¿Estrategia misionera o genealogía femenina? El "Tratado de la redondez de la tierra" de sor María de Jesús de Ágreda

En la Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla se conservan dos volúmenes manuscritos atribuidos a María de Jesús de Ágreda (1602-1665), la monja concepcionista que fue consejera de Felipe IV. Manuscritos, de mano desconocida, que contienen escritos de la monja así como numerosas cartas, de las muchas que intercambió con el monarca. Cartas que, en teoría, eran privadas pero que circularon abundantemente por aquella España de finales del XVII y principios del XVIII.

El primero de ambos manuscritos, el [BH MSS 199] contiene uno de los escritos inéditos de María, el Tratado de la redondez de la tierra, también conocido como Tratado del grado de luz, del que se conservan numerosas copias, habiéndose perdido el manuscrito original.

Hasta el momento, la copia de la Biblioteca Histórica no se encuentra en ninguno de los repertorios bibliográficos donde se reseñan otros ejemplares (1). Se trata de una copia completa, titulada Tratado del grado de luz y conocimiento de la ciencia ynfusa que tubo la Ve. Me. Sor María de Jesús Abadesa del Convento de la Ynmaculada Concepción de la Villa de Ágreda, de toda la redondez de la tierra y de los avitadores della y algunos secretos y misterios que en si contiene, y ocupa las hojas 237 a 285. El trazo es continuo, realizado por una misma mano. No presenta anotación alguna que pueda ofrecernos información sobre su procedencia, copista o propietario.

El Tratado de la redondez de la tierra ofrece dificultades a la hora de ser catalogado. Obra de cosmología para muchos, se trata, en realidad, de la descripción que ofrece María de Ágreda de las órbitas celestes y terrestres, según el modelo medieval que situaba la Tierra en el centro del universo, rodeada por una serie de esferas concéntricas y cristalinas o cielos.

Una descripción que María no había alcanzado por sus conocimientos astronómicos sino por revelación divina. Una revelación en forma de viaje sideral por las cuatro partes conocidas de la Tierra y los diez cielos. Un viaje en el que había ido acompañada por seis ángeles custodios que el mismo Dios había puesto a su servicio.

María de Jesús de Ágreda (1602-1665), nacida María Coronel Arana, vivió los sesenta y dos años de su vida sin salir del soriano pueblo de Ágreda que la vio nacer. A los dieciséis años vio transformada su casa familiar en convento concepcionista, debido a la visión que había tenido su madre Catalina. Su fama universal vino de la mano de las supuestas “exterioridades” que experimentó en los primeros años de vida religiosa. Fenómenos místicos, según los cuales, sor María se bilocaba y evangelizaba, sin salir de su celda agredana, a los indios de Nuevo México.

La bilocación, o presencia simultánea de una misma persona en dos lugares diferentes, es un fenómeno místico reconocido por la Iglesia Católica. Consideran los teólogos que, mientras el cuerpo está en un lugar, en otro se observa una representación o figura aparente del mismo. Esta representación puede producirse de forma sobrenatural, esto es, por intervención divina, o de forma preternatural, por intervención diabólica. Las supuestas bilocaciones de María comenzaron en el primer año de su profesión como religiosa. Se producían, principalmente, apenas acababa de comulgar.

Según los testimonios de la época, llegaron a contabilizarse cerca del millar. Las circunstancias siempre eran las mismas: el cuerpo quedaba algo elevado por espacio de dos o tres horas y tan aligerado de su propio peso que, un ligero soplo, lo movía como si de una pluma se tratase. Las compañeras de clausura de María hicieron tal propaganda de estos acontecimientos que tuvo que intervenir el provincial franciscano, fray Antonio de Villalacre, quien determinó que se trataba de experiencias sobrenaturales y, en ningún caso, demoníacas. Pese a todo, fue el propio Villalacre quien instó a la monja que pidiese a Dios el cese de tales exterioridades, circunstancia que tuvo lugar en 1623. A estos tres años de bilocaciones corresponde, según testimonios franciscanos, la milagrosa evangelización de los indios de Nuevo México, cuando tribus enteras de indios se aproximaron a los primeros frailes que se adentraron en esas tierras inexploradas, solicitando el bautismo.

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Ante la sorpresa de los religiosos, los indios respondieron que la evangelización la había hecho una mujer que, desde hacía tiempo, andaba por aquellos parajes predicando la doctrina de Cristo. No sabían su nombre ni su procedencia, tan sólo que era una mujer joven vestida de negro y con una toca azul. Las conversiones eran tantas y los indios se mostraban tan bien adoctrinados, que el custodio de la orden franciscana en Nuevo México, fray Alonso de Benavides, emprendió viaje a España, con la intención de encontrar a la autora de tan milagrosos sucesos. Benavides llegó a Madrid en agosto de 1630. Entregó un memorial (2) de lo acaecido en su custodia al monarca Felipe IV y al general de la orden franciscana, fray Bernardino de Sena, quien había tenido conocimiento de la existencia de María, ocho años atrás, cuando se había hecho famosa dentro de la orden, merced a sus fenómenos místicos.

Para fray Bernardino no cabía duda alguna: aquella joven encargada de evangelizar a aquellos indios remotos no podía ser otra que María de Jesús. De ahí que encargase a Benavides que se trasladase hasta Ágreda, a fin de tener una larga entrevista con la supuesta hacedora de milagros. La conversación entre María y Benavides tuvo lugar a finales de abril de 1631. Por ella, el custodio tuvo conocimiento de los numerosos “vuelos” que la monja había realizado a Nuevo México. “Vuelos” que habían comenzado once años atrás, en 1620, y que, en algunos casos, eran hasta tres diarios. Los resultados de la entrevista fueron recogidos en un informe que Benavides envió a los franciscanos de Nuevo México, bajo el título Tanto que se sacó de una carta que el reverendo padre fray Alonso de Benavides, custodio que fue del Nuevo México, envío a los religiosos de la Santa Custodia de la conversión de San Pablo de dicho Reino (Madrid, 1631) (3).

Además, el religioso franciscano consiguió una carta manuscrita de María, titulada Traslado de las razones que la bendita madre María de Jesús escribe a los dichosos Padres del Nuevo México (4), donde afirmaba haber viajado, por voluntad divina, a dichas provincias. Como era de esperar, los acontecimientos prodigiosos descritos por María y difundidos en forma de memoriales impresos por fray Alonso de Benavides despertaron las sospechas del Tribunal de la Santa Inquisición. En 1635 comenzaron las primeras actuaciones inquisitoriales, con la intención de indagar e informarse sobre los escritos y hechos portentosos que se contaban de la monja soriana (5).

