Perkins Gilman y lo humano

Perkins Gilman y lo humano Imagen superior: ilustración de "Volland Mother Goose and Old Old Tales", de Frederick Richardson (1862-1937).

He hablado en otro artículo de Charlotte Perkins Gilman y de su novela utópica Dellas (Herland). Dije entonces que aunque es lógico considerarla una escritora feminista, sin embargo ella tenía razones para no aceptar esa calificación. Esas razones no las ofrece en Dellas, sino en su ensayo A manmade world, our androcentric culture (Un mundo hecho a la medida del hombre, nuestra cultura androcéntrica).

El ensayo empieza de manera deslumbrante contándonos cosas acerca de las ovejas. No se considera razonable que nos comportemos como ovejas, es decir que sigamos fielmente a nuestros líderes. Como decía Séneca: “El hombre sabio ha de ir a donde hay que ir no a dónde se va, como hacen las ovejas”. Pero Perkins Gilman nos explica que las ovejas no piensan por sí mismas porque ha desarrollado un instinto gregario debido a ciertas circunstancias:

“Este instinto, se nos dice, fue desarrollado a lo largo de años de vida en laderas escarpadas, barrancos, estrechos balcones sobre precipicios, con inesperadas esquinas y obstáculos, de tal modo que sólo el líder [la oveja que iba delante] sabía dónde y cómo pisar. Si las que iban detrás hacían exactamente lo mismo, sobrevivían. Si se paraban a ejercitar su pensamiento independiente, caían y perecían, ellas y su pensamiento con ellas”.

Después habla Perkins Gilman de otros animales, como los carneros, las cabras, los búfalos y los antílopes, y de los vocablos que se emplean en inglés para describirlos: curiosamente, cuando tienen cuernos es un sustantivo masculino. En castellano creo que no se da una correspondencia tan exacta, o tal vez sí. Pero lo más interesante no es eso, sino que esos cuernos suelen ir unidos a unos instintos beligerantes, agresivos y violentos. No es que se trate de una relación de causa efecto ni de un chiste fácil acerca de los cuernos, sino que da la impresión de que la agresividad se da más en los machos, mientras que en las hembras se observa casi siempre lo que se llama instinto maternal.

Hasta aquí Perkins Gilman parece encaminarse hacia las ideas sexistas basadas en la biología tan de moda hoy en día, o anticiparse a ellas, pues escribió su ensayo a principios del siglo XX. Sin embargo, enseguida aclara: “En nuestra especie todo esto cambia”. Se insiste tanto, dice, en las diferencias entre los hombres y las mujeres, que se piensa poco en qué consiste ser “humano”.

La pregunta entonces es: ¿hay algo que caracterice a los hombres y a las mujeres en tanto que humanos, del mismo modo que se puede decir que existe algo que caracteriza a las ovejas en tanto que ovejas y no en tanto que ovejas machos y hembras?

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Imagen superior: Sune Rievers, CC.

El dios de los tigres

No sé si se entiende bien la cuestión. Como hemos visto, las ovejas no deciden por sí mismas (ya sean machos o hembras) a excepción de la que va delante. Esa es una característica “ovejil”: seguir al líder, o si se prefiere, a la oveja sabia. Sin embargo, en los tigres no observamos ese comportamiento, sino más bien el contrario: cada tigre suele ir solo y pocas veces o nunca forma grupos, como sí hacen, por ejemplo, no solo las ovejas, sino también los leones. Esa es una característica “tigril”.

Pero tanto las ovejas hembras como las tigras (¿o tigresas?) tienen instintos maternales. Esa parece ser una característica generalizada de los individuos femeninos, sea cual sea la especie a la que pertenecen.

Entre los seres humanos, parecen darse también esas características de agresividad masculina e instinto maternal femenino (obviamente por instinto “maternal” me refiero al cuidado de los hijos), pero, más allá de esa coincidencia (que luego también se discutirá), los humanos ¿nos parecemos más a las ovejas o a los tigres?.

