Crítica: "La casa torcida" (Gilles Paquet-Brenner, 2017)

A los seguidores de Agatha Christie no siempre les importa la calidad literaria. Esto es así, aunque sorprenda a algunos. Más de un admirador de la vieja dama del crimen usa los relatos de Christie como un ejercicio intuitivo. Como una partida de ajedrez, si lo prefieren. No es tanto cuestión de asombrarse ante el retrato de personajes y el ritmo narrativo ‒dos virtudes de doña Agatha‒ como de disfrutar ante un engranaje diseñado con primor.

Hiperproductiva y meticulosa, nuestra escritora fue una excelente embajadora de esa Inglaterra idealizada, en la que uno se huele el truco ‒ah, los clichés de la aristocracia‒, sin que ello suponga el menor problema. Qué más da. Christie no era una escritora realista, pero nos acaba convenciendo de que el país que nos describe es real. Un mundo sofisticado, elegante, impecable y ‒vaya por Dios‒ propenso al crimen. Un mundo con una geometría perfecta, donde cada cosa está o debería estar en su lugar, y que se nos ofrece como un rompezabezas que debemos resolver. El detective es quien nos brinda la explicación final, y acabamos repitiendo algo parecido a lo que decía la señora Folliat en El templete de Nasse House (1956): "Gracias, monsieur Poirot, por venir a decirme todo esto. ¿Quiere usted dejarme ahora? Hay ciertas cosas que una tiene que afrontar sola..."

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Esa reflexión solitaria del lector también era importante en La casa torcida (1949) ‒creo que la primera edición en nuestro idioma fue la de Molino, en 1958‒. Como sucede con las mejores novelas de Agatha Christie, uno llega a la última página con la sensación de que todo encaja. Después de ver en la pantalla grande la adaptación de Gilles Paquet-Brenner, coescrita por Julian Fellowes, la impresión es la misma. Todo encaja. Y no sólo por la trama detectivesca, sino también por el modo en que el film cumple determinadas expectativas. Esperamos de Fellowes, creador de Downton Abbey, un retrato elegante de la clase alta. Esperamos de escenarios reales como la mansión Tyntesfield, o la Biblioteca Maughan, del King's College, un empaque culto, de reminiscencias neogóticas y victorianas. Esperamos de actores como Christina Hendricks, Gillian Anderson, Glenn Close, Julian Sands y Terence Stamp una calidad exacta en sus interpretaciones. Y como decía, esas expectativas se cumplen. De nuevo, todo encaja.

Siendo esto suficiente para muchos espectadores, lo cierto es que La casa torcida no llega más allá. La realización de Gilles Paquet-Brenner es aquí un tanto impersonal, y hay tramos de la película con la planicie narrativa que un telefilm de sobremesa. Esta falta de ímpetu, no obstante, queda más o menos compensada por las bondades que ya comenté.

Glenn Close se come la pantalla, eso es indiscutible.

Sinopsis         

Tras la muerte del adinerado patriarca griego Aristide Leónides en extrañas circunstancias, su nieta Sophia (Stefanie Martini) acude desesperada a Charles Hayward (Max Irons), un detective privado con el que mantuvo una relación, para que visite la residencia familiar e investigue el caso. Allí le esperan tres generaciones de la multimillonaria dinastía Leonides y un venenoso ambiente cargado de amargura, resentimiento y envidia. Las pistas y motivos hacen pensar que cualquiera podría ser sospechoso del crimen y Charles deberá trabajar a contrarreloj para descubrir al asesino antes de que vuelva a matar.

Durante el siglo pasado se vendieron más de dos mil millones de copias de los libros y relatos de Agatha Christie, la novelista más vendida de todos los tiempos. Las obras de la escritora británica, reconocida por sus ingeniosas historias de detectives, se han llevado a la pequeña pantalla en múltiples ocasiones, a través de historias protagonizadas frecuentemente por sus conocidísimos investigadores Hércules Poirot y la Señorita Marple. Dada su enorme popularidad, resulta curioso que Christie no haya calado tanto en el cine, y el productor Joe Abrams, de Brilliant Films, se dio buena cuenta de ello.