En la Audiencia del Santo Oficio de Logroño se tomó declaración a una serie de religiosos cualificados sobre los arrobos y supuestas evangelizaciones de María. El informe final de estas investigaciones se presentó en Madrid el 8 de enero de 1649, ante una comisión especial formada por un jesuita, dos franciscanos y un agustino que, tras un examen detallado, decidieron someterlo al criterio de tres calificadores del Santo Oficio. Los tres expertos teólogos concluyeron que había que interrogar a María. Y, así, el 18 de enero de 1650, llegaban al convento de la Concepción de Ágreda fray Antonio Gonzalo Del Moral, calificador de la Suprema, y el licenciado Juan Rubio, notario encargado de certificar la autenticidad del interrogatorio.

Durante once días se sometió a María a ochenta preguntas, en sesiones de tres horas por la mañana y tres horas por la tarde. El veredicto final, emitido por el inquisidor general, tras examinar detenidamente el interrogatorio y oír el parecer del fiscal, fue claro: se aprobaba la santidad y ciencia sobrenatural de María, sin entrar en aspectos peliagudos, como era el posible caso de bilocación (6).

Quizás la recién nacida amistad entre María y el rey Felipe IV, amistad que se transformaría, con el paso de los años, en relación estrecha de confidencialidad, ayudó a la religiosa agredana a salir de un trance claramente comprometido para su integridad.

Este es, a grandes rasgos, el relato oficial de una historia, la de María de Jesús de Ágreda que, pocas décadas después de su muerte, cayó en el olvido, no siendo rescatado sino a finales del siglo XIX, cuando se aproximaba la conmemoración del tercer centenario de su nacimiento. Fue entonces (1885) cuando Francisco Silvela publica la correspondencia epistolar entre la monja agredana y el rey. Una correspondencia precedida de un voluminoso estudio introductorio, donde Silvela resaltaba su único propósito histórico y político, dejando de lado cualquier apreciación espiritual. Circunstancia que no le impedía, sin embargo, señalar lo excepcional de las respuestas que María había dado al interrogatorio inquisitorial de 1650. Ochenta respuestas que eran “verdadero comentario de su vida espiritual, nutrido de místicas enseñanzas y piadosas relaciones” (7).

Recién nacido el siglo XX se abren dos líneas de investigación, una española y otra norteamericana, que evolucionaron de forma independiente, paralela. En España, y para llenar el vacío dejado por Francisco Silvela, Eduardo Royo, presbítero y capellán de la comunidad concepcionista agredana, hace un estudio minucioso de las investigaciones inquisitoriales de 1650. Investigación cuyo original ha desaparecido, pero que tanto Silvela como Royo consultaron a partir de la copia conservada en el archivo de la Casa de Gor. Con esa información y todos los documentos disponibles en el convento soriano, Royo hizo una edición de obras completas de sor María, dedicando el volumen quinto a trazar un perfil biográfico de la autora (8).

En Norteamérica, por su parte, los intereses se centran en la labor misionera realizada por los franciscanos en los albores del siglo XVII. Una labor en la que María juega un papel clave, a tenor de los escritos dejados por aquellos primeros frailes que se aventuraron en aquellas tierras. Una actividad que proporciona los primeros datos de las naciones indias que habitaban en el suroeste de los Estados Unidos. Tierra colonizada y evangelizada desde el virreinato de Nueva España, a la par que comenzaban a llegar los primeros colonos ingleses, establecidos en territorios de la costa este (9).

Todo comienza en 1900, cuando Edward E. Ayer (1841-1927), magnate norteamericano del ferrocarril, propietario de una de las más impresionantes colecciones de libros y manuscritos sobre etnología e historia colonial americana, publica el memorial que Benavides había escrito en 1630, una de cuyas copias originales figuraba en su colección particular. Memorial que fue traducido, al inglés, por Emma Augusta Burbank, su esposa, y editado, con anotaciones de Frederick Webb Hodge, por Charles F. Lummis en The Land of Sunshine (10).

Hodge y Lummis, expertos en Americana, estudiosos de las razas indígenas estadounidenses, serán contratados, dieciséis años después, para hacer una edición exclusiva del mencionado memorial. Documento que será conocido, a partir de entonces, en medios académicos norteamericanos, como Ayer Memorial. Pese a ser una edición privada, Hodge envió un ejemplar a la Catholic Historical Review, la revista editada por la American Catholic Historical Association (ACHA), donde hacen la reseña oportuna. Apenas un año después, en el mismo órgano, se informa de un nuevo avance: Peter Guilday, sacerdote católico y profesor de Historia en la Catholic University of America, se ha hecho con una reproducción fotográfica de un nuevo Memorial, fechado en 1634 y dirigido a Urbano VIII, que pasa a ser conocido como el Propaganda Memorial, por encontrarse entre los fondos de Propaganda Fide (11).

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Habrían de pasar casi tres décadas para que se publicase toda la documentación relativa a Benavides y la evangelización de Nuevo México (12). De esta forma, desde mediados del siglo XX quedaba perfectamente trazada la visión actual de María, una monja que, merced a sus fenómenos místicos, se acaba transformando en misionera del Nuevo Mundo y en consejera regia del Viejo. Mientras que la labor consejera no ofrece mayor ambigüedad, la documentación que se conserva relativa a la evangelización americana apunta toda en una misma dirección: el uso de las exterioridades de María como reclamo misionero (13).

En algún momento, alguno de los muchos franciscanos involucrados en este asunto decidió urdir una trama que beneficiase los intereses misionales de la orden. Una trama que va desarrollándose en el tiempo, atendiendo a las circunstancias concretas y que, en última instancia, aprovecha quien fuera custodio de aquellas tierras, fray Alonso de Benavides, que utiliza, sin lugar a dudas, su estancia en Roma como confesor de Francisco de Melo para hacer llegar la milagrosa conversión de los indios novomexicanos a Urbano VIII. ¿Su objetivo? Obtener del Papa nuevos privilegios para aquellas misiones y, lo más interesante desde su punto de vista, promover la creación de un nuevo obispado, para el que él se postulaba como mejor candidato.