Esa es una pregunta que me interesa mucho y he dado ya algunos ejemplos de ese interés en está página y en otros artículos de estos cuadernos digitales.

Hay quien sostiene que la agresividad e incluso la crueldad humana es necesaria porque así tenemos libre albedrío (ese sería el punto de vista religioso) o para la supervivencia de la especie (ese sería un punto de vista biológico).

Tal vez sea cierto, pero entonces podemos preguntarnos si es necesaria tanta agresividad y si no podríamos tener libre albedrío o sobrevivir sin necesidad de parecernos tanto a los tigres y, al mismo tiempo, sin tener que comportarnos como ovejas obedientes.

¿No podía Dios, o bien la naturaleza en su curso evolutivo, haber elegido un modelo intermedio entre las ovejas y los tigres? Por ejemplo, los elefantes, que comen hierba y, según tengo entendido, no son especialmente agresivos, que colaboran entre ellos y con otras especies y que además parecen tener una inteligencia bastante notable. O mejor todavía, podía habernos creado a semejanza de los extraordinarios delfines. Y sin embargo, somos como los tigres. Como ese tigre que describe William Blake:

¿En qué horno se forjó tu cerebro?

¿En qué yunque? ¿Qué osadas garras

ciñeron su terror mortal?

Cuando las estrellas arrojaron sus lanzas,

Y bañaron los cielos con sus lágrimas,

¿Sonrió al contemplar su obra?

¿Quien hizo al cordero fue quien te hizo?

Es asombroso que una misma mano, la de Dios o la de la naturaleza, haya creado al cordero y al tigre y que también creara al ser humano a semejanza del tigre pero con un poder y una agresividad mucho mayores: los humanos somos tigres para los propios tigres.

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Imagen superior: Tambako The Jaguar, CC.

Lo masculino y lo femenino

Charlotte Perkins Gilman señalaba que existían características que podríamos llamar masculinas o femeninas no en relación a los seres humanos, sino también por comparación con otras especies. Es obvio que podemos observar en términos generales más agresividad, o al menos más agresividad violenta, entre los machos que entre las hembras (no en la mantis religiosa, claro). Y es obvio que podemos observar que entre las mujeres se dan más instintos maternales, más tendencia a cuidar de los hijos.  

El instinto de succionar el pecho materno que salva la vida de los mamíferos recién nacidos, quizá no se debe definir exactamente como “instinto de succionar el pecho materno”, sino tan solo “instinto de succionar (cualquier cosa, cualquier pecho)”, pero es obvio que los padres no se sienten impelidos a ofrecer sus pechos a los bebes, y no menos obvio que no les serviría de nada tal práctica a los recién nacidos en el camino al supervivencia. Los recién nacidos tienden a succionar cualquier cosa que se les ponga por delante y a considerar a su madre a cualquier cosa que se mueva, como demostró Konrad Lorenz al descubrir o precisar el mecanismo de la impronta.

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Imagen superior: una de las célebres fotografías de Konrad Lorenz seguido por patos y patitos que lo consideran su mamá.

Todo lo anterior, esas diferencias entre aspectos masculinos y femeninos, es evidente. Pero esas características y muchas otras se deben con toda probabilidad no a nuestra parte humana, sino a nuestra parte animal o biológica, es decir a nuestra parte biológicamente masculina o femenina.

A medida que el aspecto humano se desarrolla, lo más probable es que vayan disminuyendo más y más estas diferencias y todas las demás. Ya se puede observar, en este caso por desgracia, la misma agresividad masculina en mujeres soldado, y también se puede observar, por fortuna, más atención a los hijos por parte de los padres. La adopción de hijos por parejas homosexuales e incluso su gestación futura cambiará muchísimas cosas y romperá con muchos tópicos que sostienen que uno está obligado a comportarse de una u otra manera según lo que tenga entre las piernas.

