El experto y el novato

El experto y el novato Imagen superior: James Watson y Francis Crick.

José Luis Casado, en M21 Radio, presenta Madrid con los cinco sentidos, con la sección de Daniel Tubau Una cita con las musas… … Aquí puedes escuchar Una cita con las musas, en un programa en el que Alberto Cañas y Daniel Tubau hablan de la visión del experto y la del novato.

Alberto Cañas: Hoy me quedo menos anonado ante la sintonía de Una cita con las musas, con Daniel Tubau. La semana pasada hablamos de cómo un novato, en el mundo del cine como Orson Welles trabajó con un experto, como el director de fotografía Gregg Toland y eso hizo posible una película tan increíble como Ciudadano Kane. Y creo que hoy vamos a hablar de algo parecido.

Daniel Tubau: Hoy vamos a hablar de este asunto de mezclar la visión del experto con la del novato. Porque es cierto que se trata de una de las mejores recetas para escribir, para crear o incluso para resolver crímenes, como hace Sherlock Holmes. Esta receta consiste en adquirir experiencia, en entrenarse en el oficio, en primer lugar. Esto es la visión del experto y sería un gravísimo error pensar que podemos prescindir de ella. Cuando lo hacemos, nos creemos muy originales pero muchas veces lo único que acabamos ofreciendo es lo mismo de siempre. O lo que es peor, creando algo que en el mejor de los casos es aburrido o torpe y en el peor insoportable.

AC: Bien, aquí queda entonces reivindicada la visión del experto y el trabajo y la dedicación. Y sin embargo…

DT: Y sin embargo, también es cierto que muchas veces cuando nos convertimos en expertos empezamos a ponernos ciertos límites al pensamiento creativo e innovador. Cuando sabemos muy bien cómo se pueden hacer las cosas y cómo no se pueden hacer, puede suceder que ni siquiera se nos ocurra que hay otra forma de hacer las cosas. Y también que ni siquiera veamos los defectos de lo que hemos hecho, porque estamos convencidos de haber seguido un método que siempre funciona. O porque nos negamos a aceptar una solución porque no nos resulta familiar.

AC: Pero esta resistencia a aceptar cosas diferentes, que se salgan de lo ortodoxo, no se da solo en el mundo de los guionistas, escritores o artistas, ¿no?

DT: No, en realidad sucede en todos los ámbitos. También en la ciencia. Albert Einstein, por ejemplo, era un hombre tremendamente creativo y rompedor, pero, sin embargo, nunca pudo aceptar la física cuántica y pasó toda la última parte de su vida intentando refutarla, cuando quizá hubiera sido más interesante que colaborase en su desarrollo con más entusiasmo. Pero Einstein no podía aceptar el papel tan grande que la nueva física daba a la indeterminación o al azar. Por eso dijo aquella frase célebre: “Dios no juega a los dados”.

AC: Sí, esa frase la conozco, pero ¿qué quiere decir exactamente?

DT: No quiere decir que Einstein creyera en Dios, por supuesto, porque Einstein se declaraba agnóstico o bien aceptaba un difuso panteísmo al estilo de Goethe, el autor de Fausto. Es decir, la creencia en que todo es Dios, que es casi lo mismo decir que nada es Dios. Pero lo que Einstein quería decir con que Dios no jugaba a los dados, es que creía que la física debía ser capaz de predecir el comportamiento de un electrón o un fotón, cosa que no hacía la física cuántica. Einstein pensaba que algo fallaba en la física cuántica y su opinión era que el azar al que recurrían sus colegas en realidad era ignorancia.

AC: Y eso le impidió colaborar con todas sus energías en la nueva física.

DT: Sí, así es. A pesar de probablemente que había sido el científico más original de la historia, porque su teoría de la relatividad es un salto de pensamiento imaginativo verdaderamente asombroso y más porque en gran parte se debió a su propio esfuerzo solitario. Pero lo de la indeterminación de la cuántica chocaba con su concepción de la física y de la realidad, así que se dedicó de manera incansable a intentar refutar a sus colegas, en vez de colaborar con ellos.

Watson1

AC: A ver, voy a intentar traducirlo. Si lo he entendido bien, lo que quieres decir es que el hecho de que seas muy creativo e imaginativo en un momento dado no te garantiza que lo seas siempre.

DT: Claro. Hay otro ejemplo muy significativo, que precisamente tiene que ver con la teoría de la relatividad de Einstein. Es el del matemático Henri Poincaré del que ya hemos hablado en otra cita con las musas como uno de los pioneros en el estudio de la creatividad. Pues resulta que Poincaré dejó en uno de sus escritos una formulación que parece llevar a la teoría de la relatividad, años antes de que Einstein la propusiera. Pero este hombre, que era muy imaginativo y que se había enfrentado a sus colegas en el terreno de la creatividad, pensó que eran tan absurdas las conclusiones a las que estaba llegando, que las descartó.

AC: Entonces, Poincaré tuvo en sus manos la oportunidad de proponer la teoría de la relatividad y la dejó pasar.