La posible bilocación de María es, a fecha de hoy, uno de los episodios más controvertidos de su biografía. Hasta el punto, que la Iglesia Católica no se ha manifestado aún al respecto. Tan sólo contamos con los testimonios escritos por los franciscanos así como la declaración que, intimidada por el General de su orden, se vio obligada María a confesar. Un testimonio del que sólo quedan los escritos de Benavides. Un testimonio que, con la amenaza de la Inquisición a las puertas de su convento, modificó sustantivamente, dejando las afirmaciones escritas por el franciscano misionero en simples suposiciones. María se enfrenta, sola, a los tres avezados teólogos que pretenden discernir cuánto hay de divino y cuánto de demoníaco en sus vuelos misionales.

Sola, María, sin el apoyo de quienes habían urdido un plan a todas luces interesado pero que, llegado el momento de la verdad, se desentendían de aquella a quien habían utilizado como mero peón de su estrategia. Y, en ese trance, se acuerda de Luisa de la Ascensión, la popularmente conocida como Monja de Carrión, que acabó sus días en las cárceles inquisitoriales, después de haber sido una de las religiosas más populares de toda la monarquía (14).

María es interpretada por sus contemporáneos y, tres siglos después, lo será por sus estudiosos. Hombres que, en todo caso, siempre intentan llevar el agua a su molino, sin preocuparse de ir más allá, sin molestarse de leer entre líneas, sin pensar en María como sujeto, no como objeto.

Tan sólo una mujer, Emilia Pardo Bazán, se aventura en una senda que parecía prohibida. Y se embarca en una más de sus aventuras, una más de sus polifacéticas actividades, destinada, en este caso, a recuperar la figura de María. Y lo hace en la Biblioteca de la Mujer, su proyecto editorial feminista (15), donde publica, en 1899, la Vida de la Virgen María según la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda, su propia adaptación de la Mística Ciudad de Dios escrita por María. Un texto que, según la monja agredana, le fue dictado por la Virgen María. Obra cumbre de la mariología, motivo de no pocas controversias entre teólogos europeos desde el momento mismo de su edición (1670), por su apoyo sin fisuras a uno de los dogmas marianos por excelencia, la inmaculada concepción.

Cuando Emilia Pardo Bazán decide recuperar la Mística Ciudad de Dios lo hace eliminando todo lo superfluo y barroco para un lector del siglo XIX, pues su objetivo era claro: resaltar la belleza de la narración hecha por María, su maestría en el arte de escribir. Una escritura que, en palabras de la gallega, por momentos, es pintura; por momentos, música. En el prólogo escrito para esta edición, Pardo Bazán se encarga de resaltar los méritos teologales de la Mística Ciudad de Dios. María, dice Emilia, es una teóloga. Afirmación clave. Por vez primera, la monja agredana deja de ser un objeto en manos de intérpretes.

Por vez primera, María es leída por sí misma, por sus propios atributos como escritora, más allá de cualquier interés creado: “Y advierto a los que necesitan que se les pongan sobre las íes unos puntos tamaños como obleas, que todo esto no lo digo en sentido místico solamente, y que si la Venerable de Ágreda es para los católicos una santa, para cualquiera es una mujer de las que rara vez producen los siglos” (16)

Monja teóloga. Dos palabras que, como el agua y el aceite, no se pueden mezclar. Así ha quedado de manifiesto, a lo largo de la historia de la Iglesia Católica: “La mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”, que dijo San Pablo, marcando las directrices que, durante siglos, han alejado a la mujer del ejercicio activo y la práctica teologal (17).

Emilia Pardo Bazán señala, por vez primera, la trascendencia de María como eminente teóloga. A través de las palabras finales de su prólogo marca el camino a seguir: hay que ver más allá de su faceta como religiosa, hay que analizar su papel como escritora/creadora. Hay que descubrir lo que, casi un siglo después, Josefina Ludmer define como las tretas del débil, esto es, los recursos utilizados por las monjas de la Edad Moderna, esas mujeres que descubren que saben a la par que conocen los riesgos que supone decirlo (18). “Las mujeres guarden silencio en las iglesias, porque no les es permitido hablar”, que les dijo San Pablo a los Corintios (19). Silencio hablado y silencio escrito que, como una losa, pesó sobre tantas y tantas mujeres. Silencio al que enfrentarse mediante tretas. Habrán de pasar más de cien años hasta que, esta vez sí, una teóloga de formación, recoja el testigo de Emilia Pardo Bazán y sitúe a María en el lugar que le corresponde. Una teóloga, Teresa Forcades, que en varios de sus escritos pone en valor el papel como teóloga feminista que le corresponde a la monja agredana (20). Teología feminista que significa reflexionar, de manera sostenida y sistemática, como mujer, sobre su propia fe. De la misma forma que existe una teología patriarcal, que ha considerado a las mujeres menos aptas para hablar de Dios que los varones, para presidir las ceremonias de culto o para dirigir las instituciones religiosas, ha existido, en paralelo, una teología feminista, encargada de rescatar a tantas y tantas mujeres que, desde el origen mismo de la Iglesia Católica, han ejercido un papel activo, aún a riesgo de su propia integridad. Mujeres entre las que se encuentra María de Jesús de Ágreda.

Hace dos décadas que me topé, por vez primera, con el Tratado de la redondez de la tierra. Aunque se trataba de un aspecto alejado, por aquellos entonces, de mis márgenes habituales como historiadora de la farmacia, había algo magnético en ese tratado. Y en su autora. Era la primera vez que me encontraba, frente a frente, en calidad de historiadora, con una mujer que escribía. Y no una mujer cualquiera, sino una monja. Y no sobre un tema cualquiera, sino sobre astronomía.

Dediqué dos años a buscar, sistemáticamente, buena parte de los manuscritos conservados sobre el dicho Tratado. Copias custodiadas en la Biblioteca Nacional de Madrid (21), en la Biblioteca de Castilla La Mancha (22), en la Biblioteca Capitular de Sevilla (23) y en la Biblioteca del Monasterio de San Lorenzo El Real de El Escorial (24). Viajé hasta Córdoba, en busca del original que, según la tradición, había llevado hasta allí fray Alonso Salizanes, general de la orden franciscana que asistió a María en su lecho de muerte. Búsqueda infructuosa pues, de haber estado entre los fondos catedralicios, ya no se encontraba.