Nota: Todo lo que en 2005, que es cuando escribí el artículo, era sólo una predicción más o menos aventurada, se ha convertido ya en una realidad en parte del mundo, aunque me parece que hasta ahora solo ha habido un caso de gestación masculina (aunque no puedo asegurarlo). Otra cosa es la adopción por parte de parejas homosexuales, ya normalizada en países como España. Creo que mi predicción de que esos cambios legislativos traerían consigo un cambio en la mentalidad de la sociedad, incluso de ese gran segmento llamado “mayoría silenciosa” es también evidente. Hoy, al menos en España, parece una fantasía pensar que la mayoría de las personas hace no tanto tiempo consideraran que cosas como la adopción de niños por parejas homosexuales era escandaloso. También hay que tener en cuenta, sin embargo, que los cambios legislativos se pudieron producir porque también había cambiado mucho la mentalidad general.

¿Y qué tiene esto que ver todo esto con Aristóteles y Pico della Mirandola?

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Imagen superior: Pico della Mirandola (1463-1494)

La naturaleza humana y las estadísticas

Lo que tiene que ver es que Aristóteles dijo que la naturaleza del ser humano consiste en no tener naturaleza. En definitiva, la característica principal de lo humano es que no tiene ninguna característica inmutable, fija o definitiva, y que el propio ser humano es capaz de crear su identidad, más allá de sus características en tanto que animal.

Y lo mismo decía Pico della Mirandola, recurriendo a una fábula en la que Dios crea a los ángeles con una naturaleza bondadosa y pura y a los demonios con una naturaleza malvada. Al ser humano lo crea sin naturaleza y le dice: “De ti depende elevarte a los ángeles o descender a las bestias”.

Cuando muchas personas todavía siguen hablando de lo masculino y lo femenino con tanta tozudez suelen poner un montón de ejemplos pintorescos como que las mujeres son de Venus y los hombres de Marte porque unos leen mapas y otros no son capaces de hacer dos tareas a la vez.

Se trata de las típicas mentiras estadísticas a las que aludía Mark Twain: “Hay tres clases de mentiras: las mentiras, las mentiras a medias y las estadísticas”.

Algunas de esas apreciaciones estadísticas evidentemente se basan en datos reales: los hombres difícilmente superarán a las mujeres, por ejemplo, en dar de mamar; ni siquiera serán capaces de sacar leche (ahora lo dudo y pienso que podrían lograr eso finalmente), en términos estadísticos la fuerza muscular de los hombres posiblemente supera a la de las mujeres, lo que no quiere decir que haya mujeres que superen en fuerza muscular a casi todos los hombres. Pero estoy hablando de datos estadísticos generales, que son muy útiles cuando se sabe cómo usarlos correctamente, pero que deben ser tomados con prudencia cuando descendemos a cada caso particular y cuando interpretamos que una instantánea estadística de una realidad concreta en un momento y lugar determinados deba convertirse en una prescripción para mantener la realidad tal cual.

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Imagen superior: Charles Le Brun  (1619–1690).

El animal humano

Las diferencias entre hombres y mujeres que pueden deberse a la biología. Otras posibles diferencias no se basan en la biología, sino en la educación, que sigue siendo sexista, muy sexista, así como en los estímulos diferentes que reciben hombres y mujeres.

Sacar conclusiones acerca de características femeninas y masculinas inmutables cuando la situación de discriminación de la mujer apenas han empezado a cambiar de manera clara hace tan dos o tres décadas (y no en todo el mundo), es sencillamente absurdo.

Existe una obsesión por encontrar esas diferencias que no es muy diferente de las consideraciones acerca de la inferioridad de los negros que eran moneda corriente en siglos pasados e incluso hasta la Segunda Guerra Mundial, inferioridad que supuestamente probaban los test de inteligencia. Estos son casos en los que una estadística, aunque refleje un estado de cosas real en un momento concreto (cosa que también podría discutirse), se convierte en una mentira cuando pasa de la descripción de lo que hay aquí y ahora a la prescripción de lo que debe ser o la afirmación dogmática de que esa diferencia no pueda depender también de otros factores.

