El viaje de una salamanquesa

El viaje de una salamanquesa Imagen superior © Akira Urrero. Reservados todos los derechos.

Esta es la historia real de un animalito que, a causa de su curiosidad, viajó desde el sureste de España hasta el corazón de la Selva Negra (Alemania). Aunque es una historia real y se sitúa en un espacio y tiempo reales, por su contenido parece un cuento y por eso podemos empezar con... Érase una vez....

Érase una vez una salamanquesa curiosa o necesitada de calor en una noche primaveral que buscando un refugio o queriendo ver mundo, se introdujo en un coche que dormía en un garaje, resguardo de salamanquesas y arañas de largas patas. Como y por dónde entró en el coche no se sabe.

El hecho fue que los propietarios del coche viajaron a Madrid y, al cabo de una semana, emprendieron viaje a Alemania, recorriendo una distancia de cerca de 2.000 Km. Como esta es una historia real que podría parecer un cuento, hace su aparición en ella una abuelita. La abuelita era muy mayor y tenía que ser llevada al médico al ser tan mayor ya no caminaba muy bien y se servía de un taca-taca. Al abrir el maletero para sacar el taca-taca de la abuelita ¡zas!, apareció la salamanquesa.

A la abuelita le hizo mucha ilusión que aquel animalito estuviese allí, en el maletero y empezó a pensar en cómo ayudarle a sobrevivir y qué se podría hacer con él. La abuelita tenía mucha experiencia en cómo ayudar a los animalitos; una vez enseñó a sus nietos a cuidar de un “carbonero azul” que se acababa de caer del nido hasta que empezó a volar y, para que no se lo comiera el gato, le entregó a un asilo de animales.

La salamanquesa le gustó mucho a la abuelita y por eso decidió darle un nombre. A partir de entonces se llamó “Gregor”. La abuelita preguntaba todos los días por Gregor ¿sigue Gregor en el maletero? ¡Tened mucho cuidado al hacer la compra no vayáis a dañar a Gregor! Y así hasta el día en que llegó la hora de volver a España…

Ya habían pasado cuatro semanas desde la salida de Gregor de su ambiente y los dueños del coche se preguntaban si sobreviviría una semana más hasta llegar al sur. En Madrid uno de los humanos contó la historia a una investigadora del Museo de Ciencias Naturales, la investigadora fue a buscar a un investigador, éste les condujo a otro que les prestó un terrario, al que echaron tierra, el otro humano introdujo en el terrario a la salamanquesa con mucho cuidado y la subieron a su casa.

En el terrario pusieron una cucharita de café con agua, un poco de carne cruda picada y alguna mosca cazada al vuelo, para que Gregor pudiese aguantar una semana más hasta el viaje al sur. Así llegó el gran día en que se emprendió el viaje para que Gregor volviese a su casa.

Con mucho cuidado se aseguró el terrario para que no volcase en el coche y al atardecer llegaron al lugar de donde hacía cinco semanas Gregor había salido. Con sumo mimo se colocó a Gregor entre unas matas cercanas al garaje de dónde había emprendido su aventura y rápidamente desapareció entre las hojas.

Cada vez que los otros protagonistas de esta historia pasan por aquel lugar piensan que Gregor estará contando a sus nietos aquel viaje que hizo en el maletero de un coche hasta el corazón de la Selva Negra.

Epílogo

Como esta es una historia real aunque parezca un cuento, sería muy interesante que un herpetólogo (biólogo que se dedica a estudiar los lagartos, las lagartijas, salamandras, salamanquesas, etc.) nos contase cómo puede sobrevivir una salamanquesa en el maletero de un coche durante cinco semanas. ¿Se come los ácaros de la tapicería?

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Imagen superior © Maya Urrero. Reservados todos los derechos.