A la par que acumulaba manuscritos leía, por vez primera, los trabajos de mujeres dedicadas a rescatar la memoria escrita de sus ancestras (25). Y me encontraba, dentro de mis muchas búsquedas en la Biblioteca Nacional de Madrid, con la edición de Emilia Pardo Bazán, cuyo prólogo leí y anoté, según dejé constancia en el cuaderno correspondiente, un 27 de agosto de 2003. Pero, entonces, yo veía con otros ojos. Mi objetivo primordial pasaba por demostrar la autenticidad del Tratado de la redondez de la tierra. Un tratado que, en 1762, la Sagrada Congregación de Ritos consideró falsamente atribuido a María. O así lo escribió Eduardo Royo.

Llegué, incluso, a transcribir una de las copias conservadas en la Biblioteca Nacional. Copia que acompañé del correspondiente aparato crítico y de un estudio introductorio donde exponía las razones que, según mi particular punto de vista, hacía de este curioso escrito agredano una obra auténtica. Pero nunca lo llegué a publicar. Y dejé aparcada mi labor de años, aunque nunca me olvidé de María (26).

Hace un año y medio que, cuestiones personales mediante, mi cabeza hizo clic y cambié mi forma de ver y entender la historia de las mujeres. Hace un año y medio que empecé a mirar con otros ojos. Y, aunque inicialmente mi ámbito de estudio se centró en el siglo XX, pronto empecé a tirar de un hilo que parecía no acabarse nunca. Fue así que llegué a terrenos conocidos, largamente transitados, los terrenos de la Edad Moderna tanto tiempo hollados. Y fue así que volví a María. Y volví de la mano de Juana Inés de la Cruz, para quien la monja agredana fue maestra teóloga.

La Biblioteca Histórica Marqués de Valdecilla conserva, entre sus magníficos fondos, todas las editio princeps de Juana. Obras que vieron la luz por el empeño de otra mujer, María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, condesa de Paredes y virreina de Nueva España, amiga íntima de la monja mexicana. Las búsquedas en bibliotecas y archivos siempre suelen deparar sorpresas. En el caso que me ocupa, no sólo encontré la influencia que María ejerció sobre Juana en uno de sus escritos teologales, los conocidos como Exercicios devotos, sino que me encontré con un manuscrito que, hasta entonces, no sabía que existía. Una copia más que añadir a mi colección de Tratados de la redondez de la tierra. Y aunque mi idea primera había sido escribir un artículo sobre estas dos teólogas, consideré que me debía, a mí misma, empezar exclusivamente por María.

Debía saldar esa cuenta pendiente entre ella y yo. Esta relación tan particular que nos viene uniendo desde hace dos décadas. Hace veinte años, cuando nada sabía de lo que ahora sé, vinculé el Tratado de la redondez de la tierra con la política misionera franciscana en el Nuevo Mundo. Me hice con una copia de Hodge, Hammond & Rey (1945), leí todos los documentos conservados en el archivo de Propaganda Fide y, para mí, fue evidente el tejemaneje urdido por fray Alonso de Benavides. Tejemaneje que sólo llegó a buen término por el apoyo de las altas instancias franciscanas, evidentemente.

Aquella joven María, agobiada por el protagonismo que despertaban sus fenómenos místicos, no tenía otra salida que aceptar las cosas que le iba proponiendo Benavides. Ahora bien, cuando, años después, en plena madurez, recibe la visita de la Inquisición, no duda en cambiar el discurso: “Del modo como esto fue, no me parece lo puedo decir. Si fue o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo asegurarlo” (27).

El Tratado de la redondez de la tierra se me figuraba como una obra escrita para explicar la gracia divina recibida, el poder que María recibió de Dios para trasladarse por toda la órbita terrestre y celeste, conociendo la grandeza del mundo, manifestación evidente de la grandeza divina. Y lo vinculaba con la labor misionera porque, en esos traslados escritos por María, figuraba América, aunque no había referencia precisa a su posible bilocación y posterior evangelización. Para mí, como la historiadora de la ciencia que era, que soy, el discurso de María se aproximaba mucho al de los filósofos naturales de la Edad Moderna. Un discurso que interpretaba el mundo a partir de la lectura de dos libros: el libro de Dios (la Biblia) y el libro de la naturaleza. En aquellos entonces, me gustaba pensar en María como profesora de secretos, capaz de discernir la razón última del mundo, su engranaje, su explicación oculta.

Otros profesores de secretos buscaban explicaciones, por ejemplo, en la alquimia. María hacía su propia interpretación ayudada por los seis ángeles que Dios puso a su servicio… seis ángeles, intermediarios únicos entre María y el Dios creador, ¿puede haber algo más parecido a los conceptos planteados por la magia natural renacentista? (28). Ahí radicaba, hace quince años, mi interpretación del Tratado de la redondez de la tierra. Hoy en día, sin embargo, mis intereses van por otros derroteros. Resulta fascinante poder mirar, con otros ojos, a viejas conocidas. Descubrir matices insospechados. Comprender que una es la historia hagiográfica y otra, muy diferente, la historia soterrada que debe buscarse entre líneas.

La verdadera historia que María escribió, camuflada posteriormente, debido a interpretaciones interesadas. Siempre me gusta decir que conocemos el final de la historia y esa circunstancia pesa, y de qué manera, sobre nuestras interpretaciones. Inicialmente, caí en el error de leer a María desde la postura de los teólogos y jerarcas franciscanos. Error en el que persistí durante años, sin acercarme siquiera a la mujer que escribía, sentía, pensaba, en su celda conventual. Hace un año (re)descubrí a Lola Luna, a quien ya había leído cuando empecé a interesarme por María aunque, entonces, no llamó mi atención.

Lola Luna era sevillana, doctora en Filología Hispánica, experta en Siglo de Oro. Su prematura muerte, en la primavera de 1994, nos privó de una gran especialista. Y fue hace un año, ya digo, cuando me encontré con la colección de estudios que sus dos grandes mentoras, Iris Zavala y Rosa Rossi, reunieron como postrer homenaje. Leyendo como una mujer la imagen de la mujer, decidieron titularlo.

Los estudios de Lola Luna me llevaron a replantearme la visión que yo tenía de María. Y fue así que, de bilocada evangelizadora, mi monja agredana se transformó en teóloga feminista ante mis ojos. Hay muchas formas de contar la historia de María aunque, en última instancia, se resumen en dos: una historia de intereses ajenos y una historia de intereses propios.

