El cumplesiglos de Karl Marx

El cumplesiglos de Karl Marx Imagen superior: Kollege Mostrich, CC.

En estos últimos doscientos años, Marx ha gozado de una popularidad cercana al folclore, es decir que ha terminado padeciéndola. Hoy, el adjetivo marxista es sólo traslúcido para los miembros de una determinada secta que se declara tal o para la policía de algún país que pretenda librarnos del marxismo. Por lo demás, internarse en Marx y sus derivas es una fascinante exploración, aunque la densidad de sus vegetaciones resulte a menudo asfixiante.

En parte, esta consecuencia proviene del propio Marx y de su fraterno acompañante Engels. Si volvemos a los estudios de La ideología alemana y Miseria de la filosofía, advertimos que Marx no fue lo que se dice un intelectual tolerante. Allí ningún títere conserva su cabeza. No hay adversarios de los cuales obtener nada sino enemigos a derribar. Esta característica impregna hasta nuestros días a las izquierdas más o menos marxistas, siempre atentas a las infidelidades y errores de los compañeros más que a las trapacerías de las derechas. En cualquier caso, la cultura, las sutilezas del pensamiento y la elegante eficacia de la escritura, hacen de Marx un personaje ineludible en la historia filosófica de Occidente. Otras cosa son sus apreciaciones y profecías económicas, que me quedan fuera de caja.

Lo interesante del caso es que, según ocurre con cualquier clásico, Marx nos dice cosas diversas en función de la clave o el código de lectura con que lo abordemos. Por mi parte, creo que le caben al menos tres intentos:

Uno: El marxismo es una antropología del hombre como animal que trabaja, que labora y elabora el mundo de la naturaleza, convirtiéndolo en historia. Genera modos de producción que son técnicas productivas pero también relaciones laborales, es decir vínculos humanos. Cuando el modo y las relaciones resultan incompatibles, sobrevienen las condiciones para una revolución, que siempre consiste en sustituir una clase dominante por otra. Estamos ante una filosofía de la historia.

Dos: El marxismo es la ciencia natural de los modos de producción, como se define al acabar el primer tomo de El Capital. En este sentido, Marx queda afiliado –y Engels, mucho más decididamente– al positivismo y saca de la historia a la economía, llevándola al mundo de la naturaleza, cuyas leyes son ineluctables. El marxista sería el hombre de ciencia que debería estudiar y esclarecer estas leyes para iluminar las conciencias.

Tres: El marxismo es una dialéctica, o sea un método para pensar la vida social como un juego de contradicciones creativas. Ciertamente, hay en la historia humana una estructura permanente y reiterante, que es la lucha de clases, pero en ella el oponente es esencialmente necesario al agente, el dominante al dominado, el burgués al proletario. Aún más: el modelo revolucionario es, para Marx, el de la revolución burguesa que convierte al capitalismo en hegemónico del mercado mundial a partir del capitalismo financiero bajomedieval.

¿Con cuál marxismo nos quedamos? Tal vez lo mejor es quedarse con los tres y hacerlos dialogar. La otra posibilidad es siniestra y consiste en acallar al disidente llevándolo al paredón de fusilamiento. Allí darán vivas a Marx tanto los del pelotón que dispara como los ajusticiados que caen fusilados. Marx, que detestaba la acción directa callejera y las guerras de los militares, saldrá una vez más indemne.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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