La gramática innata de Chomsky

La gramática innata de Chomsky Imagen superior: Noam Chomsky en "Requiem for the American Dream" (2015) © PF Pictures.

Se puede pensar, y por lo tanto se ha pensado, que existen en ideas innatas, que no son adquiridas mediante el aprendizaje, sino que ya están en nosotros desde que nacemos, del mismo modo que lo están ciertos instintos trasmitidos a lo largo de la evolución. Entre los pensadores que han recurrido al innatismo, se encuentran los nombres de Descartes, Platón o Jung, además del de Noam Chomsky.

El innatismo de Chomsky no es exactamente igual al de Descartes. Descartes pensaba que tenemos ideas innatas, como la idea de Dios, porque, según él, de no ser así, no se podría explicar cómo podemos llegar a concebir un ser infinitamente perfecto. Por su parte, Jung pensó que existe una especie de inconsciente colectivo, también innato, por supuesto, ya que es común a toda la especie humana. En ese inconsciente hay diversas figuras arquetípicas, como el Padre, la Madre, el Trickster, y también Dios. Platón precedió a Descartes y a Jung y propuso que en nuestra mente conservamos el recuerdo de todo un mundo arquetípico, en el que están los originales perfectos de todas las cosas que vemos en el mundo.

De las tres propuestas de innatismo, quizá la de Descartes es la más decepcionante, pues no resulta en absoluto difícil explicar que si vemos una cosa imperfecta, por ejemplo una tabla de madera con irregularidades, podamos encontrar otra un poco menos imperfecta, con menos irregularidades, y mediante este proceso podamos concebir que existe una tabla de madera sin ninguna irregularidad, es decir absolutamente perfecta. Y lo mismo sucede con un ser poderoso pero imperfecto, que acaba por convertirse en un abstracto Dios omnipotente y perfecto.

El mundo ideal de Platón, tiene elementos propios de un ingenioso disparate religioso, como su afirmación de que antes de nacer nuestras almas han vivido en el Mundo de las Ideas y allí han contemplado todas las perfecciones, por lo que al nacer morimos; o que, debido a lo anterior, conocer consiste en recordar: recordar aquello que ya habíamos contemplamos en el mundo Ideal. Sin embargo, a pesar de estos rasgos de fantasía paradójica, la teoría de las ideas de Platón tienen inesperadas consecuencias prácticas si la aplicamos a terrenos como las matemáticas. En cuanto a los arquetipos de Jung, son una modesta imitación de los mundos platónicos y se mueven en un terreno ambiguo, pues Jung nunca se decidió a afirmar o negar que esas figuras arquetípicas fueran o no producto de la evolución y del proceso de la selección natural.

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Imagen superior: el dios nórdico Loki, ejemplo de la figura del Trickster, tramposo o engañador ("Loki y Sigyn", Mårten Eskil Winge, 1863.)

En cuanto al lingüista Noam Chomsky, su propuesta es que todos los seres humanos poseemos un lenguaje innato. O al menos una gramática innata. Chomsky pensaba, y supongo que sigue pensando, que no era posible explicar las capacidades lingüísticas del ser humano mediante un sencillo mecanismo de imitación.

Esa era la tesis del conductismo acerca del lenguaje: que imitamos el comportamiento de otros miembros de nuestra especie. Entre esos comportamientos está reír, camimar sobre dos piernas, en vez de a cuatro patas, o emitir sonidos por la boca que se asocian a ciertos objetos o actos: gritamos el nombre de un objeto y nos dan ese objeto (por ejemplo, un chupete), o incluso conseguimos que un objeto venga a nosotros, por ejemplo, si el objeto deseado es esa cosa que se mueve y que después llamaremos “padre”.

La teoría conductista puede parecer tentadora a primera vista, puesto que se puede lograr aprender muchas cosas simplemente imitando, pero Chomsky pensaba que no conseguía explicar el complejo funcionamiento del lenguaje humano y el de un hablante, que no se limita a imitar, sino que puede ser creador de nuevas formas, por ejemplo de frases que nunca ha escuchado. Así que Chomsky, para explicar estas complejidades, postuló, frente al conductismo, otra teoría: que poseemos una gramática innata.

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De Adán y Eva a Chomsky pasando por Platón

Al contrario que los innatismos religiosos, como el pecado original de los cristianos, judíos y musulmanes, o la idea del karma del budismo, la gramática innata de Chomsky no la habría puesto en nosotros Dios o el ciclo universal de las reencarnaciones, la rueda del Samsara, sino que sería producto de la selección natural propuesta por Darwin. Sería el resultado del desarrollo evolutivo.

Sin embargo, por otra parte, la teoría de la gramática innata de Chomsky se opone en principio a las teorías conductistas acerca del lenguaje como lo haría cualquier innatismo, como el de Descartes, según el cual esa gramática la ha puesto Dios en nuestro cerebro; o como las ideas de Platón, quien opinaba que posemos ideas que aprendimos en el mundo ideal en el que viven las almas. Entre esas Ideas que se reflejan o conservan de algún modo en nuestra alma, debemos suponer que  habría también una gramática que nos permite aprender el lenguaje concreto del ser humano en el que nuestra alma se ha encarnado, como el griego dórico o eolio, o el español o el chino, e incluso todos los conceptos matemáticos, como se deduce en el célebre pasaje en el que Sócrates muestra como un esclavo iletrado posee, sin embargo, toda la matemática: le basta con recordarla.