Carta de una salamanquesa

Me he enterado, Carmen, que andas buscando un herpetólogo para que complete la información de la historia, real como la vida misma, que cuentas en el periódico del Museo. Con todos mis respetos a los herpetólogos, estudiosos de los anfibios y reptiles, creo que quien mejor te puede informar es una salamanquesa, así que rompiendo una especie de tabú que tenemos los animales y en agradecimiento a vuestros cuidados y desvelos, me he decidido a escribirte.

En la península Ibérica hay dos especies de salamanquesas, la salamanquesa rosada (que los científicos llaman Hemidactylus turcicus) y la salamanquesa común (Tarentola mauritanica). Somos reptiles propios de zonas cálidas y por eso nuestra distribución es más bien meridional y cercana a las costas, sobre todo las rosadas. Allí donde las noches son de temperaturas suaves es donde más a gusto nos sentimos y nos podréis ver a la luz de los faroles al acecho de las polillas y los mosquitos, favor que os hacemos y no todo el mundo nos lo paga tan bien como tú y tu familia.

En el centro de España y en sitios bastante fresquitos también puede vivir la salamanquesa común, pero entonces tenemos que aprovechar los días soleados y estar activas también, para poder cazar insectos ya que hay pocas noches calurosas y no nos da tiempo a completar nuestro ciclo biológico.

En los muros de este Museo hay bastantes salamanquesas, igual que en muchas casas del viejo Madrid. Por favor, no os asustéis al vernos, podemos convivir perfectamente sin hacernos daño. En plena naturaleza nuestro lugar está en los troncos de árboles, en los pedregales y entre las grandes hojas de plantas, como por ejemplo las pitas (Agave americana) que con los resquicios que tiene y las fuertes espinas nos proporciona un refugio seguro frente a nuestros enemigos.

Nuestros enemigos, por cierto, son los pequeños carnívoros, los gatos especialmente, y también algunas pequeñas serpientes de las que nos resulta difícil escapar. El viaje que tú comentas no es un capítulo excepcional en nuestra vida, debes saber que somos grandes viajeras. En mi familia se dice que la primera salamanquesa que llegó a América lo hizo acompañando a Colón. Quizás sea solo una leyenda, pero hoy en día hay poblaciones conocidas de las dos especies en Europa, África, Asia y América. Hay salamanquesas rosadas en Estados Unidos (Florida, Louisiana y Texas), México, Cuba y varias localidades de Centroamérica. Han llegado al sur de Francia y a muchos sitios de África, incluyendo las Islas Canarias, donde hay otras especies de la misma familia.

Casi siempre llegamos a bordo de barcos, aunque también viajamos en trenes y camiones. Vamos cómodamente instaladas entre fruta, plantas de vivero, maderas, materiales de construcción y entre bultos y maletas, si nos sorprenden sobre ellas cuando estábamos descansando. También en coches particulares, aunque es más difícil.

Como tenemos las manos y pies con unas laminillas adhesivas que nos permiten trepar hasta por un cristal, podemos agarrarnos bien fuerte y soportar el traqueteo, escondidas en una grieta si puede ser. Esta costumbre viajera nos viene de muy antiguo y antes de que el hombre cruzase los mares con sus barcos, mis antepasados viajaban a islas remotas subidas en troncos flotantes. Así se colonizaron las Islas Canarias y ahora hay allí cuatro especies distintas.

Gregor era una salamanquesa rosada, que quizás se encontró en el maletero del coche por haberse dormido en una caja de naranjas. La mayor parte del tiempo que pasó en el coche estaría medio aletargada, con el metabolismo bajo mínimos.

Las salamanquesas, como todos los reptiles, podemos pasar mucho tiempo sin comer y si alguna mosca entró en el coche durante ese tiempo, seguro que terminó en su estómago. A los grandes ojos de animal nocturno que tenemos, pocos detalles se nos escapan. Firmado: Maura Una salamanquesa que vive en el falso techo del Archivo del Museo de Ciencias Naturales.

Copyright del artículo © M. Carmen Velasco. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

M. Carmen Velasco

Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN–CSIC). Los artículos de M. Carmen Velasco se publican en www.TheCult.es por cortesía del MNCN con licencia CC no comercial.

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC