Fantasmas de la radio. Esoterismo electromagnético y tecnologías de la comunicación

Fantasmas de la radio. Esoterismo electromagnético y tecnologías de la comunicación Imagen superior: "The Radio Planet" (1926), de Ralph Milne Farley (seudónimo de Roger Sherman Hoar).

La inserción social de las tecnologías de la comunicación ha venido acompañada de toda clase de expectativas, incluso de carácter fantástico o sobrenatural. En este trabajo se repasan dos de las fantasías que cuajaron con la llegada del telégrafo y de la radiofonía: la confianza en su poder para comunicarse con los muertos en una primera fase, y con seres extraterrestres posteriormente. Se pretende con ello contribuir a una historia de la comunicación atenta a los fenómenos creados en la interacción de los imaginarios culturales y la innovación técnica.

1. Introducción: una historia ignorada

En las historias de la comunicación de raigambre iluminista, cada innovación viene a facilitar el acercamiento entre las personas, propagar las luces del conocimiento y, en última instancia, contribuir al progreso de la humanidad. Pero existe otra historia, habitualmente soslayada, que nos enseña que ninguna tecnología se introdujo sin verse envuelta en expectativas arraigadas en tradiciones culturales que una mirada positivis­ta tacharía sin vacilar de “irracionales”.

Pasarlas por alto no resultaría problemático de tratarse de fenómenos marginales, anacronismos efímeros, supervivencias únicamente sostenidas por grupos social y culturalmente insignificantes. Pero si tales aberraciones hubiesen tenido una envergadura imposible de ignorar, su omisión sólo sería posible a costa de una mutilación del objeto de estudio de las ciencias de la comunicación, y en particular, de los usos y efectos mediáticos. Tal es el caso que nos ocupa: algunas de las irracionalidades abrazadas por las audiencias en distintos momentos del desarrollo de los medios constituyeron in­negables acontecimientos masivos. Más aún, uniéndolas a todas se discierne un hilo rojo conductor: la refutación de cualquier premisa acerca de su carácter esporádico y aislado. Se hace preciso, por consiguiente, restituir esos episodios a una historia social y cultural, junto con las categorías analíticas que los hagan comprensibles.

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Imagen superior: Thomas Alva Edison.

Un rápido repaso histórico nos apercibe que, desde el inicio, a las tecnologías de la comunicación se les adhirieron nociones sobrenaturales o fantásticas. La llegada del telégrafo ofrece un testimonio elocuente. A primera vista, el transmisor de señales ideado por Samuel Morse en 1832 nada tenía en común con el espiritismo, una corriente mística de enorme popularidad en el siglo XIX.

Sin embargo, como Richard Noakes (1999) mostró en su estudio sobre las relaciones entre la telegrafía y el ocultismo en la Inglaterra victoriana, numerosos proyectos de ingeniería se basaban en una amalgama de espiritismo y tecnología. Las correlaciones eran llamativas: los puntos y rayas del innovador dispositivo tenían un eco espectral en los golpecitos con los que los espíritus se expresaban a través de las famosas médiums estadounidenses, las hermanas Fox.

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Por añadidura, el órgano del movimiento espiritista se llamaba The Spiritual Telegraph. Tan obvia parecía la conexión que, años más tarde, Thomas Watson, el colaborador de Alexander Bell, la formuló con una analogía al decir que, así como “el telégrafo transforma los pulsos eléctricos en los ‘tacs’ del código Morse, el médium convierte en golpes las radiaciones energéticas de los difuntos.”

Ese esoterismo electromagnético tenía por sustrato profundo un complejo de creen­cias míticas relativas a la electricidad y al electromagnetismo, venerados como principios vitales [1] (así lo recoge gráfica­mente la novela Frankenstein, escrita en 1817 por Mary Shelley, en donde el mons­truo cobra vida tras recibir una serie de descargas eléctricas) [2].

A través de la telegrafía —y también de la fotografía— la sociedad de la época buscaba con denuedo reestablecer el ligamen con los muertos, cercenado de forma irrevocable por la secularización (la “crisis de la muerte” mentada por Barthes), correlato en el plano individual de la ruptura con la tradición y el pasado causada por la Modernidad (Kosellek, 1993: 333 ss).