DT: Pues sí. Curiosamente hoy en día algunos en Francia reivindican a Poincaré como el verdadero creador de la relatividad, pero es una reivindicación que no tiene sentido porque Poincaré llegó a conocer la teoría de la relatividad de Einstein, e incluso conoció a Einstein, por ejemplo en el Congreso Solvay de grandes científicos de 1929, y a pesar de que ya la comunidad científica había aceptado la relatividad, Poincaré siguió rechazándola. La conclusión de todo esto es que a veces nuestro juicio de experto, de alguien que sabe o cree saber cómo funciona la realidad, entorpece nuestra capacidad de aceptar innovaciones o cambiar de criterio.

AC: Entonces, es mejor no saber que saber.

DT: Sí, pero solo en cierto modo. Lo aconsejable es saber, pero, al mismo tiempo, no quedar bloqueado por las cosas que crees que son imposibles. A veces, sucede que la solución de un enigma la da alguien que no sabe casi nada del tema, como en el caso del descubrimiento de la estructura del ADN en forma de doble hélice.

AC: Ah, ¿y cómo fue eso?

DT: El descubrimiento de esa curiosa forma en la que se organiza la molécula de ADN, como una especie de doble cinta que va girando sobre sí misma, fue realizado por Watson y Crick, que no eran químicos, pero que quizá precisamente por eso se atrevieron a dar el salto imaginativo para proponer una forma tan extraña.

AC: Porque quienes sí eran químicos no consideraban que una forma como esa fuera posible.

DT: A lo mejor si habrían aceptado que fuera posible, pero simplemente no se les ocurría algo tan extravagante porque estaban acostumbrados a otras estructuras.

AC: Es también algo así como mirar desde fuera…

DT: Sí. Mirar desde fuera, pero, eso sí, mirar lo que han hecho otros, los expertos. Por eso digo que las dos visiones son necesarias: la visión del novato y la del experto. Por otra parte, en el caso de Watson y Crick y el ADN, después se supo que también habían empleado el trabajo de una experta, de una investigadora química, Rosalind Franklin, que iba en esa dirección, e incluso el de un ayudante de esa investigadora que colaboró con Watson y Crick. Y ahora todo el mundo está de acuerdo en que ella tenía que haber recibido junto a ellos el crédito del descubrimiento y que merecía también el Nobel que recibieron Watson, Crick y el ayudante. Aunque no podría haber recibido el Nobel porque cuando se lo dieron a ellos ya había muerto.

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Imagen superior: Rosalind Franklin.

AC: Es decir que ella era la experta y ellos los novatos y de la mezcla de las dos perspectivas surgió el descubrimiento.

DT: Claro. Franklin dio algunas claves fundamentales sin las que el descubrimiento no se hubiera producido y tal vez ella podría haberlo descubierto por sí misma, pero quizá no tuvo la decisión de dar ese paso, como le sucedió también a Darwin, que pasó muchos años desde que elaboró su teoría evolutiva hasta que se decidió a publicarla porque otro investigador, Alfred Russell Wallace, propuso algo muy parecido.

AC: Claro, como sabían los problemas que podían surgir con cualquier hipótesis les costaba lanzarse…

DT: Eso parece y también hay que decir que es razonable esa prudencia, porque no vas a estar anunciando un gran descubrimiento cada dos por tres y luego arriesgándote a que se compruebe que es un error. Pero es cierto que muchas veces saber demasiado nos impide dar un paso decidido y se nos adelanta el novato que no tiene esos miedos y puede ver nuestro trabajo de una forma que quizá nosotros no vemos aunque lo tengamos delante, como le paso a Franklin y casi, casi a Darwin.

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AC: ¿Qué recomendación creativa tenemos hoy?

DT: Pues hoy, puesto que hemos hablado del descubrimiento de la doble hélice podemos recomendar dos libro estupendos escritos por sus descubridores, James Watson y Francis Crick, que cuentan todo el proceso creativo que llevó a que descubrieran la estructura de la doble hélice.

AC: Con la ayuda de Rosalind Franklin…

DT: Claro, con la ayuda de Franklin y del ayudante que compartió las investigaciones de Franklin con Watson y Crick. Este de Watson es libro que no debe asustar a quienes no sepan de química o biología molecular, porque es muy entretenido y permite darse cuenta de cómo puede nacer una idea. Una idea que, como dice el propio Watson, es quizá la más importante en la biología desde la teoría de la evolución de Darwin.

AC: Entonces, dinos los datos del libro.

DT: Se titula La doble hélice: relato personal del descubrimiento de la estructura del ADN, escrito por James Watson. Se ha editado en Salvat y también en Alianza Editorial.

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AC: ¿Y el otro libro?

DT: El otro, el de Francis Crick, es, creo yo todavía más interesante y entretenido. Se llama Qué loco propósito. Y es un gran libro de divulgación científica, en el que Crick, además de contar también el proceso creativo desde su punto de vista, defiende que la belleza y la verdad son sinónimas, algo que también creía más o menos Platón. Está publicado en Tusquets Editores. Muy recomendable.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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