El triunfo de los ángeles

No era fácil hacerse un lugar entre la hueste de cimeras sopranos contemporáneas de Victoria de los Ángeles: la individualidad incomparable de María Callas, el esplendor escolástico de Renata Tebaldi, la omnipotencia heroica de Birgit Nilsson, la presencia desafiante de Leonie Rysanek, la alquitarada labor de Elisabeth Schwarzkopf.

Victoria consiguió su espacio repasando un repertorio consabido y explorando otro, infrecuente, desde las canciones sefardíes hasta un viaje a la música antigua y barroca española –a Dios gracias, sin filología– para volverlo todo victorial, no sólo por la calidad incanjeable de su timbre sino por una fórmula personalísima a la vez que despojada de ruptura. Así es como su Mélisande cobra carnalidad en tanto su Butterfly flota en lo poemático, en tanto su Manon y su Margarita tienen la temeraria seducción del eterno femenino hecho adolescencia.

Su Carmen es maternal, como la adjetivó Thomas Beecham, una mala madre que hace de Don José un mal nacido. Y su Mimí agoniza sin toser, restringiendo apenas el aliento de cada frase.

Sus incursiones en el repertorio francés se alejan de la anglicana estrictez de Maggie Tate o la hechiceril ambigüedad de Jessie Norman. Victoria arroja una mañana de luz mediterránea sobre las brumas armónicas de Ravel o Debussy hasta volverlas un encaje tejido con hilos de oro.

Todo parece empezar de nuevo cuando lo toca la mano de un/una gran artista. Victoria lo fue y por ello se asegura una terraza en el colgante jardín de la inmortalidad. Con aquel gesto suyo de niña asustada por las luces de las candilejas que parecía preguntarse qué hace tanta gente amontonada en esta sala, qué estarán pensando de mí.

Ahora, desde hace un largo medio siglo, sabemos lo que esperamos de ti: un triunfo de los ángeles. Poco importa que no existan. Tú nos enseñaste a escucharlos.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado previamente en ABC y se reproduce en TheCult.es (Thesauro Cultural) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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