Voces en el mar: el canto de las ballenas

Voces en el mar: el canto de las ballenas Imagen superior: "Humpback Whales" (Greg MacGillivray, 2015) © MacGillivray Freeman Films, La Géode.

Como si fueran trovadores del mar, las ballenas jorobadas han recitado historias que hasta ahora parecían ininteligibles para los oídos humanos. En otros tiempos, sus vocalizaciones largas, elaboradas y potentes probablemente acrecentaron los mitos sobre el canto de las sirenas, pero en la actualidad, desde una visión científica se vislumbran los primeros indicios para comprender el cifrado de sus versos.

Aunque potentes, los himnos cetáceos no habían sido divulgados hacia el interior de los continentes hasta antes de 1970 y las notas de los gigantes gibosos eran apenas audibles para algunos privilegiados marinos.

En la década de los sesentas la marina de los Estados Unidos de América registró los cantos de las ballenas jorobadas y diez años después el zoólogo británico Roger Payne y el experto en ballenas Scott McVay difundieron la grabación para el público en general. Esta reproducción de los sonidos de la naturaleza tuvo tanto éxito entre la gente que se editó en varios países y superó los diez millones de discos vendidos. Parte de este mérito de difusión fue gracias a que se distribuyó una copia del material en la revista National Geographic.

En esa época, las coplas yubartas pasaron de ser el susurro del mar a ser el himno de conservación de las ballenas en tierra, y en 1974 los cantos se elevaron hasta los confines del Universo, cuando Carl Sagan puso estas canciones en el disco de oro Sound of Earth −sonidos de la Tierra− que transportaban las Voyager I y II.

El solfeo marino

Payne y McVay escribieron en 1971 un artículo titulado Songs of Humpback Whales −cantos de las ballenas jorobadas− en la revista Science. En él muestran un sonograma para comprender la estructura de las vocalizaciones, esto es, una representación visual del sonido en dos dimensiones: la frecuencia medida en hertz (Hz) se grafica en el eje vertical y el tiempo medido en segundos (s) en el eje horizontal (ver figura 1).

Este primer paso científico para comprender el solfeo de las Megaptera novaeangliae define la terminología que usaron para describir los sonidos grabados. Este artículo dio las pautas para comprender la música de las ballenas, pues se distinguieron sonidos unidad, frase, tema y canción; además mostró un pequeño catálogo de sonogramas y un intento por comprender estos armónicos arpegios.

Desde entonces, las canciones de estos jorobados cetáceos se han estudiado ampliamente; en la actualidad se sabe que pueden llegar a emitir sonidos de hasta 170 decibeles, lo que equivale a la potencia de una explosión de fuegos artificiales o el despegue de un jet. También se conoce que debido a que pueden emitir sonidos de baja frecuencia, a veces inaudibles para el oído humano, las ondas de comunicación viajan más lejos, así que pueden tener intercambios sonoros con otro miembro de su manada a miles de kilómetros de distancia.

Los sonidos unidad que producen las ballenas es vasto, por lo que para catalogarlos los científicos le piden prestado a otros animales sus onomatopeyas, de modo que no es extraño leer en un tratado sobre yubartas que emitieron ronroneos, graznidos, gruñidos, ladridos, incluso hasta crujidos, gemidos, llantos o gritos.

Ahora se sabe que las polifonías son casi exclusivas de los machos y son prolongadas, pueden durar de diez minutos hasta veinte o treinta horas y se permiten llevar la misma tonada durante seis meses. Aunque cada ballena tiene su propia voz, las jorobadas de la misma área a menudo cantan la misma canción, esto se conoce porque cantan frases iguales en el orden exacto. Se podría decir que año con año los machos de un grupo específico emiten los mismos cantos, pero existen pequeñas variaciones que a lo largo de muchos años la transforman en otra canción completamente diferente.

El instrumento de viento con el que emiten su música es tan grande como su cráneo, pues producen el sonido circulando aire por la cabeza. Para hacerlo, salen a la superficie a respirar, controlan su aliento, se sumergen, se inclinan hacia abajo y cantan a quince o treinta metros bajo el mar. Existen complicaciones para estudiar más sobre cómo es que circula el aire dentro de sus cabezas y producen los sonidos, pues no es común encontrar cráneos de estos mamíferos. Así que muchos científicos extrapolan sus conocimientos sobre la forma en la que los delfines emiten sonidos e infieren cómo es que lo hacen las ballenas.

Para quien nunca ha presenciado el concierto de estos mamíferos, la red brinda la oportunidad de escucharlos, de conocer algunas vocalizaciones de las ballenas jorobadas (www.dosits.org/audio/marinemammals/baleenwhales/humpbackwhale).

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Imagen superior: "Humpback Whales" (Greg MacGillivray, 2015) © MacGillivray Freeman Films, La Géode.

