"Cuando los mundos chocan" (1933), de Philip Wylie y Edwin Balmer

"Cuando los mundos chocan" (1933), de Philip Wylie y Edwin Balmer Imagen superior: ilustración de Fortunino Matania.

Resulta curioso lo poco que aparece nombrado Philip Wylie en las enciclopedias de ciencia ficción a pesar de su larga y prolífica carrera. Trabajó como guionista en Hollywood, escribió algunas novelas de ciencia ficción de éxito y varios libros para el público generalista (algunos de ellos, como Generación de víboras, atrevidamente iconoclastas y polémicos). Quizá porque nunca consiguiera distinguirse lo suficiente en ninguna de estas vertientes sea la razón por la que apenas se le recuerde hoy en día.

¿Por qué entonces deberíamos recuperar su nombre en este espacio? Su mayor éxito en el género fue sin duda el guión que realizó para La isla de las almas perdidas (1932) adaptando la novela de H.G. Wells La isla del doctor Moreau (1896). Éste expresó el profundo disgusto que había experimentado al ver su compleja alegoría convertida en una historia de terror poco sutil. Sin embargo, contemplada independientemente de su fuente, el suspense de la película funciona bien y hoy está con toda la razón considerada un clásico de la ciencia ficción. Posteriores adaptaciones en 1977 (Don Taylor) y 1996 (John Frankenheimer) realizaron versiones más complejas del libro de Wells incorporando algunos de sus aspectos más oscuros. Ambas fracasaron en el intento.

Además de en otros films menores hoy ya olvidados, Wylie también colaboró con R.C. Sheriff en la escritura del guión de El hombre invisible (1933), de James Whale, pudiendo responsabilizarle quizá del tono irónico de la cinta.

Wylie gozaría de mayor estima hoy si Hollywood hubiera hecho un mejor trabajo adaptando sus novelas de ciencia ficción. Gladiador (1930) fue un relato pionero sobre el concepto de superhombre y antecesor de todo el género superheróico en los comics. En la pantalla, por desgracia, acabó convertida en 1938 en una burda comedia rápidamente olvidada. Por otra parte, Cuando los mundos chocan, coescrita con Edwin Balmer (ingeniero, editor y escritor de segunda fila), iba a ser adaptada a la pantalla por Cecil B. DeMille pero terminó siendo realizada de forma irregular por el mucho menos competente Rudolph Mate en 1951.

Esta última novela, un clásico del género apocalíptico y serializada en la revista Blue Book el año anterior, comienza con el descubrimiento de un astrónomo sudafricano, Sven Bronson de un par de planetas errantes cuya trayectoria les sitúa en rumbo de colisión contra la Tierra. Uno de ellos, el gigante gaseoso Bronson Alpha, chocará contra nuestro planeta provocando el final de toda vida. Sin embargo, existe una pequeña esperanza: el otro planeta, Bronson Beta, es casi idéntico a la Tierra y puede que incluso habitable. La mecánica celeste apunta a la posibilidad de que la colisión de Alpha con la Tierra aleje a Beta relativamente intacto y lo sitúe en una órbita compatible con la vida.

Ante la incredulidad general ‒gobiernos incluidos‒ sólo un millar de personas (científicos, aventureros y financieros) dan crédito a Bronson. Dirigidos por Cole Hendron forman la Liga de los Últimos Días con la misión de construir grandes cohetes que, como nuevas Arcas de Noé, puedan transportar a Beta a cierto número de ellos, animales diversos y equipo suficiente, asegurando de esta forma la supervivencia del Hombre como especie.

Dos apocalipsis se suceden: la primera cuando Alpha se aproxima a la Tierra, desatando todo tipo de cataclismos que devastan las ciudades y empujan a las multitudes a la histeria y la violencia. La Luna resulta destruida; la civilización se colapsa y el hombre se convierte en un mero animal desesperado por sobrevivir y ajeno a cualquier principio moral. Wylie y Balmer describen con notable precisión las consecuencias sociales del acontecimiento. Aquellos que intervienen en la construcción de las naves no sólo deben hacer frente a los desafíos tecnológicos que presenta el problema de transportar miles de toneladas y salvar el vacío interplanetario, sino impedir que las hordas de desesperados encuentren y destruyan sus instalaciones.

