Un paseo por el lado oscuro de la red. Entrevista con Evgeny Morozov

En 2011, con solo 26 años y un único libro publicado –El desengaño de Internet: los mitos de la libertad en la red–, Evgeny Morozov (Bielorrusia, 1984) se convirtió en una figura de referencia a la hora de hablar del papel que desempeñan las nuevas tecnologías de la comunicación en nuestro mundo político, económico y cultural.

Miembro de la New American Foundation, editor de la revista Foreign Policy y profesor visitante en la Universidad de Standford, colabora habitualmente con cabeceras como The EconomistThe New York TimesThe GuardianThe Wall Street Journal o El País.

Su enfoque afilado y escéptico ha quedado de nuevo de manifiesto en su segundo libro –To Save Everything, Click Here (2013)–, en el que aborda la tendencia contemporánea a buscar soluciones tecnológicas a lo que en el fondo son problemas políticos, morales o incluso antropológicos.

Seguramente esté cansado de que le hagan esta pregunta, pero ¿cómo un experto en política exterior se convierte en un experto en sociedad de la información y medios digitales? ¿Están estos dos campos tan interconectados?

No creo que haya sido nunca un experto en nada, desde luego no en política exterior. Estuve trabajando en una ONG llamada Transitions Online, que trabajaba con medios de comunicación especializados en las relaciones entre la Unión Soviética y el resto de Europa. Entre otras cosas, mi labor consistía en conocer a fondo los nuevos medios de comunicación, en viajar a diferentes países y entrevistar a gente. También me encargaba de coordinar proyectos relacionados con los medios de comunicación y de formar a periodistas e incluso políticos para que pudieran utilizar coyunturalmente los nuevos medios para hablar de su trabajo, lanzar sus campañas o atraer la atención del público hacia sus causas.

Durante tres años estuve realizando trabajo de campo, hablando con la gente e intentando entender el tipo de destrezas que se precisaban para luego enseñarles cómo usar esas tecnologías. Al cabo de un tiempo, me di cuenta de que en muchos países de Asia Central, como Bielorrusia, mi país de origen, los gobiernos estaban empezando a utilizar estas tecnologías para reprimir a los ciudadanos, para hacer tareas de seguimiento a los disidentes y también como medios para difundir propaganda política. De modo que empecé a sospechar que «el otro lado», por llamarlo de alguna manera, estaba encontrando maneras más creativas que nosotros de utilizar ese tipo de plataformas tecnológicas.

Así fue como empecé a decepcionarme con todo y a preocuparme por el rumbo que estaban tomando las cosas. Luego, a partir de 2006 o de 2007, me dediqué a trabajar por libre y a escribir para medios como The Economist y algunas revistas sobre política. Como había trabajado durante años en estos temas, pensé que había llegado el momento de escribir un libro [The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom, 2011]. Gracias a una beca, me trasladé a Nueva York desde Berlín, donde vivía entonces, de ahí a Georgetown con otra beca y, con otra más, a Stanford. Honestamente, creo que hablé demasiado de política exterior en mi primer libro. En el segundo [To Save Everything Click Here: The Folly of Technological Solutionism, 2013] no he abordado la política exterior en absoluto: no quería mencionar a Rusia, Iraq o China y espero no volver a hacerlo nunca. En cualquier caso, en Estados Unidos es fácil ser un experto en política exterior, solo necesitas tener una opinión formada sobre algún tema relacionado.

Está en Madrid para asistir a un seminario en el CBA sobre «ciberrealismo». ¿Qué entiende por este concepto? ¿Cree que era necesario acuñarlo?

Al final de mi primer libro empleé el término porque me pareció un buen antídoto frente al ciberutopismo, una de las cuestiones más problemáticas a la hora de pensar en la tecnología y en su influencia sobre la política. En mi opinión, es un concepto necesario, ya que mucha gente tiende a considerar las tecnologías de la información y las plataformas que utilizamos para comunicarnos a partir de supuestos ingenuos, basados en mitos y no en la realidad.

