Liberalismo

Liberalismo Imagen superior: Adam Smith (1723-1790).

Cada opción ideológica tiene su mito fundante. El conservatismo, por ejemplo, parte de dos certezas: hay un solo Dios (el mismo para todas las religiones) y una sola naturaleza, que es su creación. La sociedad es natural, tan natural como una planta o un organismo animal, incluida la aristocracia primate conocida como humanidad. Entonces: gobernar bien es obedecer a la naturaleza pues todo cuanto la contradiga será contraproducente, conseguirá lo contrario de lo propuesto. No regar el jardín con agua de mar, por sabrosa que sea, pues las plantas se secarán. El valor más destacado del político es la eficacia. Dios lo premia con el buen éxito.

El socialismo parte de un mito opuesto. La naturaleza produce desigualdades, en tanto los seres humanos tenemos derechos porque somos iguales. No se admiten privilegios de sangre y sí, en cambio, oportunidades comparables para todos. Es la única manera de que los hombres y las mujeres seamos solidarios en lugar de vivir en guerra larvada por la supervivencia. Vivir no es sobrevivir sino convivir.

Se suele decir que los conservadores defienden una ética de las consecuencias y los socialistas, una de los principios. También se suele decir que no hay resultados sin principios ni principios abstractos que no cuenten con los medios concretos que hacen falta para cumplirlos. Conservadores y socialistas tienen cromos que intercambiar. Acaso, formando Grandes Coaliciones.

Por fin, están los liberales y su mito de que los individuos existimos antes que el Estado que es la carcaza jurídica de la sociedad. Por lo tanto: ni la sociedad ni el Estado pueden ignorar nuestros derechos subjetivos. En nombre de estos principios hemos redactado –aunque a menudo, sin cumplirlos– variados estatutos y declaraciones de derechos del hombre, del ciudadano, de la mujer, del niño, del viejo y suma que sigue.

Liberal, en castellano clásico, quiere decir generoso, o sea: preocupado por la libertad del otro, que a su vez se preocupa por la mía. En suma: no mi libertad ni la tuya sino la nuestra. Ilustres liberales como Ortega y Croce han insistido en esto, en contra del liberismo económico manchesteriano, que exalta el egoísmo como base de la competencia y la creación de riquezas que promueve el desarrollo de las sociedades. Ya el patriarca del librecambio, Adam Smith advirtió, en pleno siglo XVIII, que la libertad de mercado no era un fin en sí misma sino el mejor instrumento para que se promoviera el bienestar general, especialmente el de las clases históricamente condenadas al malestar.

Liberal fue un elogio durante siglos. Significó amplitud de miras, tolerancia, respeto mutuo entre unos y otros, caída de prejuicios y supersticiones, progreso intelectual, acaso también progreso moral de los aristócratas primates. Sin embargo, en nuestros días la palabra se confunde con neoliberalismo, con guerra de todos contra todos, sálvese quien pueda y tonto el último. Es curiosa esta deriva porque, nos gusten más o menos, nuestras sociedades desarrolladas son las que ostentan más altos niveles de solidaridad en la historia de la especie. Ciertamente, es una solidaridad abstracta, basada en la distribución de la riqueza en servicios sociales. Quizá sea tan eficaz que exige esa abstracción y produce una sensación de desasosiego que se remedia buscando la solidaridad en la semejanza cercana. Con lo que la globalización neoliberal está prohijando, sin quererlo, populismos y nacionalismos, tribus en lugar de sociedades. La tríada anterior, que admite anchas zonas de coincidencia tras cualquier discusión, se cuelga como tela de juicio. Hoy no toca.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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