En este trabajo exploraremos dos de las fantasías cristalizadas años más tarde en torno a la radiofonía. Ambas tuvieron difusión más o menos en la misma coyuntura histórica: inmediatamente después de que Guglielmo Marconi inventase la ‘telegrafía sin hilos’ (circa 1897). Una de ellas se expresó en la expectativa de una comunicación radiofónica con seres del espacio exterior; la otra cobró la forma de contactos con la ultratumba (el propio Thomas Edison declaró en una entrevista publicada por Scientific American el 20 de octubre de 1920, que si los espíritus quisiesen hablar con los vivos, les resultaría más práctico hacerlo a través de las ondas electromagnéticas que con los rudimentarios golpes en la mesa o el tablero Güija).

En uno y otro caso, las ilusiones movilizadas por el imaginario concernían a lo que estaba más allá en sentido físico o metafísico, los otros mundos o el Otro mundo: otredades inaccesibles que las ondas herztianas parecieron poner al alcance de oyentes y radioaficionados.

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Imagen superior: portada del número de diciembre de 1913 de "The All-Story magazine", que incluía la primera entrega de "Guerreros de Marte", de Edgar Rice Burroughs.

2. El espejismo marciano

Comenzaremos por examinar las prácticas y discursos generados en relación a la posibilidad de contacto radiofónico con los habitantes de otros planetas. Antes de entrar en tema se hace preciso recordar que el marco cultural en el que irrumpió la radiofonía, a fines del siglo XIX, se distinguía por una extendida creencia en la existencia de vida extraterrestre.

Las especulaciones sobre la presencia de vida en la Luna u otros astros se remontan a la Antigüedad, pero fue en la Edad Moderna cuando, al compás del avan­ce astronómico, se abrió un prolongado debate que implicó a las mejores mentes de la época. Fontenelle, Huygens, Laplace, fueron algunos de los sabios que defendieron la tesis de la pluralidad de mundos habitados (Crowe, 1986).

Tan firme era esa convicción que en 1820, Karl Gauss, el reputado matemático y astrónomo alemán, propuso diseñar una enorme señal con forma de triángulo recto plantando pinos en Siberia.

Las iniciativas de ese tipo se sucedieron: en 1840, Joseph von Littrow, director del Observatorio de Viena, sugirió muy seriamente cavar en el Sahara una fosa de 30 kilómetros de diámetro, llenarla de kerosén y encenderla con el obje­tivo de emitir una señal al Cosmos; y guiado por idéntico objetivo, en 1869, el francés Charles Cros planteó reflejar la luz solar con un inmenso espejo y dirigirla contra las arenas de Marte (Crowe, ob. cit. pp 204 ss).

En 1877, el foco de la atención se centró definitivamente en el planeta rojo. Ese año se produjo uno de los más curiosos errores científicos de la historia: el “descubrimiento” de los canales marcianos. El astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli creyó ver la superficie de Marte surcada por líneas, a las que llamó canali, vale decir, canales geográfi­cos, aunque por un error en la traducción el término fue volcado al inglés como canals (canales artificiales). La confusión involuntaria dio pié al supuesto de que sus autores pertenecían a una especie superior, capaz de empequeñecer los mayores logros técni­cos de la humanidad.

En esa línea de especulaciones, el astróno­mo estadounidense Percival Lowell aven­turó en 1894 que se trataba de canales construidos con la función de irrigar los desiertos con el agua de los casquetes po­lares. Y aunque la astronomía oficial negó todo crédito a semejantes conjeturas, el imaginario popular no tardó en consagrar a Marte como el hogar por antonomasia de los extraterrestres avanzados [3].

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En ese contexto se produjo el sensacional anuncio de Heinrich Hertz de que las on­das eléctricas podían propagarse por el es­pacio. En 1901, Marconi logró “domesticar” tales ondas al transmitir una señal a través del Atlántico. De inmediato se especuló con que quizás los marcianos llevaban siglos in­tentando comunicarse con los terrícolas sin ningún éxito, debido a nuestro atraso tecno­lógico. Ahora, se razonaba, la brecha se había cerrado. La primera prueba de ello la aportó el inventor Nikola Tesla, cuando la antena de su laboratorio en Colorado (Estados Unidos) captó unas raras señales, que él interpretó como los saludos de un planeta a otro.