Hace falta ser más realista sobre lo que estos dispositivos o medios nos ofrecen. Si no eres realista y te preocupas, por ejemplo, por los derechos humanos, puedes empezar a invertir recursos en este tipo de plataformas cuando lo más seguro es que estés tirando dinero o, como ya he visto más de una vez, dejando que te quiten el tuyo. En ese sentido, el ciberrealismo entraña una actitud algo más neutral hacia la tecnología y asume que lo que estas herramientas ofrecen en Silicon Valley puede ser muy distinto de lo que ofrecen en el Líbano. O que es posible que ciertos resultados que apreciamos cuando pensamos que la tecnología está jugando un papel central se deban en realidad a otros factores. En mi primer libro presento el ciberrealismo como una pequeña advertencia para los políticos.

¿De dónde salen los ciberutópicos? Algunos parecen proceder de los «viejos» periódicos… Estoy pensando en Andrew Sullivan, quien profetizó en un famoso artículo que la revolución sería tuiteada, como expresión del poder transformador de las redes digitales («The Revolution Will Be Twittered», 13 junio de 2009).

¡Están en todas partes! [Risas]. En realidad, el hecho de que Andrew Sullivan proceda del mundo de la prensa escrita tradicional no nos dice nada. Abandonó su carrera en el periódico y la revista en los que trabajaba para convertirse en un bloguero a tiempo completo. Ya no se identifica con ningún periódico y parte de esa transición hacia los blogs puede ser el resultado de su interés por lo ciber. Aunque también puede ser al revés… Pero sí existen razones, creo, por las que tendemos a sobrestimar el papel de la tecnología, de las redes sociales y de la información en todo tipo de proyectos. Por ejemplo, se esperaba que los programas de radio durante la Guerra Fría o las máquinas Xerox, que fueron introducidas en la Unión Soviética para fotocopiar literatura occidental, tuvieran un papel fundamental en la caída de la Unión Soviética.

Hoy pocos historiadores serios creen que fuera así, pero hay mucha gente en Washington, responsable de financiar este tipo de programas, de introducir el equipo de contrabando o de crear programas para Radio Free Europe, que sostiene el mito de que la tecnología por sí misma tumba gobiernos o genera transiciones democráticas. Cuando llegó internet mucha gente quiso ver en los nuevos medios lo que más le convenía. En este sentido, internet es muy flexible: contiene muchas dimensiones de modo que puedes elegir una, decir que es la dominante y, después, utilizarla para justificar tu teoría sobre el mundo. Como apunto en mi segundo libro, si somos tan optimistas acerca del poder de internet y de los medios sociales de comunicación es, probablemente, porque partimos de una serie de supuestos erróneos sobre cómo funcionan realmente.

Entiendo que en tus libros criticas la ingenuidad de cierto modelo antropológico de corte rousseauniano subyacente al mundo digital, que predica que cuanta más información, más comunicación, más tecnología y más educación, más democracia, de manera automática.

En efecto, hay varios sesgos o equivocaciones aquí. Uno que considera que la tecnología de la información favorece las fuerzas democráticas. Mucha gente en Washington todavía piensa que en países como China, Rusia o Bielorrusia, a la gente se le ocultan las cosas, que nadie sabe lo que está sucediendo y que todo el mundo es un disidente en ciernes, de modo que bastaría con brindarles las herramientas para que se informen.

Esta idea de que la tecnología es muy valiosa para la revolución contiene una hipótesis sobre la herramienta, pero también sobre las razones por las que estos países y regímenes funcionan como lo hacen. Se sobreestima el poder de la tecnología porque no se entiende que el poder de un determinado gobierno poco tiene que ver con la ignorancia forzada de la población o la falta de acceso a herramientas informáticas. Puede estar basado en el nacionalismo –como en Rusia en la actualidad– o en un movimiento religioso ortodoxo, y estos movimientos también pueden usar y de hecho usan el poder tecnológico de las redes sociales. También «ellos» las usan para difundir ideas e información y para movilizar. Propiciando el acceso a las nuevas tecnologías no se está minando el régimen en modo alguno.

