"Los mejores relatos de ciencia-ficción" (1955-1986), de Brian Aldiss

"Los mejores relatos de ciencia-ficción" (1955-1986), de Brian Aldiss Imagen superior: portada de Mark Salwowski para "La nave estelar" (1958).

Además de ser un reconocido maestro del género, Brian Wilson Aldiss (1925-2017) ha desarrollado una intensa labor como critico, estudioso de la ciencia-ficción, poeta y novelista en otros campos temáticos.

Aldiss nació el 18 de agosto de 1925 en Norfolk, Inglaterra. Su padre era propietario de unos grandes almacenes y, cuando el pequeño Brian cumplió seis años, lo enviaron a un internado. En 1943 participó en la Segunda Guerra Mundial en Birmania y Sumatra como parte del Real Regimiento de Señales, dejando el ejército en 1948 y encontrando empleo en una librería de Oxford. Mientras trabajaba allí, escribió una serie de historias sobre su propio oficio para la revista The Bookselling; fueron tan bien recibidas que un editor de Faber & Faber le pidió que las compilara para editar un libro. En 1955 apareció su primera novela, The Brightfount Diaries!; su carrera como escritor acababa de comenzar.

Su primera historia de ciencia-ficción, Criminal Record apareció publicada por John Campbell en la revista Science Fantasy Magazine, vol. 3, nº 9, en 1954. En 1958 fue votado como “Nuevo Autor más Prometedor” en la Convención Mundial de Ciencia Ficción. Aquel año había aparecido su primera novela del género, La nave estelar. En 1960, fue elegido presidente de la British Science Fiction Association y en 2004, incluido en el SF Hall of Fame. Esos son sólo algunos de los logros de su carrera, sin contar diferentes galardones (entre ellos un premio Hugo y un Nébula).

Su nombre, junto al de su compatriota J.G. Ballard, estuvo muy vinculado a la revista New Worlds, heraldo de la conocida como Nueva Ola de la ciencia ficción. Sin embargo, ambos escritores son muy diferentes. Aldiss ya tenía una sólida trayectoria en el género antes de la renovación del mismo gracias a la revista mencionada –dirigida por Michael Moorcock–. Además, sus historias eran menos densas, su variedad temática más amplia y su imaginación más desbordante.

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Imagen superior: portada de Bruce Pennington para "The Interpreter", en su edición de 1973.

La carrera de Aldiss –que nos dejó a los 92 años– ha sido larga y prolífica. Ha escrito mucho y entre sus libros se pueden encontrar obras soberbias, imprescindibles para cualquier aficionado, pero también sonados fracasos. Algunas de sus mejores novelas las comentaremos en entradas individuales, pero ahora dedicaremos unas palabras a este libro de relatos, originalmente publicado en 1965 y sujeto a amplias revisiones en 1971 y 1988 (fue editado en nuestro país por Edhasa, en la colección Nebulae). Se trata de una antología de 22 cuentos de longitud y temática variados, a menudo líricos y casi siempre atrevidos, que nos dan una buena perspectiva de la evolución que a lo largo del tiempo han registrado sus preocupaciones temáticas y la prosa con la que las envuelve.

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En este volumen se tocan multitud de temas propios de la ciencia-ficción: invasiones alienígenas soterradas (“El árbol de saliva”) o a escalas jamás vistas (“Herejías del Dios Inmenso”), experimentos psicológicos (“El Exterior”), viajes en el tiempo hacia el futuro (“Los hombres fracasados”) y hacia el pasado (“¡Pobrecito Guerrero!”), una tierra arrasada y esquilmada que alberga una sociedad contra las cuerdas (“Todas las lágrimas del mundo”), robots (“¿Cómo se puede reemplazar a un hombre?”), el encuentro pacífico con civilizaciones extraterrestres (“Confluencia”), la colonización de Marte (“Las dificultades de fotografiar Nix Olympica), el control mental sobre los ciudadanos en sociedades distópicas (“El hombre en el puente”), dislocación temporal (“El hombre en su tiempo”), escenarios postnucleares desde muy diferentes puntos de vista (“Una puerta se cierra en el Cuarto Mundo”, “Los dioses en vuelo”), los náufragos en un planeta extraño (“El alma oscura de la noche”), la evolución y destino de los imperios galácticos (“Una apariencia de vida”), las guerras futuras (“Mi país no es solo tuyo”) o los cataclismos planetarios (“Últimas órdenes”).

La selección de los cuentos también pone de manifiesto la versatilidad de Aldiss y su habilidad prosística: desde relatos tradicionales a diccionarios con un sesgo humorístico (“Confluencia”), tratados teológicos (“Herejías del dios inmenso”) o experimentos narrativos sobre el flujo temporal (“El hombre en su tiempo”), relatos muy cortos (“El trabajo en los astilleros espaciales”) o novelas cortas (“El árbol de la saliva”), apuntes cariñosamente autobiográficos (“La joven y el robot con flores”) o los complejos experimentos narrativos y temáticos propios de la Nueva Ola de los sesenta (“Sombríos sonidos matutinos en una tierra marginal”).

Pero Aldiss utiliza esos marcos narrativos propios del género para hacernos reflexionar sobre temas más amplios, formularnos preguntas que no tienen respuesta: la identidad, las barreras culturales levantadas por el lenguaje, la simbiosis entre el hombre y la naturaleza, la alienación, la división social, la desconfianza del ciudadano medio hacia los hombres ilustrados, la ceguera religiosa, las preocupaciones del hombre corriente, la insignificancia de nuestras costumbres y tradiciones en relación al devenir del universo, las crisis personales, la falsedad e hipocresía que esconden las guerras, la pérdida de la inocencia, la nostalgia por la vida desperdiciada o la dificultad de distinguir realidad e ilusión … El que la mayoría de estos memorables relatos no terminen felizmente –a veces ni siquiera tienen un final definido–, deja al lector incómodo, invitándolo a reflexionar más profundamente sobre los temas que se plantean.

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Cabe destacar de entre los demás y por motivos muy diferentes, dos de los relatos –sin que los demás desmerezcan en absoluto–. Por una parte, “El árbol de la saliva”, un homenaje a H.G. Wells en la forma de reformulación de varias ideas de aquel autor y que ganó el premio Nébula en septiembre de 1965. Según algunos críticos, la ciencia-ficción podría desarrollar el tema de la invisibilidad siempre que lo hiciera en términos “alienígenas”; de esta forma, un asunto tan implausible desde el punto de vista científico, podría aceptarse en base a una tecnología extraterrestre. Y eso es lo que hace Brian Aldiss en este cuento, escrito con motivo del centenario del nacimiento de Wells: mezclando conceptos de La Guerra de los Mundos y El hombre invisible, unos monstruosos e invisibles extraterrestres se ocultan en una granja de la campiña inglesa, cebando y luego devorando animales y seres humanos.

El otro relato es “Los superjuguetes duran todo el verano” (1969), que sondea la naturaleza de la realidad y el apego emocional, indicativos de la afiliación de Aldiss a la corriente de la Nueva Ola. Estas pocas páginas sirvieron de inspiración a Stanley Kubrick para iniciar un gran proyecto cinematográfico que finalizaría Steven Spielberg: A.I.: Inteligencia Artificial (2001)

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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