Swedenborg, el iluminado

Swedenborg, el iluminado Imagen superior: Frans Francken II (1581-1642).

El Siglo de las Luces dispersó claridades por donde pudo. Las hubo de la ilustración, pero también del iluminismo. Tal es el caso del sueco Swedenborg, un hombre de ciencia que decidió retirarse de los laboratorios y excavaciones para visitar el Cielo y el Infierno con el auxilio del éxtasis.

Los románticos lo tuvieron por visionario; los positivistas, por chiflado, víctima de fiebres cerebrales y una implacable dieta de pan y agua.

Hoy podemos prescindir de esos entusiasmos y acercarnos a Swedenborg desde la incredulidad y un doble amor a las simetrías de lo fantástico. Así lo leyeron, con llamativo interés, Valéry y Borges. En efecto, es posible advenir en nuestro hombre la inclinación dieciochesca al progreso indefinido. Swedenborg niega la muerte y, a partir de ello, concibe el universo como obligado a un inmortal proceso de mejoramiento, en este mundo y en el otro.

Si somos buenos, caritativos, misericordes, generosos, nos volvemos ángeles, bellos y bellas, según los detalles, aspirantes a una suprema inocencia desnuda y a ver, de vez en cuando, a Dios enmascarado como nuestro semejante.

Si, por el contrario, hemos preferido el amor a nosotros mismos, la codicia y la fraternidad del latrocinio, vamos sin intermediarios al Infierno, donde el calor ilumina nuestras fealdades y el humo nos sumerge en una perdurable noche maloliente.

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Imagen superior: Emanuel Swedenborg (1688-1772), retratado por Carl Frederik von Breda.

Swedenborg nos describe los paisajes del más allá con encantadora certeza y la parsimonia y la claridad de un viajero ilustrado. Las simetrías de sus cielos y sus infiernos, las comunidades de ángeles, espíritus intermedios y diablos, los jardines de follaje inmarcesible, las regias cortes de las alturas y las administraciones de las mazmorras inferiores, todo está expuesto con la serenidad de un botánico sueco que alterna la tundra con la selva tropical,

Como buen hombre de su siglo, Swedenborg elude patetismos y de sazones. Nos incita a creer en la se creta armonía del universo, en cuyo más allá nos espera una vida de hermosura que no envejece ni enferma, una diferencia sexual sin empellones genitales, una fraternidad sin peloteras de familia, un Estado sin cárceles ni hospitales. La Ciudad de Dios no es una utopia, es el país fronterizo.

También nos exhorta a creer que Dios nos quiere y que llevamos en nuestro interior las bondades virtuales de nuestro Creador.

Nunca sabremos si Swedenborg estuvo realmente en el Cielo y el Infierno. Sí, en cambio, sabemos que su minuciosa y pulida arquitectura nos permite deleitarnos si estamos dispuestos a seguirlo en su viaje. Sin las atrocidades alegóricas ni las disputas teológicas de Dante, sin Virgilio ni Beatriz, llegaremos, igualmente, al centro geométrico de todo, al trono de Eros, el amor que todo lo mueve y no hay manera de que se quede quieto.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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