¿El rey de los contratenores?

¿El rey de los contratenores? Imagen superior: Franco Fagioli © Igor Studio. Cortesía de Deutsche Grammophon. Reservados todos los derechos.

En 2015 el sello Decca publicó un cedé que denominó Los cinco contratenores. Producido por Georg Lang y uno de los cantantes convocados, Max Emanuel Cencic, grabado durante el mes de julio de dos años atrás en el Dimitris Mitropoulos Hall, Megaron, en Atenas, reunía a parte de la crema contratenoril de la actualidad. Una especie de ONU de contratenores ya que el citado Cencic representaba a Croacia, Yuriy Mynenko a Ucrania, Valer Sabadus a Rumanía, Vince Yi a Corea (del Sur, claro) y Xavier Sabata a España.

Muchos, probablemente, echarían de menos a otros conspicuos representantes de esta cuerda que hoy se hallan en exitosa circulación: Bejun Mehta (hindú), David Daniels o Lawrence Zazzo (norteamericanos), Andreas Scholl (alemán), Philippe Jaroussky (francés), David Hansen (australiano), Carlo Vistoli o Filippo Mineccia (italianos) y varios muchos más. Además de Franco Fagioli, argentino de San Miguel de Tucumán.

El desaparecido director de orquesta Alan Curtis, especialista con su Complesso Barocco de la obra de Haendel de la que dejó numerosas grabaciones completas, en un momento importante de su actividad renunció a trabajar con contratenores. Él que ya en 1978 dirigía en Admeto a uno de sus más destacados representantes de tal cuerda: René Jacobs. Razones tendría para tal cambio de criterio. Sin embargo, se volvió atrás de tan drástica decisión al saber del arte de Fagioli y con él registro en 2009 Berenice dándole el importante papel de Demetrio.

Franco Fagioli se dio a conocer en 2003, discográficamente hablando, gracias a Arte Nova, sello alemán que se impuso la tarea de descubrir (o difundir) algunas voces jóvenes puestas en circulación durante esos años: Graciela Alperyn, Laura Brioli y Elena Zaremba (mezzos), los ya fallecidos Sergei Larin y Johan Botha a más de Boiko Svetanov, John Treleaven, Robert Dean Smith, Zoran Todorovich, Roberto Saccà (tenores), Deon van der Walt (también tenor, asesinado por su padre a balazos), Olive Widmer (barítono, hoy marido de Cecilia Bartoli), Elena Mosuc, Helen Kwon, Susan B. Graham, Sabine Passow, Alexia Voulgaridou, Noemi Nadelmann, Anda-Louise Bogza, Janice Baird (sopranos), Evgeny Dimitriev, Roman Trekel, Albert Dohmen (otros barítonos). Todos y todas de más o menos aprovechada carrera a partir de entonces y hasta el momento actual.

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Imagen superior: Franco Fagioli © Igor Studio. Cortesía de Deutsche Grammophon. Reservados todos los derechos.

De Fagioli acaba de llegar al mercado un disco enteramente dedicado a Haendel grabado en el sello Deutsche Grammophon con el que en la actualidad el contratenor mantiene un contrato de exclusividad. Dirigido por Zeira Valoga con Il Pomo d’Oro enriquece sobremanera la actividad discográfica del cantante. Grabaciones completas de Artaserse de Vinci (parte de Arbace con dos arias magníficamente resueltas), otro Artaserse, el de Hasse (el mismo personaje de Arbace), Teseo (rol titular), Rodelinda (Bertarido) y Germanico de Haendel (Lucio), Adriano in Siria de Pergolesi (Farnaspe), Orfeo de Gluck (papel titular), La concordia de’ planeti de Caldara (Apollo), además de una incursión rossiniana como Arsace en Aureliano in Palmira, un salto cualitativo y cuantitativo rubricado por una excepcional prestación vocal. En solitario hay que sumar el disco dedicado totalmente a Rossini junto a otros entre los cuales destacan los dedicados a Nicola Porpora y los que reflejan parte del repertorio del que fuera un mítico castrado, Caffarelli, por nacimiento Gaetano Majorano.

El disco Haendel de Fagioli coincide exactamente con otro realizado por Jaroussky para Erato; ambos se registraron en marzo de 2017, con un repertorio diverso en el que únicamente comparten un aria: Se potessero i sospir miei a cargo de Tirinto en el acto I de Imeneo. Dos artistas importantes con dos voces de contratenores diversas: el francés tiene un timbre infantil y angelical, de una pureza sonora inmaculada; el argentino cuenta con un instrumento de mayor grosor y densidad lo que le procura un atractivo, cremoso y sensual colorido.

Ambos, sin duda, como es preceptivo, están atentos a la claridad en la dicción con la preceptiva uniformidad y comodidad de registros, airean una perfecta afinación, un canto legato impecable, así como una importante elegancia de modales. En este sentido, las variaciones del Da capo (o sea la repetición de la parte inicial del aria) son por parte de Fagioli de una originalidad y atractivo fascinantes.

