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Cuenco iluminado

Cuenco iluminado Imagen superior: Cuenco verde (fotografía de Daniel Tubau). El cuenco es probablemente bonito en sí mismo, pero me gusta más en esta fotografía que cuando lo tengo delante. Lo compré porque se parecía un poco a mi cerámica favorita, el celadón.

No cabe duda de que con una buena cámara se pueden lograr buenas fotografías. También es cierto que las lentes permiten alcanzar resultados únicos, tanto al fotografiar un detalle con macro o lentes de aproximación como al emplear un gran angular o un teleobjetivo. También el tipo de encuadre y la posición de la cámara respecto a lo fotografiado es importante. Eso parece indiscutible, pero creo que todo eso no invalida que el elemento fundamental de la fotografía es la luz. Gracias a la luz, podemos transformar la realidad percibida de manera radical y hacer que un objeto en apariencia feo y sin interés, como un trozo de plástico, la esquina de una mesa o una superficie rugosa vulgar adquieran una insospechada belleza.

Este pequeño milagro de la luz me lleva a preguntarme varias cosas.

En primer lugar, cuando vemos ese hermoso objeto en la fotografía: ¿es un efecto de artificio porque la cámara, la lente y la luz han creado algo que no existía? Es decir,es un efecto ajeno a la realidad, que podríamos comparar a la visión de un artista en un dibujo, una pintura o una ilustración. ¿O más bien, el milagro fotográfico ha consistido en mostrarnos algo que estaba ahí pero que nosotros no habíamos sido capaces de ver?

Como es obvio, la realidad tal cual no existe para nosotros, sino tan solo la realidad percibida, la conjunción de lo que perciben nuestros sentidos y lo que interpreta nuestro cerebro con las cosas que están ahí fuera. Pero lo que registra una fotografía también lo podemos percibir nosotros, una vez que ya lo tenemos delante, fotografiado. No es algo inaccesible a nuestros sentidos, ni mucho menos. Podríamos entonces preguntarnos si lo que hace el arte fotográfico, más que mostrar la realidad, es ponerle filtros, del mismo modo que los pone nuestra percepción y nuestro cerebro.

Es sabido que esos filtros se pueden superponer a nuestra percepción también mediante drogas alucinógenas, como el ácido o la ayahuasca. La pregunta sería entonces: ¿esas drogas nos permiten ver la realidad tal cual es, como aseguran sus entusiastas, o más bien nos permiten aplicar filtros a la realidad?

Me inclino por esta segunda opción, por el momento. Lo que no significa que poner filtros mediante drogas o efectos fotográficos sea más o menos real que hacerlo mediante el funcionamiento cotidiano de nuestra percepción, producto de millones de años de evolución. Porque me da la impresión, pero puedo equivocarme, de que esos filtros, esa modificación de lo percibido, procede casi en exclusiva de nuestro cerebro que de los instrumentos de percepción. Depende más de cómo procesamos los estímulos que de una modificación del medio o de nuestros receptores sensoriales, como nuestra retina, por ejemplo (lo que tampoco es descartable, pero probablemente no es lo fundamental). Todo esto me lleva a sugerir, pero solo a modo de hipótesis provisional, que la modificación de la percepción que producen los alucinógenos se parece más a la manipulación digital de una fotografía que a los mecanismos que usamos al tomar esa fotografía, como lentes, encuadres o el manejo de la luz.

Dicho de otra manera: sea cual sea la respuesta a la pregunta de si la cámara percibe lo que siempre estuvo allí, o si más bien pone algo que no estaba allí, sabemos que una vez tomada una fotografía, se puede trasformar mediante manipulación digital al 100 por 100. De la manera más básica mediante filtros diversos, y de la manera más compleja pixel a pixel, de tal modo que aparecerán cosas que sin duda no estaban ahí, ni en la realidad percibida ni en la misma fotografía. Creo que el mecanismo de los alucinógenos puede ser semejante, pero que no funciona como una cámara de fotos, sino como una cámara de vídeo, lo que da paso a otras preguntas, a las que no intentaré responder en este momento.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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