Cantos para la manada

Actualmente, además de comprender la estructura de los cantos, los investigadores están interesados en conocer el significado específico del mensaje que los cetáceos se transmiten entre congéneres, pues desde hace algunos años se sabe que las ballenas se comunican con cantos y llamados, unidades de comunicación de diferente duración y que al parecer tienen distinta finalidad. En recientes investigaciones científicas se reporta que mientras que los cantos los emiten principalmente los machos (son largos, complejos y al perecer tienen fines reproductivos), los llamados son cortos y los emiten las hembras (más sencillos y utilizados principalmente para comunicarse con sus crías).

El repertorio sonoro es extenso, pero recientemente algunos investigadores han puesto especial atención en los nombrados “sonidos sociales” que hasta ahora habían sido soslayados. Durante tres años científicos de la Universidad de Queensland, Australia, se dedicaron a grabar los sonidos que emitían 61 grupos de estos cetáceos mientras viajaban por las costas australianas. Obtuvieron miles de horas de grabación y en el año 2013 lograron compilar un catálogo de 660 sonidos diferentes y tipificaron los sonidos sociales.

En dicho trabajo, basado en las grabaciones sonoras, pero también en observaciones de comportamiento, el grupo de científicos encabezado por Rebecca Dunlop relacionó la conducta más obvia que acompañaba los sonidos, y así vinculó el actuar de los machos “con lo que decían”. Por ejemplo, cuando los machos solteros se unen a un grupo cambian sus vocalizaciones, pasan de emitir sonidos de baja frecuencia a una de mayor frecuencia. También observaron que con sonidos anuncian que están en posibilidad de aparearse y atraen a las hembras. Por otro lado notaron que las hembras emiten llamados cuando están alimentando a la crías.

Conocer el repertorio acústico de una especie es el primer paso para conocer su función biológica, pero es hasta ahora, con investigaciones de la Universidad de Queenslan, que se está recopilando el catálogo de los sonidos de las ballenas jorobadas y se comienzan a clasificar.

Categorizar el repertorio sonoro de estos mamíferos marinos es una tarea complicada y se hace de tres maneras: por un lado se usan las propiedades físicas cuantitativas de los sonidos que producen (frecuencia, amplitud, duración, intensidad); por otro lado se clasifican y se da nombre a las unidades sonoras (como lo hicieron Payne y McVay en 1971) −aunque esta manera de estudiar los sonidos tiene un dejo de subjetividad, pues un sonido puede formar una estructura continua y el investigador arbitrariamente podría dividirlo en sonidos diferentes, lo cual podría resultar en una interpretación errónea del sistema de comunicación del animal; y por último, se asocian estos sonidos a su conducta observable.

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Imagen superior: "Humpback Whales" (Greg MacGillivray, 2015) © MacGillivray Freeman Films, La Géode.

Voces mesuradas

Los titulares de las noticias periodísticas que se desprendieron del artículo de Dunlop de 2007 desbordaban de imaginación, pues anunciaban el desciframiento del canto de las ballenas como si sólo se necesitara una máquina transcriptora en la que entraran voces yubartas y salieran palabras humanas. Hubo casos más amarillistas que divulgaban los posibles reclamos ambientalistas que los cetáceos tenían que comunicarnos desde las profundidades del mar.

A decir verdad, esta investigación no sugiere que las ballenas estén tratando de comunicarse con los seres humanos, simplemente es evidencia de que se comunican entre ellas y todavía hace falta conocer la letra de las canciones que se cantan entre sí.

Lo que sí plantea el estudio es la posibilidad de grabar a las ballenas en diferentes puntos de sus rutas migratorias o a otras poblaciones en diferentes condiciones de temperatura e iluminación para así conocer cómo afectan estas variables la comunicación. Otra vía de trabajo del equipo australiano se centra en profundizar el posible efecto de los sonidos de los barcos y sonares en la migración de las ballenas jorobadas.

Finalmente, los argumentos contundentes para descifrar el canto de las ballenas jorobadas se darán cuando la comunidad científica logre entretejer las diversas investigaciones sobre ellas, es decir, se tienen que comprender perfectamente sus estructuras anatómicas (aparatos receptores y emisores de sonido) y su función biológica se tendría que relacionar con argumentos evolutivos y sociales de las ballenas.

Mientras tanto, los cantos de las yubartas se registran, se estudian, se almacenan y hasta se mandan al espacio exterior como inmemoriales partituras que esperan ser traducidas para comprender el contenido de las coplas.

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Figura 1. Sonograma propuesto por Payne y McVay en 1971 para especificar la terminología de los sonidos de las ballenas jorobadas. Las áreas circulares son subestructuras de los sonidos que no son detectadas por el oído humano.

Referencias bibliográficas

Dunlop, Rebecca, Michael J. Noad, Douglas H. Cato y Dale Stokes. 2007. “The social vocalization repertoire of east Australian migrating humpback whales (Megaptera novaeangliae)”, en Journal of the Acoustical Society of America, vol. 122, núm. 5, pp. 2893-2905.

Payne, Roger y Scott McVay. 1971. “Songs of Humpback Whales”, en Science, vol. 173, núm. 3997, pp. 585-597.

Copyright del artículo © Elisa T. Hernández Acosta. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

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