Homo loquens

Una de las diferencias que nos distancian –por paradoja, también nos aproximan– a los humanos de los demás animales, es ser locuaces. Somos capaces no sólo de emitir signos sino de emitir símbolos, es decir unos signos que pueden ser explicitados infinitamente por otros signos.

Estos signos se llaman simbólicos porque pueden escindirse de las cosas que le valen de referencia. Si yo percibo una naranja puedo abstraer de ella su redondez y concebir lo redondo, lo esférico, lo circular, etcétera. Lo puedo decir en lenguaje corriente y en léxico científico. Lo puedo traducir a otras lenguas. Puedo, hasta hacer una historia de la palabra: redondo, tondo, rotundo.

La anterior y fugaz monserga viene a cuento de la ligereza con que utilizamos las palabras, algo disculpable si ocurre en privado, donde nos conocemos los hablantes y los escuchantes, pero que es inadmisible en el espacio público. Me ciño a un solo vocabulario, el jurídico.

Se emplea mal y muy mal la palabra dictamen cuando se dice que un juez dictamina. Dictaminar es aconsejar o sugerir, que es justamente lo que jamás hace un juez. Dictaminan los fiscales y los peritos pero los jueces sentencian, deciden o decretan sin aconsejar ni sugerir nada. Son sujetos activos del imperium, personajes que la ley considera imperiosos porque existe una cosa que somos todos y que puede más que todos, que se llama Estado.

También se dice impropiamente que algo es un veredicto, cuando significa, estricta y exclusivamente, un juicio de culpabilidad o no culpabilidad. Lo puede emitir un juez de sentencia o un jurado, según sea la vía procesal escogida. Pero una opinión sobre un vestido de la casa Tal o Cual, o un filete empanado, no son veredictos. Tampoco es correcto decir que alguien procesado y absuelto resultó inocente, ya que la inocencia es el estado mental anterior a la conciencia moral. Inocente es quien no puede distinguir el bien del mal y, jurídicamente, sería inimputable pero no sería no culpable.

Estos días hemos asistido a alguna situación lexical bastante curiosa. La protagonizó doña Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. Ante la prisión preventiva decretada por una juez contra algunos ex consejeros de la Generalitat catalana, la señora Colau reclamó para ellos libertad y amnistía pues eran víctimas de una revancha movida por una venganza. Afinemos los términos hasta obtener una paradoja.

Un alcalde no puede reclamar la libertad de un prisionero legalmente tal. Si acaso, un fiscal o un abogado defensor. Por otra parte, los jueces en lo penal no personifican ninguna venganza sino la vindicta pública, el castigo al cual se llega no de manera inmediata, como lo hace un vengador, sino mediando un procedimiento que articula tanto la acusación como la defensa, ambos derechos constitucionales.

Pero lo extremadamente paradójico de la cosa es que se pida amnistía para quienes no han sido condenados por sentencia firme porque en tal caso –lo dice la señora Colau aunque, obviamente, no de modo consciente ni voluntario– se supone que lo serán, es decir: Ada Colau está segura de que los consejeros son unos delincuentes y como tales se les dictará sentencia condenatoria. Sentencia, no dictamen. Será justicia.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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