¿Por qué escribió María todo lo que escribió? Ese fue mi actual punto de partida, olvidándome de lo que ya sabía. Y los resultados no se hicieron esperar. Cambiando la perspectiva pronto se alejaron los intereses misionales de la orden a la que pertenecía, intereses exclusivamente masculinos, intereses ajenos, y empezaron a surgir, deslumbrantes, los verdaderos intereses de María. Intereses que pasaban por elaborar toda una Imitatio Mariae, un modelo femenino en el que reflejar, y reflejarse, su concepto de fe y divinidad. María transforma a María de Nazaret en el centro de su fe, haciendo de ella la ‘reina de la sabiduría’. Y pasa a elaborar, con sus escritos, toda una mariología heterodoxa, que será duramente atacada ya en el siglo XVII cuando, a través de las páginas de su Mística Ciudad de Dios, defiende el dogma de la inmaculada concepción, doscientos años antes de que fuera aceptado por la Iglesia Católica.

Mariología heterodoxa que, aún hoy en día, sigue sin ser del todo aceptada; de hecho, se ha transformado en el escollo insalvable que han encontrado los postulantes de su proceso de beatificación: “El Santo Oficio (1999) se ha pronunciado negando que halla errores en la Mística Ciudad de Dios, más ensombreciendo tal juicio con la afirmación de que la Mariología de la Mística Ciudad de Dios contrasta con la de los evangelios y con la del Vaticano” (29).

¿A qué fuentes heterodoxas se refiere el Santo Oficio? No lo indica, pero resulta evidente, a poco que leamos los textos agredanos. Además del propio dictado mariano, María acude, sistemáticamente, al Protoevangelio de Santiago, apócrifo ortodoxo donde encontramos toda suerte de noticias sobre la vida familiar de María de Nazaret. Protoevangelio que gozó de gran influencia en la piedad popular de la Edad Media, cuyo rastro puede observarse en obras tan conocidas como la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine o el Speculum historiale de Vicent de Beauvois.

A través de sus escritos, especialmente su obra cumbre, la Mística Ciudad de Dios, María nos presenta a una Virgen que, por libre voluntad, acepta transformarse en Madre de Dios. Una María de Nazaret, reina de los cielos, que dialoga de igual a igual con Dios. Dos principios creadores: Dios, o principio masculino, y Materia Primera, o principio femenino. Los dos ejes de la llamada doctrina de los dos infinitos, en boga durante los siglos XII y XIII (30).

María de Nazaret, que ni es, ni ha sido, ni será persona divina, no está subordinada a Dios. Dios no se encarna en María sin su sí libre. Es, tal y como relata María de Ágreda, el acto de amor libre y consciente de María de Nazaret el que posibilitó que de su corazón surgieran tres gotas de sangre, que descendieron a su útero y fueron el principio material y, a la vez, símbolo y expresión del amor de María. De otra forma, la encarnación no habría sido posible (31).Una María de Nazaret elegida, formada en una escuela destinada a alcanzar el conocimiento supremo, que está en Dios y al que se accede directamente, sin necesidad de mediación humana alguna, con la sola intercesión de los ángeles.

Así lo relata María de Ágreda, elegida, a su vez, para transmitir tal circunstancia: cumplidos los tres años, María debe ser llevada al Templo. Pocos días antes, su madre Ana había tenido una visión de la Divinidad, donde se le manifestó que había llegado el tiempo. Llegados al templo, Ana, seguida a prudente distancia por Joaquín, hace entrega de su hija a los sacerdotes: “La subida de este colegio tenía quince gradas, adonde salieron otros sacerdotes a recibir la bendita niña María (…). Los sacerdotes la recibieron y llevaron al colegio de las demás vírgenes; y el santo Simeón, Sumo Sacerdote, la entregó a las maestras, una de las cuales era Ana, profetisa. Esta Santa Matrona había sido prevenida con especial gracia y luz del Altísimo para que se encargase de aquella niña de Joaquín y Ana, y así lo hizo mereciendo por su santidad y virtudes tener por discípula a la que había de ser Madre De Dios y Maestra de todas las criaturas” (32)

Mientras que la profetisa Ana ya había sido advertida del misterio mariano, el sumo sacerdote permanecía ignorante: “El santo sacerdote Simeón, aunque por entonces no conoció el misterio encerrado en la niña María, pero tuvo grande luz de que era santa y escogida del Señor; y otros sacerdotes también sintieron de ella con grande alteza y reverencia. En aquella escala que subió la Niña se ejecutó con toda propiedad lo que Jacob vio en la suya, que subían y bajaban ángeles, unos que acompañaban y otros que salían a recibir a Su Reina; y en lo supremo de ella aguardaba Dios para admitirla por Hija y Esposa: y ella conoció, en los efectos de su amor que verdaderamente aquella era Casa de Dios y puerta del Cielo.” (33)

Ana, madre de María, encargada de llevar a su hija hasta la escuela, donde alcanzará el conocimiento divino. Ana, madre y maestra, origen del matrilineaje de Cristo. Madre de María de Nazaret, de María Cleofás, de María Salomé. Abuela de Cristo y de sus colaboradores más cercanos, sus primos hermanos, la Santa Parentela (34). Ana profetisa, que aparece en los evangelios canónicos, en el momento de la presentación del niño Jesús en el templo, encargada de hablar de ese niño divino a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. Mujeres. Mujeres marcando el devenir del Dios encarnado.

María de Ágreda elabora toda una genealogía femenina de saber divino. Sigue, en ese sentido, la estela comenzada, casi dos siglos antes, por la valenciana Isabel de Villena en su Vita Christi, novísimo testamento, alejado de los patrones patriarcales, donde cobran especial relevancia las mujeres, con una María de Nazaret reina y papisa (35). Estela continuada por la sevillana Valentina Pinelo con su Libro de las alabanzas y excelencias de la gloriosa Santa Ana, destinado a restaurar el matrilineaje de Jesús (36).

Con su Mística Ciudad de Dios María de Ágreda propone a María de Nazaret como modelo a imitar, convirtiendo el texto en una narración doble: la vida de María y la suya propia. Reflexión metanarrativa que, al preguntarse sobre el verdadero significado de imitar a María, refleja, cuatro siglos antes de que aparecieran, conceptos netamente feministas: “Hija mía, dedica esta obra a tus monjas nuestras súbditas, y de mi parte les dirás que se la doy por espejo en el que adornen sus almas y como tablas de la divina ley, que en ellas se contiene clarísima y expresamente. Por ello quiero que gobiernen y ordenen sus vidas, y para esto las exhorto y pido que la estimen, aprecien y escriban en sus corazones y jamás olviden.” (37)

Mujeres enseñando a mujeres. Escritura conventual. Escritura de mujeres. Los conventos, auténticas repúblicas femeninas. Y se me vienen a la mente los versos de Cristina Peri Rossi: “soberbias en su soledad y en el pequeño escándalo de sus vidas”… Mientras los hombres hablan de LA experiencia mística, las mujeres hablan de SU experiencia mística. Y es, en este punto, donde el Tratado de la redondez de la tierra cobra nuevo significado. El poder de la palabra. La palabra fecundadora.