Parece usted un destrozamitos moderno. Nuestras sociedades se basan en ciertas suposiciones políticas, culturales o sociales, unas premisas incuestionables como el papel de las nuevas tecnologías, la innovación, el progreso o la libertad individual que nadie cuestiona. Usted parece escéptico al respecto.

No me considero un escéptico, aunque reconozco que algunas de mis ideas puedan conducir hacia cierto escepticismo sobre el poder de estas herramientas, pero, de nuevo, no es porque no crea en la tecnología o en las herramientas o en las plataformas. En lo que no creo es en la lógica con la que hoy se implementan y que no responde a muchas de las cosas que nos gustaría ver.

Es usted entonces un realista…

Sí, soy realista, pero creo que en mi segundo libro soy más humanista que realista. Quería hablar sobre qué es lo que hace que la democracia y una sociedad liberal permita a los individuos prosperar. Mi argumento, por decirlo de una manera muy simple, es que hay ciertos factores, como la ineficacia y cierto nivel de desorganización y de caos en pequeñas dosis, que resultan necesarios para que el liberalismo y la sociedad liberal funcionen.

A través de ciertas tecnologías, que resultan muy atractivas, se pueden poner trabas para evitar que los políticos superen cierto nivel de hipocresía y se puede lograr que apenas existan brechas en la vida de los individuos, convirtiéndolos en usuarios altamente eficientes de tecnología, con frigoríficos que se comunican directamente con el supermercado para que un robot te traiga la leche cuando se te acaba y coches que conducen solos y te llevan a donde quieras… Así va desapareciendo la fricción y no se puede infringir ninguna ley porque el entorno es tan inteligente que si estás borracho, los sensores que están por todas partes lo notan y tu coche no arranca… Se supone que así la sociedad podrá funcionar a las mil maravillas, sin fricciones ni conflictos.

Yo estoy seguro de que la tecnología puede producir estas cosas, el frigorífico se comunicará con el supermercado y habrá robots que te traerán la leche a casa por la ventana, pero mi pregunta es: ¿por qué es esto necesariamente bueno? Me temo que mucha gente en Silicon Valley ha dejado de hacerse esta pregunta y asume que una mayor eficacia es siempre mejor, que cuanta más información haya, mejor; que minimizar la posibilidad de conflictos es algo necesariamente bueno. Mientras que yo no estoy tan seguro de que sea así. Es necesario que examinemos qué es lo que más valoramos de la condición humana y de la vida y si no habrá ciertas brechas o fricciones que no queremos eliminar.

¿Me convierte esto en escéptico? No. Estoy totalmente dispuesto a reconocer que Google y los demás conseguirán realizar estas cosas. Estoy convencido de que terminaremos llevando elegantes gafas de Google que con la realidad aumentada resolverán muchos de nuestros problemas. Pero ¿es este el tipo de intervención social que queremos? Google te dirá: ¿y por qué no? Sin duda nos ayudaría a resolver muchos problemas, pero yo no me siento nada cómodo con el papel que se está adjudicando Google: ellos deciden cómo deberíamos resolver nuestros problemas, cuando lo cierto es que no son técnicos, sino sociales y políticos. Así que, más que escéptico, soy muy crítico.

¿En qué se diferencia de los pesimistas?

Uno puede ser crítico con las posibilidades de muchas de esas herramientas. Y puede también ser pesimista y decir: todo lo que estás haciendo va a fracasar. Este no es el tipo de escepticismo que necesitamos. Yo les concedo la posibilidad de que sus herramientas puedan funcionar; el problema es que la gente de Silicon Valley que las crea ha dejado de preguntarse en qué consiste la condición humana. Y si dejas de hacerte estas preguntas y te embarcas en una búsqueda de la perfección, te arriesgas al desastre. No creo en la dicotomía de optimismo frente a pesimismo.