A la voz de contratenor se le puede reprochar la escasa posibilidad de hacer regulaciones, es decir, jugar con las dinámicas de forte, mezzoforte y piano, matices que por morfología vocal es posible conseguir en el resto de las voces operísticas con técnicas proclives a ello. Unos recursos de matización que se evidencian como un inevitable requisito para el repertorio barroco que es el transitado primordialmente por este tipo de cantantes. Para compensar de estas posibles carencias todos los contratenores de ya bien alcanzada calidad, sin excepción, cuentan con la agilidad instrumental, algo también muy esencial para esta estética que le permiten salir adelante, incluso con comodidad y casi siempre con brillo, en los numerosos pasajes que se hallan en muchas de las páginas de dicho repertorio. Arias de agilidad endiablada que suelen contrastarse con las de signo contrario, adagios y andantes normalmente de lamentoso contenido o de patética sentimentalidad.

Porque el héroe y la heroína barroca suelen balancearse entre dos sentimientos extremos: el placentero y el doloroso aunque en medio de estas dos maneras de expresarse tengan la posibilidad de dar cuenta de otras manifestaciones asociadas a la naturaleza humana.

Estas situaciones anímicas de los personajes barrocos, en el terreno puramente canoro se traducen unas con un canto preferentemente silábico (a una nota por sílaba del texto); otras, por el canto ornamentado sobre una vocal infinidad de rápidos y electrizantes adornos.

Fagioli en este disco con programa haendeliano revela su capacidad para ambas contrastadas maneras de cantar en tres ocasiones: como Serse (Ombra mai fu y Crude furie), como Rinaldo (Cara sposa, Venti, turbini, las dos arias ya grabadas en el recital aludido de Arte Nova) y como Ariodante. Con este último personaje es donde los dos extremos canoros se hacen más evidentes en su diversidad. Al noble paladín escocés le resulta insoportable la traición de su amada Ginevra y ese desgarro entretejido por una muy poco soportable melancolía esta descrito en ese cantabile preferentemente spianato como diría Stendhal, Scherza, infida en el que fagot (Alberto Guerra en esta ocasión) en plañidero diálogo con la voz se manifiesta suavemente tocante. Luego, al descubrir que todo era mentira, que ha sido víctima de la astucia de su malvado rival amoroso Polinesso, desbordante de dicha se explaya Ariodante en una de las páginas más brillantes y exigidas escritas por Haendel: Dopo notte, atra e funesta. Dos lecturas que Fagioli traduce impecable, de sobria pero eficiente expresividad la primera; exuberante de fuegos de artificio canoro la segunda.

Fagioli, pues, da cuenta impoluto de esa doble condición y exigencia vocales. Canta con detallada y contagiosa emoción las partes lentas y hace que su voz corra con la velocidad necesaria en las páginas de frenética celeridad. Pero aporta algo que parece nuevo dentro de la tesitura del contratenor actual. Su registro tiene mayor amplitud, tal como se demuestra en la frase final del Crude furie de Serse. Una capacidad demostrada ya en los anteriores discos de Porpora (escúchese el aria de Adalgiso de Carlo il Calvo) y Caffarelli, superando con holgura una extensión de más de dos octavas, con unos graves de oscuridad casi baritonal y unos agudos de penetrante y límpida proyección.

Pero existe aún algo más estimable en el arte del argentino: Fagioli sabe de la existencia del trino (embellecimiento básico donde alternan al unísono dos notas) y lo pone en práctica a menudo en su variada exposición, sobre todo el trillo raddopiato (aumentado) o sostenuto (sostenido), dilatado como solían hacerlo los castrados de la época áurea. Y no ignora, cuando en la partitura ve escrita una nota tenida, es decir cantada a lo largo de varios compases, que es exigido emitirla evitando cualquier posible uniformidad o monotonía, tal como ordenan las bases más precisas del llamado bel canto. Es decir que ha variar esa nota tenida, adornarla; y la mejor manera de hacerlo es con una messa di voce: atacar la nota en piano para paulatinamente hacerla más voluminosa finalizándola como se empezó, un recorrido piano-forte-piano, todo en una misma respiración, exhibiendo un desahogado fiato.

Estas dos cualidades las manifiesta Fagioli de esta manera: el trino en diferentes arias del disco, siendo el sostenuto el de Mirtillo en Il pastor fido; la messa di voce cuando Bertarido de Rodelinda canta la palabra Vieni en Dove sei, amato bene. Conviene asimismo advertir que dichas ostentaciones virtuosísticas (messa y trillo) las junta Fagioli en el aria de Aci del Polifemo del excepcional disco que en 2012 dedicó a las óperas de Porpora: Alto Giove. Bellísima aria que se han entado en grabar otros colegas como Jaroussky y Mehta, así como la mezzo Anna Hallenberg y las sopranos Verónica Cangemi y Simone Kermes. Esta última es la única capaz de emular esa gesta vocal de Fagioli iniciando el aria.

¿Será Fagioli el rey actual de los contratenores? Esa cuestión cada uno podrá zanjarla a su gusto. Lo que es indudable es que méritos para serlo tiene demasiados.

Copyright del artículo © Fernando Fraga. Reservados todos los derechos.

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000) y Simplemente divas (2014).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

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