Censúrenme, por favor

En una vieja película de los años cuarenta, Celia Gámez rogaba desde el título: Secuéstreme usted, por favor. Viene fácilmente a la memoria la imploración de la cantora en estos días propicios a ventilar el tema de la censura. Hay quienes ruegan ser censurados. Los mueven propósitos enaltecedores. Uno es la libertad de expresión. Otro, la bondad. En efecto, quien defiende la libertad contra opresión siempre cae del lado bueno, exhibe su carnet de afiliado al Partido Benevolente.

El periodismo clama contra la censura y hace muy bien. Haría mejor en no participar de actividades censorias, de las que abundan en los noticieros, reportajes y tertulias de nuestras televisiones, sobre todo las públicas. En ellas está la almendra del problema porque en España, en sentido estricto, no hay censura. Y no la adjetivo de previa porque, justamente no hay censura que no sea previa. Y además: impuesta desde el poder público.

Varios casos han dado ocasión para insistir sobre el tema. Creo que en ninguno de los tres que he conocido, hay materia de censura. Dos son casos judiciales. Uno, el secuestro preventivo de los ejemplares de un libro que lleva vendidas docenas de miles de ejemplares, con lo que la medida es mayormente inocua. Otro, una sentencia firme contra un rapero que exaltó en sus canciones el terrorismo. Por fin, un cuadro donde se exponían los retratos de supuestos presos políticos españoles. Fue descolgado por decisión de los directores de la feria pertinente y con el acuerdo de la galerista que había expuesto la obra. Pueden discutirse los méritos/deméritos del objeto, hoy en camino a un museo catalán, como asimismo el carácter de presos políticos de los retratados. Rasamente diré que en España no hay presos políticos, que los retratados pertenecen a una organización criminal llamada ETA o a partidos y organizaciones civiles que actúan libremente. Que un político esté procesado porque se lo sospecha delincuente, no lo convierte en preso político. Tanto da que se le impute una sedición en toda regla o el robo de unas gallinas.

¿Estoy practicando en estas líneas un acto de censura? ¿Trato de apoyar unas medidas censorias argumentando que no lo son? ¿Quién será el descensor tan descensoriado que me descensorie? Sin duda, todos los que hemos trabajado en periodismo sabemos que hay códigos variables de estilo y de temática que suprimen sectores de la información posible. Esto forma parte de la fatalidad de los hechos que llamamos realidad histórica. Nadie lo sabe todo ni puede decirlo con todas las letras aunque crea saberlo. Pero institucionalizar la censura de medios en España es gratuito y abusivo. O no tan gratuito ni tan abusivo mas, en todo caso, sesgado. Siempre nuestra visión es incompleta, pero lo es muy especialmente cuando cerramos voluntariamente un ojo al observar severamente eso que está ahí y solemos llamar la realidad.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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