No era el único en sostener cosas del esti­lo: el antes citado Watson atribuyó el rui­do de los circuitos telefónicos a “corrien­tes procedentes de las explosiones solares o señales de otro planeta.” En 1921, Marconi aseguró haber registrado las emisiones procedentes de una civilización del espacio exterior mientras experimen­taba con ondas largas. En 1923, Tesla se reafirmó en sus dichos y declaró haber “obtenido una extraordinaria evidencia de la existencia de vida en Marte. Con un re­ceptor inalámbrico capturé señales que significaban 1-2-3-4. Creo que los marcia­nos usan números para comunicarse, por­que las cifras son universales.”

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3. La experiencia de contacto interplanetario de 1924

Las expectativas esbozadas por los pioneros de la radiofonía no cayeron en saco roto y cuajaron en una de las iniciativas más notables de la historia del medio. En aquella fase temprana de la radio se había constituido una vasta comunidad internacional de aficio­nados, deseosos de explorar el fascinante y aún desconocido universo de las ondas con sus equipos caseros. En el verano de 1924, los radiooperadores de varios países tuvieron la inesperada oportunidad de mancomunar sus esfuerzos en el intento por contactar con los moradores de Marte.

El disparador fue la previsión de que el 24 de agosto de ese año, el planeta rojo y la Tierra se hallarían a la distancia más corta del último siglo. De la expectación reinante en Estados Unidos da testimonio un artículo publicado en el Herald Tribune el 6 de julio: “En América ultiman los preparativos para enviar un mensaje a los marcianos. Se calcula que las estaciones eléctricas del río Niágara bastarán para ese propósito, y si los marcianos son tan inteligentes como muchos creen y reciben el mensaje, lo entende­rán sin dificultad. El problema lo tendremos para comprender la señal que nos envíen, salvo que manejen bien el Morse”.

El entusiasmo se salió de madre al aproximarse la jornada en que el planeta rojo pasaría a tan solo 55.7 millones de kilómetros. Pese a lo dicho por el Tribune, no se emitieron mensajes, pues se dudaba de la potencia de las estaciones terrestres. Las energías se concentraron en preparar la recepción de las señales marcianas. Y como cada aparato de radio podía funcionar como un potencial detector, a los aficionados se les abrió un amplio campo de participación.

Y no sólo a los aficionados. En el resumen de los hechos ofrecido por White (2000) se aprecia que la expectación popular se contagió a las más altas instancias. David Todd, ex jefe del Departamento de Astronomía de la universidad Amherst, propuso estable­cer intervalos de silencio radiofónico para facilitar la audición y convenció al gobierno estadounidense de que apagase sus transmisores de alta potencia cinco minutos cada hora entre el 21 y el 23 de agosto; en las pausas, él grabaría cualquier señal que capta­se su receptor de ondas largas. Se declaró en consecuencia un Día Nacional de Silencio Radiofónico.

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Imagen superior: Camille Flammarion en su observatorio astronómico de Juvisy, en torno a 1880.

El general Charles Saltzman ordenó a las bases militares vigilar cualquier señal inusual, y el almirante Edward W. Eberlen, Jefe de Operaciones Navales, hizo lo propio en su área, aparte de colocar un radiorreceptor a bordo de un dirigible, con la intención de obtener señales más nítidas a 3.000 metros de altura. El imaginativo Todd sugirió además llenar de mercurio el socavón de una mina chilena abandonada y de ese modo disponer de un reflector parabólico con el que enviar un rayo a Marte cuando cruzase el firmamento, pero esta vez no le hicieron caso.

La certeza de que Marte se comunicaría con la Tierra puso sobre la mesa la inevitable cuestión práctica: ¿cómo interpretar sus señales? ¿Vendrían en una lengua alienígena, en clave musical o matemática? Otro militar de alto rango intervino solícito: William F. Friedman, Jefe de la Sección de Códigos de la Armada, dispuesto a descifrar cualquier mensaje extra­terrestre.