María de Ágreda se escribe como elegida. Dios la eligió para mostrarle su grandeza creadora. Con la ayuda de seis ángeles va mostrándole la grandeza del universo, lo infinito de su creación. Ella, María, debe ascender, como María de Nazaret, por la escala de la perfección, el aprendizaje como elegida. Ella sola y Dios, con los ángeles como únicos testigos. El papel desempeñado por los ángeles resulta, de esta forma, altamente subversivo. Se elimina, así, cualquier intermediario humano, forzosamente masculino. Solos, Dios y María. Ciencia infusa, dicen confesores y teólogos. A través del proceso inquisitorial de 1650 conocemos algunos de los escritos de María vinculados con ese acceso al conocimiento superior. Tratados que fueron quemados en 1645 y 1647, si bien más tarde volvió a reescribirlos: “Uno que trataba del orden de la naturaleza y del conocimiento que tuvo de todo lo criado desde el centro de la tierra hasta el cielo empíreo, y lo principal que se contiene en la tierra haciendo como una escala por donde el alma suba al conocimiento de Dios y le dé culto, reverencia y alabanza. Otro que contenía el orden de la gracia y declaración de los tesoros y dones espirituales que Dios comunica a los viadores en este valle de lágrimas, y lo que contiene la Iglesia militante y qué es la Iglesia. Otro del orden de la gloria, que contenía todo lo que pertenece a la Iglesia triunfante, el orden de los ángeles y santos, y el premio que corresponde a sus merecimientos. Otro una teología mística con tres grados o modos de conocer a Dios. Otro una Escala para subir a la perfección y aprovechar en el camino de la virtud. Otro un libro que intitulaba Leyes de la Esposa del Señor y ápice de su casto amor. Otro un jardín espiritual para la vida del alma” (38)

El primero de los escritos mencionados es el Tratado de la redondez de la tierra. María lleva un plan detallado de escritura. Plan que, en los últimos años de su vida, describe con precisión, en la autobiografía que comienza a escribir. Se trata, según María, de siete tratados, entre los que cita: “Quinto tratado, el orden de la naturaleza humana que se me dio a conocer con el hábito de la ciencia; los orbes celestiales y elementales, desde el cielo empíreo hasta el centro de la tierra, y lo principal que en ella se contiene encaminándolo al conocimiento y servicio de su criador, con doctrinas provechosas” María escribió y reescribió, a lo largo de su vida, el conocimiento emanado de Dios. Conocimiento directo y conocimiento diferido, fruto de las muchas conversaciones que tenía con los seis ángeles que Dios puso a su servicio: “Un libro he escrito todo, que me lo van ellos respondiendo, yo preguntando; y esto que pongo aquí ha sido lo propio. Escríbolo porque me alienta mucho pasar los ojos por esta doctrina en mis trabajos y tribulaciones; y assi hago este libro para llevarle conmigo y tener un espejo de mirar” (39)

Un tratado cosmogónico. Un viaje por los orbes terrestres y celestiales, acompañada por seis ángeles… y pienso en el Iter Extaticum (Roma, 1657) (40) escrito por Athanasius Kircher. Una obra en la que el jesuita, profesor del Colegio Romano, acompañado por un ángel custodio, hace un recorrido muy similar al que María de Ágreda había relatado décadas antes. Obra que Kircher escribe para neutralizar la nueva cosmogonía nacida de las obras de Copérnico y Galileo (41)… e imagino a María, escribiendo sus tratados sobre ángeles, escalas de perfección y mundos celestiales. Tratados que son una clara apropiación simbólica del lenguaje del mundo por parte de una mujer que no quiere someterse a los hombres que la rodean, que se sabe y se siente libre, elegida, para alcanzar el saber divino. Una mujer que escribe para sí misma, como autoafirmación, pero también para sus monjas, siguiendo una genealogía femenina, un linaje de mujeres que, a imitación de María de Nazaret, eligen, con libertad, su comunión con Dios. La doctrina de los dos infinitos.

Los dos principios creadores, masculino y femenino. Sustancialmente diferentes, no complementarios, independientes. Por último, y a modo de colofón, un aspecto que no había sido tenido en cuenta: las propias creencias de aquellos indígenas que, a decir de los franciscanos, fueron evangelizados por María. Indios que, hasta la irrupción de los europeos, conformaban una sociedad matrilineal, cuyo origen mítico remontaban a dos hermanas creadas por el espíritu superior: “En el principio nacieron dos hermanas debajo de la tierra en un lugar llamado Shipapu. En completa oscuridad Tsichtinako, la Mujer Pensamiento, cuidó de las hermanas, les enseñó la lengua y dio a cada una de ellas una cesta que su padre Uchtsiti les había enviado, con semillas y fetiches de todas las plantas y animales que habrían de existir en el mundo […]. Las hermanas rezaron al Sol, y al estar haciéndolo la Mujer Pensamiento llamó a una de las muchachas Iatiku y la hizo Madre de la estirpe del Maíz; a la otra la llamó Nautsiti, Madre de la estirpe del Sol. ‘¿Por qué fuimos creadas?’, preguntaron. La Mujer Pensamiento contestó: ‘su Padre Uchtsiti hizo el mundo arrojando al espacio un coágulo de sangre, el cual, por el poder suyo, creció hasta convertirse en la tierra. Allí dentro las plantó a ustedes para que dieran vida a todas las cosas de sus cestas, a fin de que el mundo se complete y ustedes puedan mandar en él” (42)

¿Y si los franciscanos, conocedores de la mitología autóctona indígena, sabedores de que se hallaban ante una cosmovisión netamente femenina, utilizaron el reclamo de María de Ágreda, transformándolo en uno más de los tantos sincretismos propios del cristianismo? Como teoría resulta de lo más creíble (43). Comparándola con la propia visión que tiene María, con la genealogía femenina por ella trazada, con esos dos entes creadores, masculino y femenino, no deja de resultar sorprendente. ¿Mariología heterodoxa o cosmovisión indígena? En cualquiera de los casos, mujeres. Mujeres creando, mujeres enseñando. Mujeres.