La atención que se presta a los vehículos espaciales y la selección de sus ocupantes demuestra que los autores reflexionaron acerca del inmenso reto que supondría la colonización y terraformación ‒aunque entonces no existía ese término, inventado posteriormente por el escritor de ciencia ficción Jack Williamson‒ de un nuevo planeta hasta ese momento desprovisto de vida: los procesos biológicos que permiten la creación de suelo fértil, la imprescindible biodiversidad en la forma de plantas e insectos... Son este tipo de detalles los que otorgan cierta solidez y convicción a la novela.

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Las Arcas, por supuesto, están alimentadas por la admirada energía nuclear. Es preciso recordar que la novela fue publicada bastante antes de que el poder del átomo fuera aprovechado por primera vez, así que los autores jugaban con una simple teoría aún por comprobar. De la misma forma, pasarían muchas décadas antes de que se recogieran evidencias de que, efectivamente, existen cuerpos planetarios vagabundos, libres de las cadenas gravitatorias de una estrella. Cuando los mundos chocan fue la primera obra de ficción en utilizar como recurso dramático estos planetas errantes.

El segundo y definitivo apocalipsis llega ocho meses después, cuando Alpha regresa tras su viaje alrededor del Sol y colisiona finalmente con la Tierra. Antes de la destrucción final, sólo dos de las naves construidas consiguen despegar con éxito de nuestro planeta con los supervivientes del proyecto de Hendron. Consiguen aterrizar en Beta -aunque al carecer de contacto por radio, ambas asumen que la otra ha sido destruida- y descubren no sólo que el planeta es habitable, sino señales de una civilización extinta millones de años atrás.

El destino de esos últimos hombres en Bronson Beta se narra en la secuela, aparecida en formato de libro ‒tras su correspondiente serialización en Blue Book‒ un año después, Tras los mundos chocan (After Worlds Collide, 1934). Los pioneros establecerán una colonia, descubrirán más rastros de la antigua cultura urbana alienígena y reproducirán, individual y colectivamente, las mismas equivocaciones que lastraron la vida en la Tierra: celos, lucha por el poder, enfrentamientos políticos, violencia...

De calidad inferior a su predecesora, Tras los mundos chocan recuerda mucho al tipo de relatos que Edgar Rice Burroughs solía escribir en serie y aunque contiene algunos planteamientos interesantes y un suspense creciente, su resolución es abrupta y decepcionante.

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Ambas novelas son, por supuesto, productos de su tiempo. Por ejemplo, aunque en el argumento hay más mujeres de lo que solía ser habitual, aparecen claros rasgos de sexismo y racismo. El nombre de la (única) protagonista femenina es Eva, lo que deja bien claro cuál es su misión en toda esta historia: convertirse en madre del primer nacido en el nuevo mundo y progenitora de la "nueva" civilización. De hecho, en un destello de esperanza tras numerosas tribulaciones y desengaños, el libro finaliza con el anuncio de su embarazo.

También la política de la ficción refleja la realidad o lo que ya se estimaba se convertiría en ella: los villanos de la segunda novela provienen de la Unión Soviética ‒el miedo al bolchevismo ya hacía años que permeaba la sociedad norteamericana‒; pero sus aliados incluyen alemanes y japoneses, una sombra premonitoria de lo que esperaba a la vuelta de unos años. Los "asiáticos" que se establecen en Beta, por su parte, fundan colonias semejantes a hormigueros, en los que la comunidad lo es todo en detrimento de la libertad individual.

Cuando los mundos chocan es el relato típico de la época pulp de la ciencia ficción, de prosa floridamente acartonada (aunque la segunda parte es menos pomposa), gran dramatismo, escasa caracterización y endebles aunque bienintencionados planteamientos científicos. Y aunque no fue ni mucho menos la primera novela de catástrofe planetaria (recordemos, sin salir de este espacio, En los días del cometa, Hector Servadac, La nube púrpura, El segundo diluvio… ) sí fue una de las más influyentes en los años venideros. Inspiró la creación de Flash Gordon (1934); Jerry Siegel y Joe Shuster tomaron de él algunas ideas y las mezclaron con elementos de Gladiador para crear Superman (1938); y, por último, en 1951, ya lo hemos mencionado arriba, Hollywood realizó una adaptación del relato haciendo uso de espectaculares efectos visuales ‒que no contribuyeron a hacer de él un film destacable‒. Solo por esto, el libro ya se hace merecedor de unas líneas que lo reseñen.

Para amantes de la ciencia ficción añeja, de estilo literario quizá algo cargante pero rica en entusiasmo, energía, emoción y ritmo.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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