Esos test de inteligencia, que su creador Binet no diseñó para discriminar sino para todo lo contrario, se convirtieron en causa de discriminación, justificándose a sí mismos, al favorecer una sociedad que mantenía las limitaciones educativas y que no favorecía que los negros recibieran una educación equivalente a la de los blancos.

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Imagen superior: Alfred Binet y un alumno (los dos que están sentados). La intención de Binet con sus test de inteligencia era detectar a los alumnos que necesitaban de un cuidado especial, no necesariamente porque pensaran peor o no tuvieran las capacidades intelectuales de sus compañeros. Aunque entonces el ministerio de educación francés considerara que la prueba servía para detectar a alumnos “retardados”, eso no tenía por qué ser cruelmente peyorativo, al menos en lo que se refiere a Binet, quien no creía en el determinismo biológico y pensaba que muchos alumnos que van con retraso puede llegar a recuperar el terreno perdido.

Ahora, bien, quizá debo insistir en este punto, para dejar bien claro un asunto que suele acabar en confusión. No estoy diciendo que no haya diferencias biológicas entre hombres y mujeres, y tampoco que no se deban estudiar e investigar.

Podría suceder incluso que los hombres o las mujeres tuvieran estadísticamente mejor orientación espacial, habilidad lingüística o cualquier otra característica, a pesar de que un macro estudio de estudios constató no hace muchos años que ninguno de los supuestos resultados que constataban tales diferencias era fiable desde el punto de vista del rigor científico.

Pero lo que digo no es eso, sino que eso no es lo importante. Las diferencias biológicas entre hombres y mujeres no son lo fundamental, porque la cultura y la capacidad humana de aprender y transformarse puede cancelar casi cualquier limitacón biológica, incluso las preferencias sexuales.

Es posible que en el feto o en la infancia o en la adolescencia se produzca una especialización sexual, pero creo que el deseo sexual  y el amor humano deberían ir más allá de los simples impulsos sexuales animales, que por supuesto existen, pero que son procesados por nuestro cerebro y transformados, siempre que estemos dispuestos a ello y no hayamos sido condicionados fuertemente por una sociedad que cree en esas diferencias insalvables.

El ser humano, en definitiva puede educarse a sí mismo y darse nuevas maneras de contemplar la realidad. No solo dispone de la limitada y casi siempre pobre manera instintiva con la que nos ha dotado la biología o con las limitadas reacciones intuitivas que se forman a partir de nuestra experiencia.

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Imagen superior: familia de homínidos © Atelier Daynès. Daynes.com

Estrés, placer y supervivencia

Muchos de nuestros instintos en tanto que animales humanos nos permiten sobrevivir, como la succión del pecho materno. También podemos considerar que eso que llamamos intuición es en cierto modo uno más de nuestros instintos o características (no estoy aquí siendo preciso en la terminología desde un punto de vista biológico o científico), puesto que la intuición es un mecanismo que nos ofrece posibles soluciones o líneas de acción, basándose fundamentalmente en experiencias anteriores que hayamos tenido durante nuestra vida, así como en nuestra tendencia a establecer relaciones de causa-efecto, o si se prefiere, a comportarnos como animales narrativos. Ahora bien, muchos de los mecanismos con los que nos ha dotado la evolución, ya no se aplican de la misma manera ni a las mismas cosas que en su origen.

Un ejemplo es el mecanismo del estrés. Se supone que fue una herramienta muy útil para sobrevivir en situaciones de peligro, por ejemplo ante el acecho de una fiera salvaje.

Es posible que los seres humanos en los que se activaba de una manera más eficaz o inmediata este mecanismo, tuvieran más oportunidades para sobrevivir y reproducirse. Los individuos que permanecían sosegados, tranquilos e indiferentes ante una situación de amenaza quizá no tenían tiempo para reaccionar y salvarse, mientras que los que estaban en alerta permanente e intranquilos en todo momento, eran capaces de escapar del peligro, por ejemplo una cebra que huye de un león y otra que sigue comiendo sin inmutarse.