El marco ideal para evaluar estos asuntos es cierto escepticismo que nos permita revelar una dimensión oculta de lo que significa vivir en una sociedad liberal. Así que sí, soy crítico, pero no porque me guste criticar, sino porque me gusta formular preguntas que no están siendo formuladas y que hacen que muchos se sientan incómodos. Me refiero a las preguntas; no necesariamente a las respuestas.

En ese sentido, ¿cómo explica el éxito de su primer libro?

¿El éxito? Ojalá ese supuesto éxito se reflejara más en mi cuenta bancaria (risas).

De acuerdo, entonces, ¿cómo explica la buena acogida de su libro dentro de una sociedad tan ciberoptimista y favorable a las nuevas tecnologías?

Es una pregunta complicada. Creo que a mucha gente le ha confundido mi mensaje y piensa que soy menos tecnológico de lo que realmente soy. Muchos creen que, de alguna manera, soy anti-internet o anti-tecnología, que es una tendencia que siempre ha existido. El libro puede haber funcionado bien, en parte, porque revela muchos aspectos desde un punto de vista geográfico. Hablo sobre Arabia Saudí, Azerbaiyán, Venezuela, sobre los derechos humanos y sobre la promoción de la democracia, y no es exactamente el contenido que hace vender un libro sobre tecnología, en el que la gente espera encontrar algo diferente.

Creo que hay que tener en cuenta también el momento de su publicación, justo en el cénit de la Primavera Árabe. Salió unos días después de la caída del régimen de Túnez y unas semanas después de la caída del régimen egipcio, unos acontecimientos que crearon una burbuja mediática en la que muchos medios de comunicación necesitaban un comentarista contrario a la importancia de las redes sociales, y me llamaban a mí. También intenté deliberadamente que mi mensaje llegara a personas responsables de la toma de decisiones políticas, a gente de think tanks, a ministros y ministerios de exteriores, y muchos lo encontraron útil, lo cual es fantástico, claro. Pero ese mundo está tan dominado por los ritmos de la política y las noticias que, si hubiera querido mantener el paso, habría tenido que dejar de hacer otras muchas cosas a las que no he querido renunciar.

En mi opinión, uno de los rasgos positivos de su trabajo es que contiene datos empíricos sobre los que poder discutir y con los que argumentar. ¿Por qué cree usted que hay tantos ciberutópicos y expertos en tecnologías que no fundan sus reflexiones en cuestiones empíricas?

En parte porque no se sienten obligados. Mientras el público lea sus argumentos sin datos empíricos, ¿para qué molestarse en buscarlos? También hay aspectos prácticos a tener en cuenta como, por ejemplo, el funcionamiento de los medios de comunicación hoy en día: puedes generalizar una pequeña anécdota para que funcione como una teoría completa sobre el mundo. Bueno, no quiero excluirme de esta manera de hacer las cosas, yo tampoco soy del todo inocente. Pero de ahí es, en parte, de donde procede mi sentido crítico.

Un caso claro fue la cobertura mediática de lo que sucedía en Bielorrusia. Veía cómo alguien, de repente, se ponía a hablar de Bielorrusia y a escribir sobre las redes sociales y su poder para cambiar el gobierno de una manera tremendamente limitada y desinformada, sin hablar con nadie que estuviera allí, únicamente a partir de las noticias que iban apareciendo en los medios. Y a partir de ahí componía su propia teoría. Yo sabía que eso no estaba sucediendo porque estaba estudiando el tema con mayor profundidad. Y fue entonces, en 2009, cuando comencé a formular preguntas acerca de si las teorías que oímos sobre el poder de internet tienen algún fundamento en la realidad.

Pero ¿está de acuerdo con la idea de que las nuevas tecnologías han generado una nueva forma de hacer política, quizá una nueva conexión entre el activismo político y las tecnologías digitales? ¿O estamos ante un nuevo tipo de determinismo tecnológico…?