El día señalado, diversos aficionados alertaron de la recepción de extrañas señales. Radiooperadores de Vancouver (Canadá) dijeron haber recibido cuatro series de rayas en grupos de cuatro, de forma y origen no identificado. En Londres, un equipo de 24 válvu­las armado para la ocasión capturó notas estridentes de fuente desconocida; e ingenieros de Nueva Jersey distinguieron sonidos parecidos en la misma longitud de onda.

Una vez analizados los registros, se concluyó que todo lo que Todd y sus voluntarios escucharon fue una sinfonía de ruidos bizarros, en modo alguno ultraterrestres. El operador londinense dedujo que había captado una combinación de sonidos atmosféricos y heterodinos. Las señales de Vancouver resultaron provenir de un radiofaro utilizado en navegación fluvial.

Cundió la frustración, aunque Camille Flammarion, el astrónomo francés, procuró aliviarla diciendo que la superioridad de los marcianos les permitiría dirigirse telepáticamente a los terrícolas en cualquier momento. El New York Times proclamó que “los hombres no deberían cejar nunca en sus intentos de establecer co­municación con Marte” (White, ob. cit.).

Que el episodio reflejaba algo más que una excentricidad de los anglosajones lo acre­dita el estreno ese año de un film soviético, una de las primeras obras del género de ciencia ficción rodadas tras la Revolución de 1917: Aelita, de Yakov Protazanov. De su trama nos interesa señalar la obsesión del protagonista, Loss, un ingeniero a cargo de una estación radiofónica, con una misteriosa señal venida de Marte. Intrigado, Loss construye un cohete y viaja al planeta emisor a resolver el enigma. A través del espejo deformante de la cultura de masas, advertimos que la portentosa confianza depositada en la capacidad de la radiofonía para surcar el éter cósmico superaba las barreras exis­tentes entre regímenes sociales antagónicos, y sin embargo hermanados por idéntica fe en los dones de la innovación tecnológica (Telotte, 1999:35-46).

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Imagen superior: rueda de prensa de Orson Welles tras la emisión de su radioteatro inspirado en "La Guerra de los Mundos".

4. La invasión marciana de 1938

No sería aquella la única ocasión en que el binomio radio/marcianos concitaría la atención de los norteamericanos. Catorce años después de la frustrada tentativa de acerca­miento, una estación emisora transmitiría la inesperada noticia de que los marcianos estaban intentando hacer un contacto directo con la humanidad, y esta vez de una manera muy poco amistosa.

Nos referimos obviamente a la emisión del pánico del 30 de octubre de 1938. Aquel día un locutor de la cadena CBS anunció a la audiencia que una armada marciana había aterrizado en Nueva Jersey y se diri­gía a Nueva York destruyendo todo a su paso. Aunque se informó que se trataba de una dramatización de la novela de ciencia ficción La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells, llevada a cabo por Orson Welles y su equipo de radioteatro, la na­rración, presentada con el formato de una crónica periodística, provocó una enorme inquietud en muchos oyentes.

El episodio pasó a los anales como una impresionante demostración del poder de la radio. El señero estudio de H. Cantrill (1942) intentó responder a la pregunta capital: ¿por qué la gente tomó por real la ficción transmitida por la CBS?

Cantrill destacó entre los factores influyentes el temor a la guerra mundial; pero la confusión de la audien­cia, el terror cerval de los neoyorquinos, no se entienden si hacemos abstracción de la conexión radiofonía/extraterrestres, firmemente enclavada en la memoria popular (Francescutti, 2003).

