos ópticos. Aun así, fue la primera película que utilizó gráficos por ordenador en dos dimensiones.

El principal agujero en el guión es la ausencia de explicación acerca del problema de los robots: ¿por qué se vuelven locos? ¿por qué les da por matar humanos? ¿Cómo anulan el sistema de seguridad de sus armas? Sólo se da una vaga noción de que las máquinas se han convertido en algo demasiado complejo y que no les caemos simpáticos. Tampoco es convincente el que los técnicos sólo sean capaces de detectar a los androides porque sus manos no están del todo bien conseguidas; si han logrado fabricar robots tan perfectos que uno puede tener sexo con ellos, resulta inverosímil que algo comparativamente tan sencillo como las manos no les salga bien.

Brynner está extraordinario en su papel de desalmado asesino robótico, una máquina que no parará hasta que alguien la destruya. No sólo acertó Crichton en escoger al calvo actor de torva mirada para el papel, sino que deliberadamente lo vistió con el mismo atuendo que lució encarnando al personaje de Chris, en otro inmortal del cine, Los Siete Magníficos (1960).

En este sentido, el androide interpretado por Brynner precede a otros robots matahombres más conocidos, como Terminator (1984) o incluso a asesinos psicópatas como el Michael Myers de Halloween (John Carpenter reconoció que el pistolero Brynner fue una inspiración directa). Hoy, la idea del robot asesino imparable, silencioso, mortal y muy parecido a nosotros, se ha utilizado tanto que no nos impresiona. Pero el "Pistolero" Brynner no sólo fue el primero de tan ilustre lista, sino que sigue contándose entre los mejores: amenazador, impasible, sin pizca de humor y sin frasecitas ingeniosas preparadas para el momento oportuno. En las décadas que siguieron, el cine de CF nos presentaría robots más rápidos, más fuertes, más letales… Pero el Pistolero sigue siendo, probablemente, el más robótico e inhumano de todos.

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En 1976 se estrenó una secuela, Future World, dirigida por Richard T. Heffron. En ella, Delos vuelve a abrir sus puertas tras haber invertido una fortuna en mejorar la seguridad. Dos visitantes vuelven a encontrarse en problemas, esta vez un par de reporteros (Peter Fonda y Blythe Danner) invitados a visitar el lugar y escribir sobre él. El demente propietario del parque, como si fuera un maléfico Walt Disney, pretende sustituir a los líderes mundiales por androides bajo su control. Yul Brynner haría aquí su última aparición, de nuevo como Pistolero pero en una secuencia onírica. En el escaso haber de esta rutinaria película se encuentra el haber sido la primera que utilizó efectos digitales en tres dimensiones.

Hubo también una serie televisiva, Beyond Westworld (1980), en la que un científico megalómano, Simon Quaid, envía a los poderosos robots que diseñó para el parque temático de Delos como peones y vanguardia de la sociedad perfectamente programada que pretende alcanzar a la fuerza. A las máquinas se enfrentarán los agentes especiales John Moore y Pam Williams (Connie Selleca), a sueldo de la corporación propietaria de Delos. Con ayuda de un genio en computadoras, el Profesor Oppenheimer, deberán descubrir y neutralizar cualquier amenaza robótica. Que sólo se rodasen cinco episodios –de los que la CBS emitió tres– ya habla por sí solo.

La influencia de Almas de metal aún perdura y el tema del parque temático poblado por androides volvería a utilizarse en films como Welcome to Blood City (1977) o El extraño (1998) –ambas auténticos bodrios–. Durante una década, circuló el rumor de que uno u otro director preparaba un remake. Almas de metal no lo necesitaba. Sin embargo, en octubre de 2016 comenzó la emisión de otra teleserie inspirada en el film de Crichton, Westworld: una producción de gran presupuesto, creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy para la HBO. Producida, entre otros, por J. J. Abrams y Jerry Weintraub, esta teleserie fue bien recibida por la crítica, que alabó especialmente el trabajo de actores como Evan Rachel Wood, Sidse Babett Knudsen, Thandie Newton, Jeffrey Wright, James Marsden, Ed Harris y Anthony Hopkins.

Como película, Almas de metal no es totalmente satisfactoria y el tiempo no ha sido tan amable con ella como debiera (especialmente en lo que se refiere a la estética: los peinados setenteros son chirriantes), pero aún se deja ver y es de justicia reconocer que en su momento fue innovadora y original. Como buen parque temático, Delos no pretende mostrarnos reproducciones históricamente precisas de mundos y momentos históricos, sino construcciones idealizadas que sirvan de marco para que los adultos proyecten sus fantasías más violentas –sexuales o no–. ¿Y no es eso lo que, en definitiva, hace el cine?

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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