La mano del muerto de Wild Bill Hickok

1876... Ese es el año en que los Estados Unidos de América cumplen su primer centenario como nación, y también es la fecha de la muerte de dos hombres eternamente vinculados a la leyenda del western: el general George A. Custer, masacrado junto al mítico Séptimo de Caballería de Michigan en la batalla de Little Big Horn, y Wild Bill Hickok, mítico pistolero asesinado por la espalda en un salón de Deadwood.

Agente de la ley, jugador, explorador del ejército… Hickok fue una de esas personalidades que están predestinadas a ser elevadas al altar de la leyenda por diversos motivos: su legendaria habilidad con el revólver y los numerosos tiroteos en que la demostró, el hecho de haber derrotado a un oso en combate cuerpo a cuerpo armado solo con un cuchillo, o su asociación con otros nombres míticos de la epopeya del Oeste, como Búfalo Bill o Calamity Jane.

Este hombre educado y de modales tranquilos y corteses no estaba destinado a que la Parca se lo llevase en su vejez del lecho de muerte. Ya lo decía San Mateo: quien vive de la espada morirá por la espada.

El 2 de agosto de 1876 jugaba una partida de cartas en el Saloon Number Ten de Deadwood, ocupando un lugar en la mesa de espaldas a la entrada del local. Hickok Intentó cambiar de asiento con alguno de los otros jugadores, pero estos se negaron. Un tal Jack McCall se situó tras su silla, y le disparó con un 45 en la cabeza.

La mano que Hickok llevaba en el momento de ser asesinado, doble pareja de ases y ochos más un reina, también ocuparía su lugar en la leyenda denominándose la mano del muerto (Dead Man`s Hand) en el argot de los naipes.

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Siempre ha existido cierta controversia sobre la composición exacta de la mano póstuma. Una referencia de 1886 la identificaba como un full de tres jotas y dos dieces, pero la versión comúnmente aceptada es la siguiente: as de picas, as de trébol, ocho de picas, ocho de trébol y la reina de picas, valores pertenecientes a los palos negros de la baraja. Otras variaciones sustituyen el as de picas por el de diamantes, y el ocho de corazones por el de tréboles, siendo el quinto naipe la reina de corazones.

Cabe dudar de la total composición de la mano por valores de color negro, principalmente por la fúnebre teatralidad que encierra. Además, diversas cartas tienen unas connotaciones negativas, según el juego que se practique. Sin ir más lejos, en el juego Corazones, contenido en diversas versiones del programa Windows, penaliza de manera especial al poseedor.

No obstante, el naipe que se lleva la palma en cuanto a mal fario es el as de picas (The Ace of Spades), considerada como la carta de la muerte. Esta encarnación ha sido popularizada por diversas películas sobre la guerra de Vietnam. Por ejemplo, Apocalypse Now (1980).

En aquel conflicto, las tropas de EE.UU dejaban el naipe sobre los cadáveres de los soldados norvietnamitas o vietcongs abatidos, como arma psicológica. Sin embargo, la figura del as de picas carecía de simbolismo alguno para los vietnamitas, y más bien parece ser un recurso para elevar la moral estadounidense.

En la cultura popular, aparte de la ficción bélica sobre Vietnam, la mano del muerto también ha jugado el papel de aciago vaticinio. El ejemplo más notable lo tenemos en dos obras maestras de John Ford: La diligencia (Stagecoach, 1939) y El hombre que mató a Liberty Balance (The Man who shot Liberty Balance, 1962).

En ambas producciones, los personajes portadores de la fatídica mano –Luke Plummer (Tom Tyler), junto con dos de sus hermanos, y Liberty Balance (Lee Marvin)–, morirán de forma violenta en un breve espacio de tiempo. Curiosamente, ambos villanos lo hacen bajo las balas de John Wayne.

Cabe mencionar otro ejemplo, a modo de conclusión. Me refiero a ese himno del heavy metal que es la canción The Ace of Spades, debida a la clásica banda británica Motorhead, capitaneada por el incombustible y recordado Lemmy Kilmister.

Copyright del artículo © José Luis González. Reservados todos los derechos.

José Luis González

Experto en literatura, articulista y conferenciante. Estudioso del cine popular y la narrativa de género fantástico, ha colaborado con el Museo Romántico y con el Instituto Cervantes. Es autor de ensayos sobre el vampirismo y su plasmación en la novela del XIX.

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