Por decirlo en otros términos: la creencia en los alienígenas inte­ligentes combinada con el entusiasmo por la radiofonía, había cristalizado en un frame que hizo creíble la noticia [4]. La asociación alienígenas/radiofonía pareció debilitarse con el correr de los años; sobre todo después de que trascendió que las señales extraterres­tres captadas por Tesla y Marconi resultaron tener un origen natural. En efecto: en 1932, Karl Jansky descubrió radioondas procedentes de la constelación de Sagitario, la pri­mera evidencia de que los astros emitían ondas electromagnéticas. El descubrimiento sentó las bases de la radioastronomía y disipó el aura misteriosa de las señales venidas del espacio; pero en los años ’60 las expectativas de contacto radiofónico interplaneta­rio albergadas por Tesla, Marconi y Todd revivieron con fuerza inusitada en el proyecto SETI (siglas de Search for ExtraTerrestrial Intelligence).

Inspirado en un artículo publicado por G. Cocconi y P. Morrison en la revista científica Nature (1959), en donde se recomendaba rastrear tales ondas en cierta sección del espa­cio cósmico —la ventana de microondas—, el programa estadounidense patrocinado por la NASA se encuentra abocado, desde 1963, a la búsqueda de alienígenas inteligentes por medio del análisis de las señales electromagnéticas captadas por el observatorio de Arecibo (Puerto Rico).

Que la esperanza en un eventual contacto superaba a la exigua comunidad de radioastrónomos lo corroboró la multitudinaria respuesta que tuvo el pedido de ayuda he­cho en 1999 por los responsables de SETI. Desde entonces, millones de internautas de todo el mundo han dedicado tiempo li­bre a procesar en sus PCs los datos astronó­micos recolectados por los investigadores del proyecto [5]. Aunque al día de hoy ningu­no ha detectado un mensaje alienígena, lo interesante para el análisis estriba en cómo esa participación masiva repite el entusiasmo desplegado por los aficionados en 1924 (lo cual, por otra parte, suministra una evidencia adicional acerca del carácter pionero y formati­vo que tuvo la radiofonía en los usos mediáticos posteriores).

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Imagen superior: "La leyenda de la mansión del infierno" ("The Legend of Hell House", 1973), de John Hough, basada en la novela de Richard Matheson.

Así como no decayeron los intentos por escuchar a los extraterrestres, tampoco se extinguieron los afanes por contactar con los muertos. La corriente más sobrenatural del esoterismo electromagnético tuvo continuidad en el siglo XX en dos vertientes principales: 1) la fotografía Kirlian, una técnica capaz, según sus defensores, de registrar el aura humana a través de una placa conectada a una fuente de alto voltaje (el desacredita­do ectoplasma del siglo XIX ha sido reem­pleado por el aura, un fenómeno de apa­riencia algo menos fantasmagórica, MacCarron-Benson, 1989: 11); y 2) el denominado Electronic Voice Phenomena: los pre­suntos registros radiofónicos, magnetofó­nicos o televisivos de las voces de los di­funtos (Carroll, 2003; Gunning, 1995).

Tomando al pie de la letra las declaracio­nes de Edison a Scientific American, una legión de infatigables “cazafantasmas” se dedicó a lo largo del siglo pasado a la ta­rea de identificar mensajes post-mortem en los sonidos de la estática [6] (un derivado reciente de esos supuestos lo ofrece el ex­tremo de que ciertas canciones de rock esconden mensajes satánicos encripta­dos).

La cultura popular reelaboraría ese cóctel de creencias en la película Poltergeist (Estados Unidos, 1982, Tobe Hopper), con sus fantasmas que se comunican por medio de la pantalla catódica.

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Conclusión: la utopía de la comunicación sin fronteras

El historiador de la comunicación que no ceda a la tentación de eludir estos episodios, so pretexto de su extravagancia, se verá ante un reto inusual: ¿cómo explicar la persistente asociación a los nuevos medios de alucinaciones sonoras, esperanzas descabella­das, suposiciones delirantes? ¿Cómo interpretar la implicación de tantos radioaficiona­dos, internautas, militares, científicos y héroes de la técnica de la talla de Edison, Tesla o Marconi?

Una posible interpretación se ha ido esbozando en las páginas anteriores. Desde sus comienzos, las máquinas que capturaban la voz y la imagen humana se convirtieron en el objeto deseado de los creyentes en los espíritus, en sintonía con el renovado culto a los muertos de la era victoriana. El fenómeno se magnificó a principios del siglo XX con la llegada del teléfono, el fonógrafo y la radio.