Existen ciertas tendencias deterministas en el discurso acerca del poder de las redes sociales para transformar regímenes políticos. Muchos afirman que hay herramientas como las redes sociales que tienen cualidades positivas, y que esas cualidades positivas tienen efectos positivos, y que esos efectos positivos tienden siempre a favorecer a las fuerzas que promueven la democracia. A partir de ahí, comienzan a inventarse términos como el dilema del dictador, que consiste en que los dictadores solo pueden optar entre cortar internet y dejar de crecer económicamente o aceptar internet y crecer económicamente para luego pagar el coste de la liberalización política.

El dilema del dictador, un concepto muy popular en Washington, es muy determinista. Como si los dictadores no tuvieran más salidas, cosa que no tiene ningún sentido. Existen muchas maneras de escapar, en parte gracias a la ayuda de empresas de tecnología que les ofrecerán un montón de soluciones a la medida de sus deseos y necesidades, desarrollando sus propias herramientas de censura. Luego, sí, estoy de acuerdo en que existe una tendencia determinista en la valoración de los efectos de las nuevas tecnologías sobre la política.

¿Y no cree usted que existe una similitud entre esa fe en la libertad que permite internet y la fe neoliberal en la libertad individual y el mercado global, en el sentido de que existe una suerte de mano invisible que crea orden a partir del caos?

Sí, y en mi segundo libro esta tesis es algo más visible. En internet predomina la hipótesis de que las ideas viajan con libertad, algo que tiene mucho que ver con el neoliberalismo. También triunfa la idea de que los medios surgen y desaparecen por sí solos, sin necesidad de intervención, y existe una tendencia a creer que todo lo que se ve en sitios como Digg o Boing Boing es un reflejo de la realidad. Pensemos en los trending topic de Twitter: lo cierto es que hay cinco, diez, veinte maneras diferentes de detectar lo que puede ser popular, pero cuando Twitter presenta las tendencias más populares, el público asume que esas son, efectivamente, las cuestiones más populares desde un punto de vista objetivo. Aquí es donde yo comienzo a hacer preguntas para desvelar esa supuesta mano invisible.

La gente tiende a pensar que las ideas que surgen en internet aparecen de manera orgánica, por decirlo de alguna manera, que no hay empresas de relaciones públicas que se dedican a manipular los blogs para decidir qué historias se ven o no se ven, ni empresas de relaciones públicas para políticos o para iniciativas populares que manipulan Wikipedia, y tampoco da la impresión de que Google esté manipulando sus datos… Existe una tendencia a creer en la autonomía de internet y por eso la gente es tan optimista y utópica sobre su potencial, porque piensan que implica una ruptura fundamental con aquello a lo que estábamos acostumbrados: los guardianes, editores e intermediarios que tomaban decisiones por todos.

Ahora el mito es que es la gente quien decide, mientras que otros piensan que todo lo decide el mercado. Yo no estoy seguro de que, por ejemplo, la cultura pueda funcionar mejor sin intermediarios. Muchas veces, hacen falta filtros para sortear todo el contenido mediocre que circula por el sistema. Y desde luego no creo que una plataforma de crowdfunding como Kickstarter, que permite a los socios recaudar dinero vía internet, pueda sustituir a un ministerio de cultura o a una agencia nacional para las artes que financia proyectos artísticos innovadores: entre otras cosas, son demasiado fáciles de manipular.

Hay mucha gente que está pidiendo que los organismos nacionales de financiación de las artes y la cultura se reestructuren a imagen y semejanza de Kickstarter. A mí me parece una verdadera locura que tiene que ver, creo, con que la gente piensa que está viviendo una época excepcional, y que solo porque existan iniciativas exitosas como Wikipedia, Open Source o Kickstarter, puedes dar forma al resto del mundo a partir de ese modelo. Mucha gente dice que Wikipedia no tiene burocracia, que es un sistema fantástico, democrático y descentralizado: el problema es que no tienen ni idea de cómo funciona realmente Wikipedia. Ni Open Source ni Wikipedia son entidades horizontales. Tienen procedimientos, jerarquías, normas en las que no estamos acostumbrados a pensar cuando escuchamos los discursos tecnológicos estándar. Así que es cuando menos extraño pretender crear instituciones políticas y sociales en función de nuestra interpretación mítica de las iniciativas en internet. Esto es lo que más me molesta de todo.