Notas

1. Tan sólo ha sido reseñada por Isabel Herizo Peigneux D’Egmont, en Folio Complutense (“Mujeres en la Biblioteca Histórica: la Venerable Sor María de Jesús de Ágreda la Dama Azul”, 11/marzo/2015).

2. Memorial que fray Juan de Santander de la orden de San Francisco, Comissario General de Indias, presenta a la Magestad Católica del Rey Don Felipe Quarto nuestro Señor. Hecho por el Padre Fray Alonso de Benavides, Comissario del Santo Oficio y Custodio que ha sido de las Provincias y Conversiones del Nuevo México. Tratase en él de los tesoros espirituales y temporales que la divina Magestad ha manifestado en aquellas conversiones y nuevos descubrimientos, por medio de los Padres desta seráfica Religión. Madrid, Imprenta Real, 1630.

3. Impresa, por vez primera, en México, por Joseph Bernardo de Hogal, 1730.

4. Reproducida en PALOU, Francisco, Relación histórica de la vida y apostólicas tareasdel venerable padre fray Junípero Serra y de las misiones que fundó en la California Septentrional y nuevos establecimientos de Monterrey. México, Imprenta de D. Felipe de Zúñiga y Ontiveros, 1787.

5. PÉREZ VILLANUEVA, Joaquín, “Algo más sobre la inquisición y sor María de Ágreda. La prodigiosa evangelización americana”. Hispania Sacra, XXXVII (76), 1985, pp. 17-34

6 PÉREZ VILLANUEVA, Joaquín, “Sor María de Ágreda y Felipe IV: un epistolario en su tiempo”. En: GARCÍA-VILLOSLADA, Ricardo (dir.), Historia de la Iglesia en España. Madrid, Ed. Católica, 1979, 4, pp. 359-417.

7. SILVELA, Francisco, Cartas de la Venerable Madre Sor María de Ágreda y del Señor Rey Don Felipe IV. Madrid, Est. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra, 2 vols, 1885, p. 187. Estudio que, dos años después, se vio corroborado con el trabajo de SÁNCHEZ TOCA, Joaquín, Felipe IV y sor María de Ágreda. Estudio crítico. Madrid, Tipografía de los Huérfanos, 1887.

8. ROYO, Eduardo, Autenticidad de la Mística Ciudad De Dios y biografía de su autora. Barcelona, Herederos de Juan Gili, 1914.

9 AGUIRRE, Mª Carmen, “La acción de los franciscanos en Nuevo México”. Missionalia Hispanica, 12, 1955, pp. 429-482.

10. En concreto, en el número 13, correspondiente al mes de diciembre de 1900, pp. 277-290, 345-358 y 435-444.

11. En realidad, los documentos de Propaganda Fide relacionados con la evangelización de los indios de Nuevo México los había encontrado, diez años antes, Carl Russell Fish, profesor de Historia Americana en la Universidad de Wisconsin. Fosa había sido becado por la Carnegie Institution de Washington para buscar manuscritos relacionados con Norteamérica en los archivos italianos. El resultado de sus investigaciones lo público en forma de guía: RUSSELL FISH, Carl, Guide to the Materials for American History in Roman and Other Italian Archives. Washington, The Carnegie Institution, 1911. Cuando Peter Guilday vinculó la documentación de Ayer con los descubrimientos vaticanos de Fish, encargó las correspondientes copias fotográficas y puso a dos de sus discípulos, los reverendos Virgil G. Michael y John O’Hara a trabajar en ello. O’HARA, John, “The Benavides Memorials”, The Catholic Historical Review, 3(1), 1917, pp. 76-78.

12. Los encargados serían Frederick Webb Hodge, que llevaba más de media vida dedicado al asunto; George P. Hammond, experto en fundaciones españolas en América del Norte; y Agapito Rey, especialista en la herencia hispánica en los Estados Unidos: Fray Alonso de Benavides’ Revised Memorial of 1634. With Numerous Supplementary Documents Elaborately Annotated. Alburquerque, The New Mexico University Press, 1945.

13. BORGES MORÁN, Pedro, “La controvertida presencia de la M. Ágreda en Texas (1627-1630)”. En: La Madre Ágreda. Una mujer del siglo XXI, Soria, Universidad Internacional Alfonso VIII, 2000, pp. 25-59.

14. Las órdenes tengan gran interés en disponer de representantes de santidad femenina, de tal forma que divulgaban los prodigios y promovían su existencia. Ahora bien, cuando las cosas se ponían feas, no dudaban en abandonar a su suerte a la otrora defendida. Sobre los intereses divergentes de las monjas y sus superiores masculinos, centrado en el caso concreto de María de Agreda, ver BARANDA LETURIO, Consolación, “La función de la censura en la configuración de la religiosidad femenina del siglo XVII. Una propuesta”. En: ESTEVE, Cesc (coord.), Las razones del censor: control ideológico y censura de libros en la primera Edad Moderna. Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, 2013, pp. 161-175.

15. Según Emilia Pardo Bazán, la liberación de la mujer sólo podría conseguirse a través de una sólida y completa educación, tal y como se encargó de expresar en la conferencia que impartió en el Congreso Pedagógico celebrado en Madrid, en 1892. Una de sus mayores contribuciones a esta campaña educativa fue la publicación, en ese mismo año, de la Biblioteca de la Mujer, donde incluye trabajos tan importantes como La esclavitud femenina, de Stuart Mill o La mujer ante el socialismo, de August Bebel. CHARQUES GÁMEZ, Rocío, Los artículos feministas en el ‘Nuevo Teatro Crítico’ de Emilia Pardo Bazán. Alicante, Centro de Estudios sobre la Mujer, 2003 (la referencia a la Biblioteca de la Mujer en pp. 38-49).

16. Vida de la Virgen María según la Venerable sor María de Jesús de Ágreda (con prólogo de Emilia Pardo Bazán). Barcelona, Montaner y Simón Editores, 1899, p. 19.

17. 1 Timoteo 2: 11-12.

18. LUDMER, Josefina, “Las tretas del débil”. En: GONZÁLEZ, Patricia y ORTEGA, Eliana (eds.), La sartén por el mango: encuentro de escritoras latinoamericanas. Puerto Rico, Huracán, 1985, pp. 47-74.