Hoy nos cuesta comprender el pasmo que suscitaba, hace tan sólo tres generaciones, escuchar en el fonógrafo las voces de los seres queridos desaparecidos: a los oídos de los oyentes, la electrónica se mostraba capaz de revivir a los muertos y hacerlos hablar. Y mucho más nos cuesta calibrar el profundo impacto en la psiquis humana causado por la interacción con tales artilugios. “Como el Yo es en parte un producto de sus comunicaciones, las tecnologías mediáti­cas inevitablemente reconfiguran sus límites. Al hacerlo, las sombras, los dobles y las oscuras intuiciones que asedian a la identidad humana se aposentaron en los espacios virtuales abiertos por esas tecnologías”, apunta el historiador de la tecnología Eric Davis (1999).

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Razonando por andariveles similares, Janne Vanhanen (2001) sostiene que “cada nuevo medio parece abrir una nueva clase de exterioridad, cada nuevo modo de percepción deja fuera o incluso crea algo imperceptible, y con la otra mano pone en escena algo que previamente se encontraba fuera de alcance”.

Eric Davis denomina ‘imaginario electromagnético’ a “esa frontera externa de los medios electrónicos, dan­do a entender que muchas nociones animistas o alquímicas sobre energías esenciales y espíritus vitales entraron en el concepto de electricidad y permanecen en el incons­ciente tecnológico.”

En resumidas cuentas: las ficciones sonoras cuajadas en el espacio acústico habilitado por la electrónica, ilustran cabalmente cómo los novedosos dispositivos reavivaron la an­siedad sentida por los desaparecidos, afincada en el temor a la muerte de la sociedad contemporánea [7].

Ahora bien: esa interpretación sólo da cuenta de la relación de la radiofonía con los muertos, dejando pendiente el porqué de la prolongada obsesión por los mensajes marcianos. Ciertamente, espíritus y extraterrestres comparten algunas señas de identidad. Determinados autores de la astronomía popular concebían a los astros como el lugar físico en donde se reunían las almas de los difuntos [8], convertidos de esa manera en una suerte de extraterrestres incorpóreos. Un siglo más tarde, las descripciones hechas de los visitantes de otros planetas en pleno furor OVNI reprodujeron los rasgos atribui­dos por la iconografía religiosa a los clásicos moradores celestiales: los ángeles (Moffit, 2003). Pero esa doble asimilación no parece justificar un parentesco del cual deducir que los alienígenas representarían una versión modernizada de los viejos espíritus, fi­guras intercambiables de un limbo electrónico. Más bien, nos encontramos con entidades completamente antitéticas.

Como apuntábamos en un trabajo previo (Francescutti, 2003), la noción de fantasma remite directo al pasado y la de extraterrestre al futuro; la primera comunica con un ayer traumático del cual el presente no acierta a liberarse; la segunda con un futuro que se nos echa encima cargado de amenazas o promesas, según las versiones.

Con todo, su radical diferencia de naturaleza no debe llevarnos a considerarlas dos en­tidades completamente inconexas, con el único común denominador de su índole abstrusa. Al fin al cabo, el mañana —con el cual se identifica a los extraterrestres— siempre ha despertado en los seres humanos una avidez comunicativa: descifrar las señales del mañana, rasgar el velo que nos separa de lo que vendrá o enviar mensajes a la posteri­dad, ha sido una constante cultural desde tiempos inmemoriales. Sospechamos que ahí radica el punto de unión fundamental entre los vehementes deseos de contactar con los muertos en el siglo XIX y los no menos vehementes designios de hacerlo con los ex­traterrestres en el XX: en el fondo son las dos caras del mismo sueño: la comunicación irrestricta más allá de toda frontera, material o inmaterial [9].

En ambos casos ese sueño se expresa de la manera más diáfana y quintaesencial, reducido a una pura comunica­ción fática: el mensaje tan deseado, el contenido tan perseguido, consiste en un simple “estar en contacto”, a un saber que “no estamos solos”, pues ese contacto nos garantiza que hay vida más allá de la muerte, y también más allá de la estratosfera.