"Llevábamos años sin ver una buena adaptación cinematográfica de una obra de Christie y ya iba a haciendo falta". Se sumergió en el catálogo de la escritora en colaboración con la productora Sally Wood, releyéndose las 66 novelas que no se habían llevado a la pantalla. "Los dos escribimos en un papel la obra que habíamos elegido", comenta. Resulta que ambos habían seleccionado el mismo libro: La casa torcida.

La casa torcida se publicó en 1949 y Christie la definió como una de sus novelas favoritas. "Me pareció interesante estudiar a fondo una familia", comentaba en 1972. Mathew Prichard, nieto de la escritora y antiguo presidente de Agatha Christie Ltd, comenta:"Creo que quedó bastante contenta con la estructura, el estilo, la originalidad y algunos de los elementos narrativos".

La historia se centra en la investigación de la muerte del multimillonario Aristide Leonides por parte del detective Charles Hayward, contratado por Sophia, la nieta del difunto. Al llegar a la residencia de los Leonides, Charles, que mantuvo una relación con Sophia cuando trabajaba de diplomático en El Cairo, conoce a los miembros de la "despiadada" familia, como los llama ella. "Es una historia con mucho gancho", comenta Abrams. "En la que el peso narrativo recae sobre un joven detective y una mujer con la que ha tenido una relación y quien podría ser tanto sospechosa como próxima víctima".

Cuesta creer que La casa torcida no goce del mismo renombre que algunas de las novelas más conocidas de Christie, como Muerte en el Nilo o Asesinato en el Orient Express. Quizá el inesperado final tenga que ver con que nunca se haya adaptado para cine o televisión: es tan sorprendente que los editores incluso pidieron a la escritora que lo cambiara. "Tiene todos los ingredientes característicos de Christie, pero la autora se supera con el giro final", comenta la productora Sally Wood, quien había trabajado anteriormente con la familia Christie en el sector editorial y como miembro de la junta de Agatha Christie Ltd.

Dar con un guionista que estuviera a la altura de la inteligencia y el ingenio de Christie no fue fácil, pero los productores están muy contentos con el resultado final. Los primeros borradores fueron obra del oscarizado guionista Julian Fellowes. "Me encanta su trabajo, especialmente Gosford Park. Tiene muy buena mano para este tipo de material", apunta Abrams. "Suyos fueron los primeros borradores". No obstante, dado el enorme éxito de su serie Downton Abbey, Fellowes tuvo que abandonar La casa torcida y el guionista Tim Rose Price (El beso de la serpiente) recogió el testigo.

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Con la adaptación encarrilada, Abrams, Wood y el productor James Spring (Fred Films), que había trabajado anteriormente con Abrams en Una familia con clase (2008) basada en la novela de Noël Coward, empezaron a barajar nombres de directores. Uno de los primeros que les vino a la cabeza fue el realizador francés Gilles Paquet-Brenner, puesto que Spring, Abrams y Wood habían quedado impresionados por La llave de Sarah (2010), película por la que la protagonista Kristin Scott Thomas fue nominada a mejor actriz en los premios César.

Paquet-Brenner recibió el guion en 2015 cuando estaba terminado el thriller Lugares oscuros, basado en la novela de Gillian Flynn. Le pareció un proyecto muy interesante, en especial la forma en la que se revela la identidad del asesino en las páginas finales. "Pensé que sería todo un reto llevar ese final al cine, pero que había que mantenerlo", confiesa. Los productores apaciguaron sus temores: cualquier intento de cambiar el final impediría el uso del nombre de Agatha Christie.

Por otra parte, Paquet-Brenner también compartía la visión de los productores de la película. "Queríamos crear una versión moderna de Agatha Christie", comenta Spring. "Para ello nos alejamos de 1947, el año en el que se ambienta el libro de Christie". Aunque los primeros borradores estaban ambientados alrededor de 1953, Paquet-Brenner se decantó por 1956-57 con el trasfondo de la turbulenta crisis del Canal de Suez.

"El mundo estaba a punto de sufrir una enorme transformación cultural", apunta. "Fueron los años en los que nacieron el rock and roll y la cultural juvenil, dos conceptos inauditos hasta la fecha". La posibilidad de ambientar la producción en el Soho londinense de aquella época, con Tommy Steele y los Teddy Boys, nos permitía representar el choque generacional que existía en la novela. "De pronto nos dimos cuenta de que a través de esa época podíamos tocar temas que no suelen aparecer en películas basadas en obras de Agatha Christie".

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

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Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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