Amanecer en Múnich

Amanecer en Múnich Imagen superior: J. Heribert Pohl (Polybert49, CC)

Son las seis de la mañana. El sonido de las ruedas de mi pequeña maleta deslizándose por el suelo me mantiene despierta. Ya en el metro, me siento acompañada por caras soñolientas. Pero hoy la mía no es como la de ellos. Estoy alerta y con los nervios de un niño en su primer día de colegio. Próxima parada: Aeropuerto-T4. Destino, Múnich, Alemania.

No es un viaje más. Es un viaje, para mí, a un destino desconocido. Siento que esto lo cambia todo. El deseo y la incertidumbre me habitan desde hace días. Aunque la improvisación, cuando viajo, es un elemento añadido de placer, en esta ocasión no he podido evitar buscar gran cantidad de información sobre la ciudad en multitud de blogs de viajes.

Ya con los pies en tierras alemanas, mi cuerpo me pide algo de abrigo. La temperatura ha cambiado y mis nervios también. Relajada y feliz en destino, estoy deseando dejar la maleta en el hotel y aprovechar cada uno de los minutos de las sesenta horas que va a durar esta escapada otoñal. 

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Imagen superior: Nitachem, CC.

El primer paseo, Marienplatz, centro y alma de Múnich. Priman la vista y el olfato. La luz del norte reflejada en adoquines y tejados da textura a esa mezcla de aromas que terminan construyendo un olor indefinible, más bien inclasificable pero, sin duda, reconocible. Una vez que lo percibes, va a formar parte de la memoria viajera, que identificará a esta ciudad como algo singular y sorprendente.

Del barullo del Viktualienmarkt, el mercado de quesos, salchichas, artesanía, flores… a la tranquilidad del Englischer Garten, el pulmón verde de la ciudad. ¿Qué mejor sitio para tomar una jarra de cerveza Hofbrau que contemplando la Chinesischer Turm? Junto a esta pagoda de madera construida a finales del siglo XVIII, la ‘rubia’ sabe mejor. También ayuda el paisaje, el ambiente y una divertida lluvia de castañas.

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Imagen superior: Puerta Propyläen en Königsplatz © Azucena López.

Es recomendable probar las especialidades locales que, habitualmente, están fuera de nuestro menú cotidianos. Salchichas de todo tamaño y color, ensalada de col, sopas, codillo o pretzel son algunas de las deliciosas recetas con las que hay que atreverse. Eso sí, lo normal es saborear un plato de Weißwurst, salchichas blancas, en compañía de desconocidos gracias a la peculiar socialización que se origina en los restaurantes de Múnich y en sus enormes mesas de madera.

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Imagen superior: J. Heribert Pohl (Polybert49, CC)

Cuando viajamos, solemos buscar o conocer aquellas cosas que forman parte de nuestros intereses personales, pero en el destino elegido. Visitar museos es un ejemplo. En Múnich se puede recorrer la Pinacoteca Antigua (Alte Pinakothek), el Museo Paleontológico (Paläontologisches Museum), el Museo de Transportes (Deutsches Museum Verkehrszentrum) y el Museo de Ciencia (Deutsches Museum), entre otros. ¡Y vaya experiencia! Cuatro sitios totalmente diferentes entre sí, pero igualmente especiales.

Viajar y amar la cultura nos puede llevar a conocer al director de la Pinacoteca Antigua y sentir su evidente pasión por la pintura. También interesarnos por el sistema de iluminación de las salas de este museo, basado en el ahorro energético o dar una modesta opinión sobre el color que debería tener la futura sala de exposiciones temporales, ahora en obras. ¿Será el gris intermedio la tonalidad elegida?

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Imagen superior: interior del Museo Paleontológico © Azucena López.

El patio interior del Museo Paleontológico de Múnich te traslada al Museo Casa de la Ciencia de Sevilla. Tiene algo especial, a pesar de su sencillez y de las pocas piezas expuestas. Es acogedor y desprende trabajo hecho con cariño. No es difícil salir de allí con una sensación inexplicablemente reconfortante.

El Museo de Transportes está compuesto por naves repletas de todo tipo de vehículos; trenes, carruajes, coches, motos, bicicletas o bólidos de Fórmula 1. No es de los museos más atractivos, a priori, salvo para los aficionados,  pero pasear por sus salas, además de hacerte sentir pequeño, te trasmite un curioso sentimiento patriota muy alemán.

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Imagen superior: minas de sal en el Museo de la Ciencia © Azucena López.

Por último, el Museo de la Ciencia. Este enorme recinto está dividido en plantas sobre astronomía, metales, energías renovables… Demasiada información para una sola visita. Como a muchos museos, le hace falta una renovación de forma urgente. Está anticuado y huele a añejo. Es muy fácil perderse en unas minas laberínticas recreadas de forma fiel en lo que podría haber sido una galería real. La salida y, por fin, la luz a través del túnel tras pasar por otras excavaciones, pero en esta ocasión de sal.

Y como todo viaje, su principio tiene fin. La maleta, ya en Madrid, vuelve a sonar al deslizarse por la calle. Donde antes amanecía ahora hay atardecer. Siento que el equipaje pesa más que el día de mi partida. La vuelta está cargada de instantes, enseñanzas y vivencias irrepetibles. Deben de ser las diez.

Copyright del artículo © Azucena López. Reservados todos los derechos.

Azucena López

Azucena López es periodista y forma parte del Departamento de Comunicación del Museo Nacional de Ciencias Naturales. 

Sitio Web: planetcalling.wordpress.com

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