Los parecidos y semejanzas entre esos dos interlocutores imaginarios podrían profun­dizarse en mucho mayor medida; e incluso podrían ayudarnos a comprender algunos fenómenos propios de la medioesfera contemporánea [10]. Mas desarrollar estos aspectos nos alejaría de los propósitos acotados de este trabajo, centrados en llamar la atención sobre una faceta poco estudiada de la dimensión utópica que impregna a las tecno­logías de la comunicación.

Decíamos al principio del texto que dicha faceta resulta inaprensible a las historias de los medios de matriz iluminista. En verdad sólo lo es en la medida que se trate de un Iluminismo empeñado en esconder sus pliegues oscuros, de un Iluminismo cuyo “programa intelectual ha pasado a la historia como portador de una razón universal, triunfante, emancipadora, y, sin embargo, en cuyo seno actúan personajes de la talla de Cagliostro y Casanova, y florecen sociedades ocultas como la masonería, las prácticas esotéricas y las escrituras secretas”, observa con perspicacia Paolo Fabbri, para quien “subrayar la dimensión críptica del Iluminismo —y no sólo la crítica— me parece un buen modo de introducir en un paradigma comunicativo racionalista una problemática capaz de dar cuenta de cosas que se le escapan” (cit. en Francescutti, 2006: 33).

No podemos estar más de acuerdo. La anomalía del esoterismo electromagnético deja de ser tal si convenimos en considerarlo una manifestación más de las ansiedades genera­das por la irrupción de las tecnologías modernas. Su naturaleza metafísica, espiritual o sobrenatural, tampoco debería sorprendernos.

El positivismo pretendió trazar una línea infranqueable entre la ciencia y las pseudociencias, pero no lo logró: es una regla de hecho que en la sociedad contemporánea lo paranormal sigue a la ciencia y sus aplicaciones como la sombra al cuerpo. Quien se niegue a verlo se condenará a duplicar la historia de la comunicación, adoptando una versión oficial de los usos y prácticas respetables, y escondiendo bajo la alfombra la larga serie de discursos y experiencias deslegitimadas, olvidando que la cultura y su carga indisociable de demandas prácticas y aspiraciones quiméricas tienen siempre la última palabra sobre la utilidad y significa­dos que tecnólogos e inventores quieran imponer a sus creaciones.

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Imagen superior: "White Noise: Más allá" (2005), de Geoffrey Sax, una película de terror que centra su argumento en las psicofonías.

Notas

[1] Los científicos ilustrados que comenzaron a indagar en la naturaleza de la electricidad se toparon con una constelación de conceptos primitivos asociados a la luz y los rayos, de la que ni ellos mismos se consiguieron librar: “Into the eighteenth century people saw electricity in particular as a fiery fluid which could stream across space in rays and which was intimately envolved with life processes. Scientists speculated that electrical forces could energy mineral slime into primitive life; poets compared electricity with the divine spark that animated souls; sick people flocked to quacks like the Englishman James Graham, in whose electrified bed copules were guaranteed to beget children” (Weart, 1988: 41)

[2] Algo similar ocurrió en paralelo con una revolucionaria tecnología de reproducción visual: la fotografía. El siglo XIX presenció cómo, al amparo del espiritismo, prosperó una industria de espectros, la fuente de un caudal casi inagotable de imágenes trucadas de fantasmas y ectoplasmas, que se vendían como retratos fidedignos de los emisarios del Más Allá (Harvey, 2 2 007; Gutiérrez, 2 2 003). Claro que aquí no intervenía el electromagnetismo sino el principio cuasi mágico de que una imagen se puede tornar receptáculo del espíritu de un fallecido, unido a la creencia en el poder omnímodo de la nueva técnica para hacer visible lo invisible. De ese principio, vigente en el Antiguo Egipto (Freedberg, 1994:241), darán fe autores como André Bazin y Roland Barthes, al subrayar la esencia necrófila de la fotografía y su función memorial.

[3] Hubo que esperar hasta 1965 para que se disipase el “espejismo marciano”: en esa fecha la sonda Mariner observó que la supuesta red de canales eran meros rasgos orográficos (McCurdy, 1997:112ss).