Queda claro, pues que el innatismo de Chomsky no depende de Dios, como el de Descartes, ni de un Mundo Arquetípico, como el de Platón. El innatismo de Chomsky es un producto de la evolución. Es decir, es un a priori en nuestro cerebro, pero que ha surgido a posteriori en nuestra historia como especie, como los a priori kantianos que algunos consideran también a posteriori evolutivos.

A partir de estas consideraciones, Noam Chomsky y algunos de sus seguidores suelen presentar a sus rivales como partidarios de la teoría de la tabula rasa, de la idea de que nuestra mente es una tablilla en blanco que no posee nada cuando nacemos. Esta acusación chomskyana es, en realidad una caricatura simplificadora, como veremos enseguida.

(Nota en 2017: la hipótesis de los a posteriori evolutivos, que propone, si recuerdo bien, Konrad Lorenz, sostiene más o menos que ciertos rasgos que resultan ventajosos son conservados por la especie y se convierten entonces en a priori, pues sus descendientes los poseen ya desde su nacimiento, por ejemplo como instintos. No se trata, por supuesto de verdaderos a priori, de rasgos que se descubren o crean durante la vida del individuo, sino de rasgos que existen ya en ciertos individuos y que se conservan al resultar ventajosos de alguna manera.)

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Imagen superior: "Sibila con tabula rasa", Diego Velázquez, c. 1648.

¿Es nuestro cerebro una tabula rasa?

Aunque, como hemos visto, el innatismo de Chomsky sostiene que ya existe una gramática en nuestro cerebro desde que nacemos, eso no implica que las teorías rivales al innatismo sostengan que el cerebro es una tabula rasa, una superficie virgen sin nada escrito en ella. Esa es una parodia que usan los chomskyanos para conseguir de manera rápida y elocuente que sus enemigos parezcan grotescos, pero lo cierto es que esos rivales, incluidos los conductistas, sabían que el cerebro humano no es igual que el cerebro de otras especies animales, puesto que, como cualquier científico sensato aceptaban la teoría de la evolución.

Es cierto que los conductistas no consideraban observables o mensurables los llamados estados internos, como todas aquellas emociones o sentimientos que no fueran expresados de manera observable, por ejemplo mediante el llanto o mediante una expresión oral como: “Odio a mi padre” o “Tengo hambre”. Pero también es cierto que a veces experimentaban  directamente sobre el cerebro, sobre esa supuesta tabula rasa, como en el caso del célebre perro de Pavlov, o como en las intervenciones quirúrgicas, en algunas ocasiones bordeando el crimen, en las que se extirpaba una parte del cerebro del paciente para intentar modificar su comportamiento.

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Imagen superior: el célebre y polémico experimento del niño Albert, por el conductista John Watson. Albert no tenía miedo a casi nada, excepto a los ruidos fuertes. Cuando vio una rata blanca por primera vez, no sintió ningún temor. Pero después, cada vez que se presentaba la rata, sonaba un ruido que asustaba a Albert. Al final se logró que el bebé se asustara de la rata y de cualquier cosa blanca y peluda, incluso de Santa Claus, e incluso aunque ya no sonara un ruido potente al mismo tiempo. El experimento tuvo que ser interrumpido antes de su conclusión.

En realidad, Aristóteles no propuso la idea del cerebro como tabula rasa para afirmar que el cerebro era equivalente a una tablilla de cera sin grabar. Si sucediera así, entonces las tablillas de cera se podrían haber hecho con el dominio del planeta, en dura competencia con los seres humanos. Aristóteles usó esa imagen para oponerse al innatismo de Platón, a la teoría que sostiene que tenemos, ya desde el nacimiento, todo el conocimiento en nuestra mente y que, por lo tanto, lo único que debemos hacer es recordarlo.

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Imagen superior: European Parliament, CC.

Una tablet sin estrenar

A pesar de que los partidarios de la gramática innata de Chomsky dibujaron una caricatura de sus rivales, como creyentes en la idea de que nuestro cerebro es una tabula rasa, lo cierto es que muy pocas personas y quizá ninguna corriente filosófica ha considerado nunca que nuestro cerebro fuera tal cosa, ni Locke ni, por supuesto, Aristóteles, ni siquiera Tomás de Aquino con su “Nihil est in intellectum quod prius non fuerit in sensu”, tomado del aristotélico “Nada hay en la mente que no haya estado antes en los sentidos”.

Como sucede con todas las frases estupendas, esta tampoco tiene mucha utilidad si no se analiza en su contexto. Es obvio, por ejemplo, que Aristóteles nunca diría que una fórmula matemática es captada tal cual por los sentidos, sino como mucho deducida a partir de figuras geométricas. Tampoco quiere eso decir que el cerebro humano sea una masa indistinta e indiferenciada, puesto que él, como biólogo que era fundamentalmente, entendía que esa masa alojada en el cráneo poseía ciertas propiedades que no poseían otros cerebros animales ya desde el nacimiento. Una de las más evidentes es que, en su opinión, los seres humanos tenemos alma intelectiva, sensitiva y vegetativa, mientras que los animales tienen  alma sensitiva y vegetativa y las plantas solo vegetativa (eso sí, el alma no existe sin el cuerpo para Aristóteles, así que, si se prefiere, podemos llamar a esto principio vital o algo parecido).

En definitiva, los empiristas de la tabla rasa no piensan en el cerebro como una tableta en blanco, vacía, sin nada, como cera inerte, sino que, en todo caso, conciben el cerebro como una tablet de última generación, preparada para activarse y realizar todo tipo de operaciones e incorporar software y aplicaciones de todo tipo, por ejemplo, las de una gramática innata.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la indentidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015) y El espectador es el protagonista (Alba, 2015).

Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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