Crítica: "Proyecto Rampage" (Brad Peyton, 2018)

Si ustedes se divierten ahora con las películas de monstruos gigantes, puedo imaginarme que que también eran felices cuando, de niños, leían relatos de caballeros y dragones. La explicación es simple: en el fondo, se trata del mismo género.

¿Cómo saber a ciencia cierta cuando surgió esta curiosa fascinación por las criaturas descomunales? Echemos un vistazo al pasado. Dicen, por ejemplo, que cuando los viajeros de la antigüedad grecorromana encontraron huesos de dinosaurios, los interpretaron como vestigios de bestias imponentes, que muy pronto se incorporaron a su mitología.

Pasaron los siglos, y la paleontología fue desmintiendo esas leyendas, arrinconadas finalmente en el dominio de los cuentos de hadas. Sin embargo, a pesar de ese inexorable proceso de decantación, el entusiasmo por los dragones y otras criaturas gigantes se ha sostenido, y de hecho, aún tomamos al pie de la letra la posibilidad de que la ingeniería genética resucite a los dinosaurios. Esos mismos dinosaurios que, en la primera época de la Guerra Fría, otros quisieron resucitar por medio de explosiones atómicas.

En fin, a no ser que quien acuda a ver Proyecto Rampage sea un cinéfilo de gustos minoritarios ‒dicho de otro modo, alérgico a la destrucción digital y a los efectos especiales‒, creo que la oferta de Brad Peyton llega donde quiere llegar. En el fondo, esta película fue diseñada para convertirse en un placer culpable (y por lo tanto, muy pasajero), con el ojo puesto en el público adolescente.

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A más de un veterano, este cuento biotecnológico, lejanamente inspirado en el videojuego del mismo nombre (Bally Midway, 1986), le recordará las livianas invenciones de Ray Harryhausen, con menos artesanía y sin sentido de la maravilla, pero con la misma necesidad de entretener al respetable con criaturas asombrosas, dispuestas a destruir todo a su paso.

Ya verán que Proyecto Rampage, bajo su aparatosa apariencia, consolida los tópicos de las monster movies. En este caso, además, su argumento recibe la inspiración de dos clásicos, Japón bajo el terror del monstruo (Godzilla, 1954) y El gran gorila (Mighty Joe Young, 1949).

La receta es conocida: monstruos grandes como casas, héroes que saben lo difícil que es la vida, víctimas potenciales que están tratando de tragarse el susto, empresarios con una pérfida ambición, policías y militares agazapados tras los escombros y secundarios simpáticos, que dejan tras de sí una lista de comentarios ocurrentes.

Ustedes saben lo que les espera, porque han gozado una y mil veces de tramas como ésta. De ahí que Proyecto Rampage no oculte sus intenciones. La película se presenta como un producto de estudio, con un objetivo comercial que despeja cualquier asomo de originalidad o de autoría.

Como sucede con un crujiente tentempié, frito con aceite que ya ha sido utilizado más de una vez, todo depende de las expectativas del espectador. Es más: conviene ver la película teniendo claro que esta idea ya la tuvieron antes muchos realizadores de serie B desde el nacimiento del cine como industria.

¿Qué más tiene Proyecto Rampage? Pues un encantador Dwayne Johnson, acostumbrado a sobrevivir en medio de la catástrofe, y un Jeffrey Dean Morgan experto en robar escenas, muy cómodo en su papel de ese agente secreto que zanja cualquier problema con fanfarronería sureña. No es mala compañía para evadirse un sábado o un domingo por la tarde.

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Sinopsis

El primatólogo Davis Okoye (Dwayne Johnson), un hombre que mantiene las distancias con otras personas, tiene un sólido vínculo con George, el extraordinariamente inteligente gorila de espalda plateada al que ha estado cuidando desde que nació. Pero cuando un experimento genético sale mal, este apacible simio se convierte en una enorme y embravecida criatura. Para empeorar más las cosas, pronto se descubre que existen otros animales con la misma alteración. Cuando estos depredadores alfa recién creados arrasan Norteamérica destruyendo todo lo que interpone en su camino, Okoye se une a un ingeniero genético (Naomie Harris) sin prestigio para conseguir un antídoto y se abre paso en un cambiante campo de batalla, no solo para frenar una catástrofe mundial sino para salvar a la aterradora criatura que una vez fue su amigo.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Warner Bros. Pictures. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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