[4] El contraste entre el ánimo eufórico de los participantes en el episodio de 1924 y la aterrorizada reacción de la audiencia de 1938, además de reflejar distintas circunstancias externas (el clima político internacional, más distendido en la primera fecha, y crispado por la sombra de la guerra en la segunda) admite ser relacionado con dos momentos bien diferenciados de la historia de la radio: el entusiasmo exultante que inspiraba el nuevo medio en los años ’20 —la edad de oro de los radioaficionados— y las aprensiones apocalípticas que suscitaría su poder manipulador en la década siguiente —el acaparamiento del espectro radiofónico por parte de las grandes cadenas (Fernández, 2 2 008:60). Antes, las audiencias salían a pescar “sonidos” en el éter, y ahora las redes corporativas salen a “cazar” a las audiencias.

[5] V. las instrucciones en http://setiathome.ssl.berkeley.edu/

[6] El cuerpo de rumores y leyendas urbanas creado en torno a los chasquidos, siseos, descargas y demás disturbios “estáticos” –el Ruido comunicacional por antonomasia- da un mentís rotundo a los simplistas modelos de la Teoría de la Información, que concentran todo el significado en el mensaje. En breve: no hay mensaje cuyos “ruidos parásitos” no puedan ser convertidos en mensajes por las audiencias.

[7] Nótese que esas fantasmagorías tomaron cuerpo en buena medida gracias a los buenos oficios de la prensa y se consolidaron con la acción de otros dispositivos (el cinematográfico, en los ejemplos mencionados). También aquí se observa nítidamente cómo esas prácticas radiofónicas necesitaron para organizar su recepción, de los intercambios discursivos externos mentados por Fernández (2008:57ss).

[8] “…ideas on the habitability of other planets were often joined with speculations that after death the soul might find a better existence on some celestial orb… According to Fourier, after death, human souls exist in the ether of the earth until the planet dies; then, they pass to other worlds. Flammarion, influenced by Reynaud´s Terres et ciel (1854), which espoused spiritual transmigration, was among the pluralist writers who lumped rebirth together with extraterrestrial life. After the loss of the war, this spiritual escape from a doomed and lowly planet had renewed appeal. Victor Hugo and Van Gogh were among those who ruminated on the soul’s journey to rebirth on other planets” (Larson, 1999:171).

[9] La utopía de la comunicación data de finales de la Segunda Guerra Mundial e impregna la obra de Norbert Wiener, el fundador de la cibernética, apunta Philippe Breton (1997:49ss). A las fuerzas entrópicas que condujeron al desastre bélico, Wiener opone el proyecto de una sociedad organizada en redes de información, transparente, auto-regulada políticamente y sostenida por máquinas inteligentes: la sociedad de la comunicación. Nosotros retrotraemos los orígenes de esa concepción visionaria más de un siglo en el tiempo, hasta el utopismo saintsimoniano. A él se debe la idea de una comunicación que rompa las barreras físicas entre los pueblos y traiga consigo la internacionalización de las ideas. Ecos de esa tradición resonarán en las épicas del telégrafo y el ferrocarril (Suvin, 1984:192).

[10] Sconces es uno de los autores que ha encarado esa tarea, plasmándola en una original historia de los medios escrita a la luz de las presencias electrónicas. A su modo de ver, los escarceos del telégrafo y la radiofonía con lo metafísico forman parte de un linaje que llega a los discursos de la descorporización creados en torno a Internet y la realidad virtual, una estirpe que conlleva “las paradojas de la presencia con la ausencia, el aislamiento en comunidad, y la intimidad en la separación” (Ob. cit. pg. 82).

Bibliografía

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Copyright del artículo © Pablo Francescutti. Cortesía de la revista "Letra. Imagen. Sonido. Ciudad Mediatizada". Publicación de la Carrera de Ciencias de la Comunicación, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires. Equipo de Investigación UBACyT (CC).

Pablo Francescutti

Pablo Francescutti es sociólogo, profesor e investigador en el Grupo de Estudios Avanzados de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y miembro del Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura (GESC).

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