Tortugas gigantes de las Galápagos. Últimos testigos de la presencia de Darwin en las islas

Tortugas gigantes de las Galápagos. Últimos testigos de la presencia de Darwin en las islas Imagen superior: tortuga gigante de las Galápagos, Chelonoidis nigrita, Isla de Santa Cruz / Antonio García–Valdecasas.

Si para nosotros el futuro se acerca despacio, en el caso de las tortugas gigantes se prolonga entre 150 y 200 años; no es de extrañar que se lo tomen con calma. Teniendo en cuenta su longevidad y haciendo unos pequeños cálculos, no sería descabellado pensar que alguna de las que todavía habitan en este archipiélago ecuatoriano podría haber sido la primera tortuga gigante que vio un joven Darwin a su llegada a las islas Galápagos, allá por 1835.

Su impresión al verlas quedó reflejada en su diario de viaje donde escribió: «Estos inmensos reptiles rodeados de lava negra, arbustos sin hojas y grandes cactos, me producen la impresión de animales antidiluvianos».

Como sabemos, posteriormente las convirtió en ‘musas de la evolución’, ya que la diversidad morfológica entre sus caparazones fue reconocida por el naturalista y le sirvió como uno de los argumentos para sustentar su teoría de la evolución.

Las tortugas de las islas Galápagos pertenecen al género Chelonoidis y ostentan el título de ser unas de las tortugas terrestres más grandes que existen en la actualidad. Aunque en el pasado las tortugas gigantes habitaban en casi todos los continentes, actualmente sólo sobreviven en las Galápagos y en las islas Seychelles.

Estos reptiles llegan a pesar unos 200 kilogramos y el tamaño y forma de sus caparazones óseos varían de unas especies a otras, según los diferentes ambientes de las islas. Las que habitan en zonas húmedas lo tienen en forma de cúpula, lo que les permite desplazarse a través de la densa vegetación sin quedarse atrapadas en la misma.

El caparazón “silla de montar” cubre el cuerpo de aquellas que habitan en zonas más desérticas, y tienen una elevación en la parte frontal que les permite estirar el cuello más que al resto de las tortugas y así alimentarse de las hojas altas de arbustos y de las pencas de los cactus.

Otras cargan sobre sus espaldas un caparazón de características intermedias. Al observarlas, da la sensación de que estos magníficos animales concentran el pasado, el presente y el futuro en una simple mirada; una mirada de abuela que infunde respeto y sugiere conocimiento. Quizás por ello siempre han colecciones sido representadas en muchas culturas populares como emblemas de la longevidad, sabiduría y serenidad.

Con unos 250 millones de años a sus espaldas (mejor dicho: a sus caparazones) y sobreviviendo a otros reptiles gigantes, los dinosaurios, no es para menos. Y es que en este mundo donde todo acontece tan atropelladamente, el arte de la lentitud cobra un valor especial. Un ejemplo lo tenemos en el conocido como “movimiento slow”, una corriente cultural que nació hace unos años para calmar las actividades humanas promoviendo la sostenibilidad del planeta; y en la Antigua Grecia ya lo manifestaba Esopo en su conocida fábula La liebre y la tortuga, donde finalmente sin prisa, pero sin pausa, la lenta constancia de la tortuga prevalece sobre la velocidad arrogante de la liebre, que pierde la carrera.

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Imagen superior: tortuga gigante de las Galápagos, Chelonoidis nigrita, Isla de Santa Cruz / Antonio García–Valdecasas.

No menos conocida es La Vetusta Morla, una de las criaturas que forman parte de la novela fantástica La Historia Interminable de Michael Ende y, posteriormente, de diversas adaptaciones cinematográficas. Según nos cuenta el autor, su edad no se calcula por años en el tiempo ‒“ella es mucho más vieja que los seres más viejos de Fantasía [...] o más aún, no tiene edad”‒. Y como ella misma dice: “somos viejas, pequeño, demasiado viejas y hemos vivido bastante. Hemos vivido demasiado. Para quien sabe tanto como nosotras nada es importante ya. Todo se repite eternamente: el día y la noche, el verano y el invierno”.

Parece como si esta vida lenta y rutinaria de las tortugas de las Galápagos fuera envidiada por los imprevisibles, rápidos y cambiantes vientos y corrientes marinas, que un 10 de marzo de 1535 decidieron empujar a la deriva el barco del religioso dominico Fray Tomás de Berlanga, entonces obispo de Panamá. Así, en lugar de a su destino inicial, Perú, se topó con las tranquilas islas, descubriendo su gran diversidad de flora y fauna...y sus grandes tortugas.

¿Qué supuso este hallazgo? La respuesta es controvertida. Para los piratas y marineros que fueron invadiendo las islas a partir de ese momento, un paraíso para la caza y la pesca. Para la historia de la ciencia moderna, todo un hito. Para las tortugas y resto de fauna de las islas...eso ya es otro cantar. Todas las especies insulares presentan casos de evolución muy especiales dependiendo del grado de alejamiento del continente. Esto es muy evidente en las islas oceánicas de origen volcánico, como es este caso, donde las pocas especies que logran colecciones colonizarlas tienen la posibilidad de diversificarse gracias a la riqueza de nichos ecológicos vacíos y la falta de competidores.

La fauna de las islas, inusualmente mansa debido a la ausencia de amenazas, se torna especialmente vulnerable ante la llegada de nuevos depredadores. Los balleneros se aprovecharon de ello y capturaron y sacrificaron miles de tortugas del archipiélago para alimentarse y extraer su aceite. Su metabolismo es tan increíblemente lento, que pueden pasar hasta un año sin comer ni beber, y esta ventaja evolutiva pronto se tornó en una cualidad fatal, al ser utilizadas como despensas vivientes en los barcos de los hambrientos marineros.

Esta cacería masiva, junto con la explotación de las islas y la llegada de especies foráneas, consiguió lo que las catástrofes geológicas y cambios climáticos a lo largo de millones de años no pudieron hacer: llevarlas a un punto cercano a su extinción. Han desaparecido entre 100.000 y 200.000 tortugas y se han extinguido algunas especies, de manera que de las 14 que existían originalmente, quedan sólo 10. La última que desapareció lo hizo en la isla Pinta en junio de 2012, cuando el conocido como Solitario George –especie abingdonii‒ murió, eso sí, por causas naturales, superando el centenar de años. Ha hecho falta un periplo de reconocimientos como Patrimonio Natural de la Humanidad, Reserva de la Biosfera , Patrimonio de la Humanidad en riesgo medioambiental y un largo etcétera, para que estas ‘Islas Encantadas’ –que aparecen y desaparecen a los ojos de los navegantes – fueran recuperando su ‘encanto’, único e irrepetible, cinco siglos después de ser descubiertas.

Los esfuerzos de conservación han conseguido que unas 20.000 tortugas habiten todavía en las islas Galápagos, pero hoy en día queda mucho por hacer.

Copyright del artículo © Cristina Cánovas. Publicado originalmente en NaturalMente, revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Cristina Cánovas

Bióloga y coordinadora de exposiciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del CSIC. Los artículos de Cristina Cánovas se publican en The Cult por cortesía del MNCN con licencia CC no comercial.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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