Astucias homeopáticas

Astucias homeopáticas Imagen superior: en 1857 Alexander Beydeman pintó este cuadro, en el que se comparan las "bondades" de la homeopatía con la brutalidad de la medicina del XIX.

Con la mayoría de las nuevas creencias paracientíficas, especialmente las que pretenden dotarse de un barniz de respetabilidad científica, sucede lo mismo que con las religiones reveladas: sus hipótesis originales se reinterpretan una y otra vez hasta hacerlas tan difusas que no se sabe ya qué es lo que afirman y que es lo que niegan; o bien se confunde y mezcla la teoría con un montón de cosas diversas, como hace la homeopatía al unir a su tesis inicial otros métodos más o menos efectivos, como la ayuda psicológica, la terapia oral, el uso de masajes y productos tradicionales (desde infusiones a todo tipo de alimentos), o incluso recomendaciones tales como descansar, relajarse, caminar, respirar aire puro o cualquier otra cosa que el sentido común y la observación nos indica que puede contribuir al bienestar general.

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Ilustración de Gillray que recuerda el descubrimiento de John Haygarth, quien describió ya en el siglo XVIII el efecto placebo, al probar que un tratamiento absurdo inventado alcanzaba la misma eficacia que el popular medicamento Perkins Tractors.

La última gran aportación ad hoc es la incorporación de los resultados positivos simplemente atribuibles al efecto placebo, es decir, el porcentaje de eficacia mínimo que tiene cualquier medicina, sea efectiva o no, debido a factores psicológicos más o menos elementales, al simple paso del tiempo y la autodefensa del cuerpo o a la llamada remisión espontánea de la enfermedad, un mecanismo todavía bajo estudio.

Este efecto placebo se produce en un cierto porcentaje de pacientes (muy pequeño) se tomen o no medicinas, homeopáticas o no.

Lo curioso es que incluso se produce cuando el paciente sabe que está tomando un placebo. Así que, como se ve, la llamada medicina oficial va mucho más lejos que la homeopatía ya admite sin despeinarse, pero tras rigurosas explicaciones, que una enfermedad se puede curar no mediante una dosis indetectable de producto activo (como la homeopatía), sino sin la más mínima dosis.

Eso debería hacer reflexionar a quienes aluden a escabrosas conspiraciones y dicen que la ciencia se niega a admitir la homeopatía porque eso haría que no se consumieran medicinas en tan grades cantidades: hace años que la ciencia ha admitido el efecto de no tomar ninguna medicina. Y además, el efecto placebo es gratis, al contrario de la carísima homeopatía.

Sumergida entre todas esas explicaciones ad hoc y esos añadidos, la teoría homeopática como tal se diluye y, en consecuencia, se hace irrefutable, no porque sea cierta, sino porque acaba diciendo todo y no diciendo nada. Cuando alguien asegura que se ha curado un dolor de espalda gracias a un medicamento homeopático y después te enseña una pomada hecha con guindilla, cuyo efecto es un picor claramente perceptible en la piel (yo la he usado), es evidente que no se trata de una medicina homeopática, pues el paradigma homeopático consiste en la dilución del principio activo en una proporción que lo hace indetectable, y es obvio que esas guindillas siguen siendo extraordinariamente perceptibles.

En definitiva, la homeopatía se atribuye los éxitos del efecto placebo, de la remisión espontánea de la enfermedad y de cualquier planta o medicamento que en ningún caso sigue el principio homeopático como tal.

Es como si yo adquiriese medicinas fabricadas por los mejores laboratorios del mundo y las guardase en una caja que llamase “tubaupatia” y después cada vez que alguien se curase con una de las medicinas de mi caja lo atribuyese a la “tubaupatia”, puesto que el medicamento salió de mi caja.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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