Hoy en día el mecanismo del estrés existe, pero no suele activarse por la presencia de una fiera salvaje, sino por situaciones como una llamada de Hacienda, problemas en el trabajo, sobrecarga de responsabilidades, etcétera. Es decir, el mecanismo permanece, pero las causas que lo activan son totalmente diferentes. Es obvio que la evolución no primó el mecanismo del estrés para que algún día nos enfrentásemos a un inspector de Hacienda o a un examen en la universidad. 

Del mismo modo, la atracción, el deseo sexual y el placer que proporciona el sexo tuvieron sin duda un valor evolutivo, que favoreció la supervivencia. Es curioso que los curas y la Iglesia, tan reacios a aceptar los descubrimientos de la biología, y de la evolución en particular, dijeran exactamente lo mismo que dice la teoría de la selección natural: el sexo existe para procrear.

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Imagen superior: Santo Tomás de Aquino se anticipa a los biólogos evolucionistas: “La reproducción asegura la continuación de la raza humana”. La diferencia es que los biólogos evolucionistas no opinan acerca de lo que los hombres y mujeres podemos hacer con nuestra sexualidad cuando no pretendemos reproducirnos.

Por fortuna, cualquier persona sensata puede ir más allá de sus determinaciones biológicas y de los dogmas de esa iglesia tan poco partidaria de la creatividad humana y tan atada, paradójicamente a lo biológico, y a un materialismo demasiado burdo (los espiritualistas suelen ser groseramente materialistas en casi todo). En definitiva, fueran cuales fueran las causas que activaron en el pasado el mecanismo del estrés, del placer o cualquier otro, ahora esos efectos se pueden alcanzar a partir de otras causas o estímulos. Causas o estímulos que también nos podemos proporcionar nosotros mismos, al menos si queremos, por ejemplo sometiéndonos voluntariamente a una carrera de Fórmula 1 o masturbándonos sin ninguna intención reproductiva.

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Imagen superior: Ars Electronica, CC.

Metáforas del cerebro y gramáticas innatas

El cerebro humano, en definitiva es capaz de manejar datos. No se sabe exactamente cómo lo hace y la equiparación con los ordenadores actuales no parece que sea del todo segura. El cerebro humano ha sido comparado con una tabla en la que puede escribirse (la tabula rasa de Aristóteles y Locke), con un molino, con el mecanismo de un reloj, con un telar o con una terminal de telefonía, metáforas que fueron recientemente sustituidas por la del ordenador, así que no podemos estar seguros de que si en el futuro encontraremos una metáfora mejor.

Ahora bien, sí se puede comparar el cerebro con un ordenador en un sentido: el ordenador tiene unas determinadas capacidades de proceso y de memoria, pero lo que haga con ellas depende del usuario, que puede usar los bytes para escuchar un disco, ver una película, jugar al ajedrez, escribir esta entrada o argumentar lo contrario de lo que yo defiendo aquí.

El ordenador está hecho para procesar cantidades masivas de información, pero esa información puede ser de innumerables tipos. Aunque muchas personas creen que la hipótesis de Noam Chomsky que asegura que el cerebro humano posee una gramática innata está demostrada (el propio Chomsky lo cree: “la existencia de una Gramática Innata Universal es apenas discutible”), eso está lejos de ser cierto y existen explicaciones alternativas, como la que sostiene que nuestras capacidades de comunicación y lenguaje no se deben al hecho de que poseamos una gramática universal, supuestamente común a todos los seres humanos y a todas las culturas y lenguas, sino a la capacidad de almacenamiento y procesamiento increíble de nuestro cerebro, y tal vez a algunos mecanismos adquiridos por selección natural, como la propensión a establecer relaciones de causa y efecto. Del mismo modo que cualquier computador puede adquirir un lenguaje aunque no se lo haya programado para ello previamente, lo mismo quizá hace un cerebro humano.

En esta línea parecen ir los cada vez más frecuentes descubrimientos en animales como los cuervos, los delfines o los chimpancés de su capacidad para entender y usar lenguajes cada vez más elaborados, pues parece improbable que ellos también tengan esa gramática innata chomskyana.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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