Hablando de Wikipedia, ¿cómo explicaría que Anonymous y Wikileaks estén de acuerdo con el Departamento de Estado de Estados Unidos en la defensa de la libertad en internet y que compartan la idea utópica de que cuanta más información, más democracia?

Nunca creí en el concepto «libertad en internet», creo que es un término estúpido que no significa nada. Es demasiado ambiguo y se debería dejar de usar. Hillary Clinton y el Departamento de Estado no deberían haberlo adoptado nunca. Para mucha gente que trabaja en política exterior en Washington, libertad en internet significa liberar políticamente a países como Egipto o Iraq. Para la gente de Wikipedia significa garantizar que puedan publicar cualquier cosa sin que se les considere responsables de los contenidos. Para Anonymous significa poder publicar documentos sin que se les persiga y que se les permita recaudar dinero sin usar PayPal o Visa. Para otros, libertad en internet significa que los datos puedan circular por las redes sin interrupción. Para sus detractores, significa permitir que las compañías telefónicas hagan lo que quieran con las redes. Y cuando un organismo como el Departamento de Estado se mete a promover la libertad en internet, entonces el término ya adopta demasiados significados… Es, además, un movimiento arriesgado porque al gobierno de Estados Unidos no le interesa responder a cada reto político «queremos libertad en internet». De hecho, en muchos casos no la quieren. En lo que concierne a los derechos de autor, no quieren libertad en internet, ni tampoco la quieren cuando se habla de ciberataques. Así que, por un lado, tenemos a la secretaria de Estado diciendo que el gobierno apoya la libertad en internet y por otro al resto del gobierno actuando como opositores. A ojos de la comunidad de internautas, de la comunidad internacional y de muchos otros, el gobierno de Estados Unidos está haciendo el ridículo.

¿Cree que internet incrementa el compromiso político o es solo una ilusión? Puede que haga el activismo más sencillo, pero quizá también más débil…

Soy muy crítico con cualquier generalización sobre internet. Cada vez que uso la palabra internet en mi libro la entrecomillo porque creo que encierra demasiada diversidad. No sé cómo hemos acabado sosteniendo ese extraño discurso que intenta comparar internet con los periódicos o con las viejas imprentas, como si fuera algo comparable… Si nos ceñimos al papel de las plataformas digitales en el compromiso político o el activismo, dependerá también de en qué estemos pensando: si se trata de un movimiento político organizado con fines y objetivos estratégicos, sería estúpido no explotar el poder de Facebook, de Twitter o de cualquier otra plataforma para difundir su mensaje o ganar votos.

En cambio, si la situación es otra, si se está barajando la posibilidad de convertirse en un movimiento político y se trata de decidir qué hace falta, pensar que a través de Facebook se podrá hacer todo y que podemos prescindir de cartas, reuniones, o trabajo de campaña sería un error. Sea como sea, a estas alturas internet es más interesante como metáfora que como herramienta. Y creo que tenemos que encontrar la manera de discutir sobre sus componentes, como los motores de búsqueda, las plataformas de comunicación y otros, sin meterlo todo en esa quimera gigante que es internet.

Copyright del artículo © Igor Sádaba. Texto publicado bajo una licencia CC-4.0. Se reproduce sin fines comerciales, por cortesía de la revista Minerva, donde apareció originalmente, en TheCult.es.

Igor Sádaba

Igor Sádaba enseña en la Facultad de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Es licenciado en Ciencias Físicas y doctor en Sociología. Entre sus trabajos cabe mencionar Propiedad intelectual. ¿Bienes públicos o mercancías privadas? (2008) y la coordinación, junto con Ángel Gordo, del volumen colectivo Cultura digital y movimientos sociales (2008).

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