Pi y e

Hay cosas que no desaparecerán aunque lo haga el mundo. Son las cosas simples que funcionarán por sí solas, porque lo son fuera de toda duda razonable. Una de ellas, mientras alguno de ustedes no diga lo contrario, es que dos más dos son cuatro. Y vaya que es un alivio saber que esto funciona.

Y funcionará, estará ‘ahí’ a pesar de que transcurran los millones de años necesarios para que todo nuestro Sistema Solar y sus aledaños estén ya desaparecidos, esparcidos en infinitos pedazos por el Cosmos. Lo curioso, se me hace a mí, es que hay cosas igualmente simples y aparentemente sencillas a las que les pasará igual y que van mucho más allá, también, de nosotros mismos. Por ejemplo: el número pi.

Si medimos el perímetro del disco solar y lo dividimos por su diámetro, al que asimismo deberemos medir, entonces el cociente nos da el valor de pi. Perímetro y longitud diametral que, por casualidad del tiempo en que vivimos y vistos ambos desde la Tierra, son casi, casi, iguales a los de la Luna. Pero, desaparecerán la Luna, la Tierra y el Sol y en cualquier otro objeto circular que alguien pueda entonces seleccionar y medir esos parámetros llegará, con asombro si es la primera vez, al valor al que aquí en la Tierra ya hemos llegado y que llamamos pi.

Hemos llegado, pero con la ayudita del amigo Arquímedes, por cierto un notable acaparador de buena parte del conocimiento a que un humano puede acceder. A mí me sigue asombrando, y espero que asombre también a los que manejen estas cosas allá donde se encuentren en el Cosmos, una cosa tan extraordinariamente contundente como es que a través de dos mediciones facilotas de hacer se llegue a una cifra tan imprecisa, infinita en sus guarismos y tan constante. Como si las leyes matemáticas que rigen el Cosmos se rieran de sí mismas con esta pi-mueca. Lo cual agradezco pues no deja de ser una lección de sencillez y humildad que el potentísimo mundo matemático se hace y nos entrega.

Más moderno y también más difícil de explicar es el número e, que es aquel –por no callarme lo digo– cuyo logaritmo natural es precisamente la unidad, el uno. Y le sucede lo que al pi, sólo que aquí en la Tierra lo hemos descubierto siglos después, en el XVII. Y quizás les suceda otro tanto a esos que imaginamos investigadores del futuro remoto millonario.

Y ¿por qué les hablo ahora de estas cosas? Pues porque la existencia de los dos números me hace sentirme bien, me reconforta, no sólo me abren la puerta a ver que en las leyes matemáticas hay cierto sentido del humor, sino porque rebosan una imprecisión grandilocuente. Y como de imprecisiones he visto, medido, observado y concluido tantas en el mundo real y tangible que nos rodea, sea de la geología, de la zoología y en general de la vida, pues me consuela constatar que existen asimismo en ese otro más conceptual que es el del cálculo y la matemática, dándome la sensación de que todos formamos parte de un todo. Imprecisiones que se extienden por encima de todos, que lo impregnan todo, los procesos naturales, desde luego, y los conceptuales, como si con su presencia dejaran ese fondo de inseguridad, aunque no de rigor, con que se llega en el estudio de estas cosas.

Imprecisión, limitación que nos obliga pero que no supone sino un reto más no a superar, pues es imposible, pero sí a acotar cada día con el menor margen posible. Creo yo que tras todo ello se esconde –la verdad que no mucho– un mensaje que a veces los humanos, asimismo elementos naturales imperfectos, pretendemos olvidar y que no es sino que la humildad debe presidir, impregnar nuestros actos, más cuanto más imaginemos que son de tipo ‘científico’. Y si llegado el día alguien descubre que dos y dos ya no son cuatro pues, por favor, que no me lo cuente, que también necesito una dosis, siquiera escasa, de cierta seguridad.

Copyright del artículo © Carlos Martín Escorza. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Carlos Martín Escorza

Geólogo e investigador. Miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue presidente entre 1988 y 1989.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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