19. 1 Corintios 14:34

20. FORCADES, Teresa, La teología feminista en la historia. Barcelona, Fragmenta, 2011 y FORCADES, Teresa, “Os dogmas marianos”, Encrucillada, 35, 2011, pp. 31-46.

21. Serrano Sanz recogió hasta diez de los doce ejemplares allí conservados: SERRANO SANZ, Manuel, Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas, desde el año 1401 al 1833. Madrid, Establecimiento Tipolitográfico Sucesores de Rivadeneyra, 2 vols, 1903, 1, pp. 571-601.

22. Diversos papeles y tratados que escrivio la Venerable Madre Sor María Jesús Abadesa en el Convento de la Purísima Concepción De la Villa de Ágreda, Ms. 288, ff. 146r-183vº.

23. SE-CAT sign. 56-3-8 y 56-3-9.

24. RBME h-IV-2 (1°).

25. Obras como Untold Sisters: Hispanic Nuns and Their Own Works (Alburquerque, 1989), de Electa Arenal y Stancey Schlau; Religiosidad femenina: expectativas y realidades (siglos VIII-XVIII) (Madrid, 1991), de Ángela Muñoz y María del Mar Braña o el volumen cuarto (La literatura escrita por mujer, de la Edad Media al s. XVIII) de la Breve historia feminista de la literatura española (en lengua castellana) (Barcelona, 1997), coordinada por Iris Zavala.

26. El Tratado de la redondez de la tierra ha sido publicado, en inglés, por Clark Colahan, profesor de Lengua y Literatura Españolas en el Whitman College (Walla Walla, Washington): The Visions of sor María de Ágreda. Writing Knowledge and Power (Tucson, The University of Arizona Press, 1994). Antes que Colahan, Jaime Marco Frontelo había presentado una comunicación en el Simposium La ciencia en el Monasterio de El Escorial, dedicada a los ejemplares que de este Tratado se conservan en la biblioteca escurialense: MARCO FRONTELO, Jaime, “Astronomía y salvación en la España de los Austrias: el Tratado de la mapa de sor María de Jesús de Ágreda”. En: CAMPOS Y FERNÁNDEZ DE SEVILLA, F. Javier, La ciencia en el Monasterio de El Escorial. San Lorenzo el Real de El Escorial, EDES, 2 vols., 1993, 1, pp. 651-666. Marco Frontelo hace un estudio internalista de la obra, en busca de conexiones de pensamiento entre el Tratado y el resto de la producción escrita de sor María. Colahan, por su parte, supone que, a la luz de sus escritos autobiográficos, sor María adquirió durante su niñez conocimientos cosmográficos a través de la lectura y los plasmó en papel en una primera versión del Tratado. Años después pudo modificar, ampliar y pulir aquel relato juvenil, como consecuencia de las segundas revelaciones cosmográficas de la edad madura.

27. ROYO (1914), p. 136.

28. La bibliografía sobre magia natural renacentista es lo suficientemente amplia como para llenar varias páginas, de ahí que remita a quien considero el mayor experto en la materia, Carlos Gilly y su Magia, alchimia, scienza dal ‘400 al ‘700: l’influsso di Ermete Trismegisto. Firenze, Centro Di, 2 vols., 2002.

29. MENDÍA, Benito y ARTOLA, Antonio M., El proceso eclesiástico de la ‘Mística Ciudad de Dios’ de la Ven. M. Maria de Jesús de Ágreda. Città del Vaticano, Pontificia Academia Mariana Internationalis, 2015, p. 11.

30. RIVERA GARRETAS, María-Milagros, “Los dos infinitos en Teresa de Cartagena, humanista y mística del siglo XIV”. Miscelánea Comillas, 69, 2011, pp. 247-254.

31. FORCADES I VILA, Teresa. “Los dogmas marianos. El futuro de la experiencia cristiana”. Selecciones de Teología, 203, 2012, pp. 209-217 (pp. 210-212).

32. PARDO BAZÁN (1899), pp. 46-47.

33. PARDO BAZÁN (1899), p. 47.

34. LUNA, Lola, “Santa Ana, modelo cultural del Siglo de Oro”. Cuadernos Hispanoamericanos, 498, 1991, pp. 53-64.

35. GRAÑA CID, María del Mar, “Mariología, reginalidad y poder en Isabel de Villena. Una teoría política del siglo XV”. Mirabilia, 22(1), 2016, pp. 96-127.

36. LUNA, Lola, “Sor Valentina Pinelo, intérprete de las Sagradas Escrituras”. Cuadernos Hispanoamericanos, 464, 1989, pp. 91-103.

37. FERRÚS ANTÓN, Beatriz, “Mayor gloria de Dios es que lo sea una mujer… Sor María de Jesús de Ágreda y sor Francisca Josefa de la Concepción del Castillo (sobre la escritura conventual en los siglos XVI y XVII)”. Revista de Literatura, LXX (nº 139), 2008, pp. 31-46 (p. 41).

38. ROYO (1914), pp. 212-213.

39. FUENTE FERNÁNDEZ, Francisco Javier, “Obras inéditas de sor María de Jesús de Ágreda: el Jardín Espiritual”. En: VIFORCOS MARINAS, María Isabel y PANIAGUA PÉREZ, Jesús (coords.), I Congreso Internacional del Monacato Femenino en España, Portugal y América, 1492-1992. León, Universidad de León, 2 vols., 1993, 2, pp. 221-236.

40. [BH DER 16095].

41. ROWLAND, Ingrid D., “Athanasius Kircher’s Guardian Angel”. En: RAYMOND, Joad (ed), Conversations with Angels. Essays Towards a History of Spiritual Communication, 1100-1700. London, Palgrave MacMillan, 2011, pp. 250-270.

42. GUTIÉRREZ, Ramón A., Cuando Jesús llegó, las madres del maíz se fueron. México, FCE, 1993, pp. 35- 36.

43. FERRÚS ANTÓN, Beatriz, “La dama azul: mito de fundación”. En: COTS VICENTE, Montserrat y MONEGAL, Antonio (coords.), Actas del XVII Simposio de la Sociedad Española de Literatura General y Comparada. Barcelona, Servicio de Publicaciones de la Universidad Pompeu Fabra, 1, 2010, pp. 253-260.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Editado originalmente en "Pecia Complutense". 2017. Año 14. Num. 27. pp. 49-64, y reproducido en TheCult.es con licencia CC Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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